Política y Sociedad

Líbano, la nación sin rostro

Líbano, la nación sin rostro
Cartel propagandístico del nacionalismo libanés antes de las elecciones. Fuente: Jacobo Llovo

Líbano es un país opaco, una condición que se esconde tanto en su ubicación como en su Historia. El país fenicio ha vivido las convulsiones propias de la región de una forma tan intestina como colateral. Su Historia reciente ha estado marcada por un organigrama diseñado para mantener el equilibrio de poder entre fuerzas comunitarias y una política exterior tutelada desde fuera, con la especial resonancia de la relación satelital hacia Siria. Y, de fondo, entre los entresijos de poder solapados, el auge de Hezbolá, actor cuya evolución ha probado ser clave en el devenir del país de los cedros.

Un país sin identidad

Un problema perenne del Líbano reside en la indefinida identidad nacional. Las comunidades étnico-religiosas absorben toda voluntad nacional de unirse bajo una misma conciencia. Pero las 16 confesiones representadas en el Parlamento libanés reflejan una realidad ficticia; la identidad del pueblo libanés se encuentra más próxima a la comunidad, un hecho fraguado a lo largo del siglo XX y cristalizado tras la firma de los Acuerdos de Taif, que pusieron fin a 15 años de guerra civil (1975-1990). Se trata de una rémora con posos tribales que ha marcando el devenir político y la evolución social del Líbano desde el prisma religioso, en detrimento de una mentalidad verdaderamente estatal que propicie una unidad definida. En esta dinámica social, el poder del Estado está delineado por familias y pactos políticos cuyo fin primero y último es mantener su influencia representativa. “Los políticos de cada partido se atacan, se critican; hacen política. Pero cuando se trata de mantenerse en el poder se protegen unos a otros”, explica Sahid, un emigrado italo-libanés residente en Roma.

Para ampliar: El Líbano Contemporáneo. Historia y Sociedad, Georges Corm, 2006

Desde la independencia del país, quedaría pactado que el presidente sería siempre maronita, el primer ministro saldría de la comunidad suní y el presidente del Parlamento profesaría el chiismo; además, los acuerdos fijaron la paridad de asientos parlamentarios entre musulmanes y cristianos al 50%. Este sería el primer paso hacia un inmovilismo político reorientado a un sistema de alianzas fijas entre los grupos más tradicionales; las agrupaciones 8 de Marzo y 14 de Marzo demuestran aún hoy el clientelismo y el afán de poder de sus representantes, siempre bajo el mecenazgo de actores antagónicos como Arabia Saudí o Irán, que no hacen más que dilatar las fricciones intestinas de la nación levantina.

Distribución fija del Parlamento libanés. Fuente: Al Jazeera

Siria como cisma nacional

La implicación de Siria en el Líbano sigue presente, pero hasta 2005 incluía la presencia militar en el propio país. El asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri, figura ensalzada por su papel en los años de la posguerra, supuso un golpe tectónico para la sociedad libanesa, que salió a las calles en protesta por la influencia siria en el país. La Revolución de los Cedros propició un nuevo marco político contra el intervencionismo sirio y la consolidación política de 14 de Marzo.

A partir de ese momento surgieron bloques políticos muy definidos: el cisma giraba en torno a la relación con el régimen sirio de Bashar al Asad. Por un lado estaba el 8 de Marzo, alianza de aquellos grupos a favor de permanecer en su órbita, mientras que la agrupación 14 de Marzo congregaba a aquellos dispuestos a alejarse de la influencia siria. El primer bloque lo configuran los partidos chiitas —Amal y Hezbolá— y algunos de profesión maronita, el Movimiento Patriótico Libre del presidente Aoun —aunque había pertenecido a la otra coalición, decidió cambiar por la competencia que suponía Hariri— y el Movimiento Marada, del fallecido presidente Suleiman Frangieh. Por su parte, el bloque 14 de Marzo está constituido por el partido suní del hijo de Hariri —Movimiento Futuro— y entidades maronitas: las Fuerzas Libanesas de Samir Geagea, las Falanges Libanesas de Samy Gemayel y el Partido Nacional Liberal de Dory Chamoun.

No obstante, el régimen de Bashar al Asad ha sido durante mucho tiempo el tutor primario de la política exterior libanesa. La influencia siria es una crónica diplomática del siglo XX que aún perdura, pese a que Siria arrastra una guerra civil desde 2011. Tal influjo tiene su mayor exponente en Hezbolá, el ‘partido de Dios’, movimiento armado que comenzó su implicación política en 1992 con la llegada de Hasán Nasralá al poder y que es hoy un agente capital tanto en el Parlamento libanés como en el conflicto sirio dentro de la partitura geoestratégica del triángulo chií con Irán y el régimen sirio.

Para ampliar: “Hezbolá, lucha por la supervivencia”, Camila Parón en El Orden Mundial, 2017

Los miembros del partido liderado por Nasralá han sido una constante entre los actores involucrados en la guerra siria, no solo para defender la frontera compartida con el país y repeler a yihadistas del Dáesh, sino por su implicación directa en el devenir del país vecino. Su brazo armado ha sido determinante desde comienzos de 2013 por su significado estratégico: es fundamental tanto para Hezbolá como para la República Islámica de Irán mantener el acceso del corredor desde Líbano hasta el país persa y para eso es necesario el control del territorio sirio por parte del régimen de Bashar el Asad. La última demostración de esta presencia se ha visto cuando diferentes informaciones hablan de bases fijas de la milicia libanesa en territorio sirio. Según Nasralá, fueron a Siria para ayudar a que el país no cayera en manos del Dáesh y el Frente Al Nusra. “Mientras tengamos la responsabilidad de estar allí, permaneceremos allí”.

Está por ver hacia dónde se proyecta Hezbolá. Socios parlamentarios como Hariri presionan cada vez más al partido chií con la deposición de sus armas —más aún tras su implicación capital en el conflicto sirio— ahora que goza de poder político. Sin embargo, esta “política de la disociación” puede estar en jaque ante la necesidad siria y el afán geopolítico de Nasralá —e Irán— por mantener la primacía militar. Y ello, sumado a la desconfianza popular en las Fuerzas Armadas libanesas, es una responsabilidad que Hezbolá lleva sosteniendo desde su creación.

Un oligopolio político

El poder político en Líbano reside en la capacidad de influencia de cada individuo, muchas veces amparado en su apellido. Las mismas comunidades que se masacraron en la guerra civil pactan hoy en el Parlamento para conservar el poder. Los dos bloques de poder, 8 de Marzo y 14 de Marzo, aún rivales políticos, se han visto forzados a llegar a un entendimiento para desbloquear un sistema creado para perpetuar su presencia. Así, el líder suní de Movimiento Futuro y actual primer ministro, Saad Hariri, accedió a su cargo tras aceptar la presidencia de Michel Aoun —maronita— y el poder vertebral de Hezbolá —chií— para la formación del Gobierno, un ejemplo de que el reparto de poder oscila entre las figuras enraizadas de los partidos más antiguos con la progresión transversal del Partido de Dios en la arena política, más aún tras años sin un Gobierno oficial precisamente por la fluctuación en el poder de decisión parlamentario.

Para ampliar: “Hezbolá, de la resistencia a la institucionalización”, David Garriga en El Orden Mundial, 2016

Reparto de delegaciones antes de las elecciones del 6 de mayo de 2018. Fuente: Middle East Eye

Durante la última década, ha quedado demostrado que, aun sin una operatividad al uso, Hezbolá controla las dinámicas políticas del país levantino; prueba de ello es que no se ha podido formar Gobierno sin la aprobación del grupo chií. En 2010 fue responsable de la desintegración del Gobierno de Saad Hariri y, tras las últimas elecciones del pasado 6 de mayo, los números demuestran que esa influencia ha ido a más. Este grupo representa, junto al Movimiento Amal, el núcleo del electorado chií, pero el influjo y el respeto exceden de su comunidad y religión; drusos y sunís reconocen el papel de Hezbolá más allá de su esfera política. Según relata Anjum, investigadora en derechos humanos, “tras el suceso de Hariri, en Arabia Saudí todo el país, sin importar la comunidad, estaba esperando el discurso que Hasán Nasralá da por televisión cada domingo. Es un líder que la gente sabe que, si dice algo, lo cumple”.

Otro factor que condiciona la dinámica política libanesa es la tradición de los vínculos regionales y comunitarios. “Mi padre me suplicó que votara a Jumblatt porque nos había dado mucho; me dijo que no podía votar a otra cosa, pero yo no quiero. Él teme lo que puedan pensar los demás si no lo voto. En Líbano aún existe ese tipo de presión”, cuenta Hamal. La coalición Kollouna Watani —‘Todos somos la nación’—, encabezada por Joumana Haddad, representa una vertiente de partidos nuevos más centrados en la totalidad de la nación, que no atienden a prescripciones confesionales o comunitarias. Sin embargo, esta agrupación política se ha quedado fuera del Parlamento tras los comicios del 6 de mayo, un reflejo más de la dificultad de los nuevos partidos para romper el círculo político clásico, a pesar del cambio en la ley electoral.

Las últimas elecciones, aunque no muestren un claro vencedor, sí señalan como perdedor a Saad Hariri; el peso de los sucesos más recientes, como su retención en Arabia Saudí, sumado a una campaña electoral deficiente debido a la reducción en la financiación, ha determinado la dispersión de un electorado suní insatisfecho. A diferencia de las elecciones de 2009, Hariri ha sido incapaz de unificar a sus votantes, aun empleando el martirio de la figura de su padre.

Las comunidades libanesas: naciones dentro del Estado

El estrato político del Líbano ha estado regido por determinadas familias. Generaciones de diferentes dinastías gripan un sistema teóricamente moderno, pero condicionado por nombres propios apoyados en el clientelismo. El pueblo siente un hermetismo de la esfera política al ver el trasvase de poder de padres a hijos, hermanos o sobrinos, que perpetúa un sistema destinado a hacer de Líbano un país sujeto y dislocado por sus comunidades.

Gemayel, Hariri o Jumblatt son apellidos presentes en la arena política desde hace décadas; sus parientes han sido víctimas y responsables de sucesos sangrientos en la guerra civil. A esto hay que sumar figuras políticas ancladas en el poder, como el actual presidente, Michel Aoun, cuya carrera en la Historia reciente de Líbano ocupa varias páginas; su figura representa un sistema aletargado, dispuesto a perpetuar el statu quo. Las pasadas elecciones han sido una muestra de ello: su partido, el Movimiento Patriótico Libre, prácticamente ha duplicado su participación parlamentaria —de 15 en 2005 a 28 en 2018—. Por otro lado, los resultados ponen en duda si las dos grandes coaliciones están caducas: Hariri ha salido malparado de la penitencia mostrada por Riad y, aunque la reputación de Nasralá está contrastada, Hezbolá debe pagar el precio por su implicación en Siria.

Definitivamente, el avance sociopolítico del Líbano hacia el desarrollo de un proyecto nacional y autónomo se ve bloqueado porque los mismos personajes y sus partidos prolonga su poder a través de linajes familiares y clientelismos externos. Líbano es una nación que, por su ubicación e Historia, es un escaparate de Oriente Próximo, un ejemplo de configuración étnica heterogénea, pero cuyo tamaño y subdesarrollo nacionalista suponen que fuerzas exógenas interfieran con suma facilidad en las decisiones del país.

Mezquita de Mohamed al Amin junto a la catedral maronita de Saint Georges. Fuente: Jacobo Llovo

Líbano, una miniatura de Oriente Próximo

El país levantino ha ostentado la reputación de nación árabe, democrática y heterogénea, aspirante a la unidad árabe a pesar del abanico confesional. Líbano es una especie de Oriente Próximo en miniatura: escenifica cada una de sus controversias y contradicciones, algo que hace que la nación de los cedros tenga el potencial de demostrar la simbiosis entre arabismo, diversidad confesional y democracia. Sin embargo, el clientelismo y la subasta de su política exterior delimitan la evolución en cada una de sus vértebras como Estado autónomo.

Además, a raíz del desglose comunitario tan marcado de la sociedad libanesa, distintos actores extranjeros han sacado provecho de la coyuntura. La comunidad maronita ha gozado del apoyo francés y estadounidense; los musulmanes suníes, del sufragio saudí, y las agrupaciones chiíes, del respaldo de Irán y Siria. Todos ellos han invertido en crear una red de influencia para hacer valer su mecenazgo en la arena política libanesa, siempre con el tablero que es Oriente Próximo de trasfondo.

Hasta que el Líbano no se desate del mecenazgo exterior y su poder comunitario no suponga un bloqueo, sino el portento de sus relaciones, no podrá hacer evolucionar su heterogeneidad para capitalizar sus capacidades. Definir una identidad estatal es imprescindible para hacer del Líbano un activo geoestratégico con derecho propio, sin ser vasallo de potencias regionales y dotado de una patente nacional propia, capaz de unificar bajo una misma consonancia a todas las comunidades y confesiones del país para que la diversidad sea su punto fuerte y no una fuente de fragmentación.

1 comentario

  1. Jacobo deja de analizar el Líbano.. “”Pais fenicio”?
    Se habla árabe su vidaves árabe su culturales árabe y su canto habla del arabismo. Q decís pais q oculta que? Quisieran los judíos sionista genocida tener un Líbano y un pasaporte tan respetado.
    Solo in Falangista dice Líbano fenicio. Y son pocos y traidores al pueblo libanés. Pones historia mas formada Líbano realmente mace después de 1917 perteneciendo anteriormente a la GRAN SIRIA. Lee mas y dedicarte a Israel quedó nostras desde qvcomenxas a escribir. Q la gente conozcavLibano pais de gente donde todos caminan libremente y saben quien es el enemigobde la pacen la región. El hijo de Hitler ISRAEL