La explosión de 2.700 toneladas de nitrato de amonio en el puerto de Beirut el pasado cuatro de agosto ha terminado por encender la ira de los libaneses. Diez meses antes habían salido masivamente a la calle para protestar contra la corrupción política y la mala situación económica. Y es que el país se encuentra en una situación límite: los cortes de luz han paralizado las cirugías en algunos hospitales, el precio de los alimentos ha subido un 70% en los últimos meses y hasta el 50% de los libaneses se verán bajo el umbral de la pobreza si la situación no mejora.
Desde octubre, y a excepción de un pequeño parón causado por la pandemia, las manifestaciones han sido constantes en todo el país. Sin embargo, poco ha cambiado en el país de los cedros, y la explosión en el puerto de Beirut ha provocado la dimisión del segundo Gobierno en menos de un año.
En medio de esta situación se encuentra un sistema político muy dependiente de aliados extranjeros, donde Irán, Arabia Saudí o Estados Unidos están acostumbrados a interferir en la política libanesa a través de partidos políticos o confesiones religiosas. La forma en que las potencias extranjeras se involucren para socorrer al Líbano será fundamental, un país ya acostumbrado a lidiar con la intromisión extranjera de formas casi paternalistas. El último ha sido el presidente francés Emmanuel Macron, que dos días después de la explosión del puerto de Beirut no dudó en pasear por sus devastadas calles prometiendo un nuevo acuerdo político para el Líbano. La lucha por encontrar financiación para sanear económicamente el país no está siendo tarea sencilla, y algunos de sus mayores aliados están decididos a ponerle piedras en el camino.
Un país en medio de muchos intereses
Estados Unidos se define a sí mismo como el principal socio de seguridad del Líbano. Desde 2006 el país norteamericano se ha gastado más de 1.700 millones de dólares en armar, asesorar y entrenar a las Fuerzas Armadas Libanesas. En este tiempo ha desembolsado más de 2.000 millones de dólares para contrarrestar la influencia de Hezbolá, siendo el Líbano el quinto receptor mundial de financiación militar estadounidense.
Sin embargo, la estrategia llevada por Estados Unidos en los últimos coletazos de la guerra en Siria afectará indudablemente a su aliado libanés. Las sanciones estadounidenses contra el Gobierno sirio —conocidas como Ley César— buscan no solo sancionar a Al Asad, sino a todo aquel que pretenda mantener algún tipo de relación económica o política con su entorno. Dada la estrecha relación entre ambos países, es probable que esto repercutirá en Líbano, un país cuya relación con Siria es notable en muchos aspectos: su cercanía geográfica, la presencia de más de un millón de refugiados sirios, las libras sirias alojadas en bancos libaneses o el contrabando por la frontera terrestre son solo algunos de ellos. De hecho, con la devaluación de la moneda libanesa y las restricciones para sacar dinero de sus bancos, el poder adquisitivo se ha visto reducido no solo en Líbano, sino también en Siria.
Las relaciones entre el Gobierno del Líbano y el de Siria han sido constantes desde 2008. Con la llegada al poder en Líbano del partido-milicia chií Hezbolá, un aliado directo del Gobierno sirio y de Irán, la influencia y la capacidad negociadora de Estados Unidos y de Arabia Saudí ha mermado considerablemente.
Los saudíes y Líbano fueron durante muchos años estrechos colaboradores. Los vínculos entre los Saúd y las empresas de Rafic Hariri, primer ministro libanés de 1992 a 1998 y del 2000 al 2004, les otorgó una fuerte presencia en el país. Sin embargo, el cambio en la corona saudí en 2015, con la llegada de una rama de la familia sin tanto contacto con los Hariri, devino en tiranteces entre ambos y el enfriamiento de las relaciones.
Durante los años 2014 y 2016 se produjo un vacío de poder en la presidencia de la república libanesa, y los saudíes aprovecharon para promover un candidato que les permitiera cambiar de socio principal, apostando por el cristiano Samir Geagea. Finalmente, tras la victoria de Michel Aoun, decidieron apoyar a Saad Hariri como primer ministro para no terminar de perder la poca influencia que les quedaba. Comenzaba así la caída de Arabia Saudí en el país, que en 2016 decidió pasar al ataque en su política exterior en Líbano: cancelaron la financiación prometida de entre 3.000 y 4.000 millones de dólares al Ministerio de Defensa, alentó a sus ciudadanos a no hacer turismo en Líbano y promovió que el Consejo de Cooperación del Golfo y la Liga Árabe consideraran a Hezbolá como organización terrorista. Aun así, el episodio más singular de la injerencia saudí en la política libanesa se produjo cuando en un viaje de Saad Hariri a Riad en 2017, este decidió dimitir por sorpresa y en circunstancias todavía no aclaradas.
Pese a todo, los saudíes no abandonan sus intereses en Líbano, y han planteado la posibilidad de dar un préstamo de varios miles de millones de dólares para ayudar a paliar la situación económica que atraviesa el país. Sin embargo, esta ayuda requeriría de una salida del poder de facciones proiraníes como Hezbolá, algo complicado siendo este un partido que en los últimos años ha ganado todavía más cuota de poder en la política libanesa.
El gran ganador del cambio en el país de los últimos años es Irán. Su gran valedor en la zona, Hezbolá, está en constante crecimiento. Pese a que el partido se define como independiente, es clara la gran influencia iraní en él. El país persa fue una pieza fundamental en su creación durante la guerra civil libanesa, tanto financiando como entrenando a sus milicianos. Además, más allá del plano militar y político, Hezbolá ha sabido captar todos aquellos aspectos sociales donde el Estado libanés no ha llegado, ofreciendo ayudas sociales a sus miembros y administrando incluso escuelas y hospitales. Irán ha utilizado esta situación en su favor y ha invertido en Líbano en fundaciones que promueven junto a Hezbolá la cultura y las ideas políticas y religiosas iraníes.
Aun así, la influencia iraní en Líbano es constantemente contrarrestada por Estados Unidos, y las sanciones norteamericanas a Teherán son un escollo difícil de sortear si se quisiera depender de Irán para reflotar el país, lo que complica todavía más el rompecabezas por encontrar financiación. Lo mismo ha ocurrido en el intento del Gobierno libanés de mirar más al este en busca de nuevos aliados. El líder de Hezbolá sugirió la posibilidad de buscar ayuda en China, y, rápidamente, Washington acusó a Hezbolá de desviar miles de millones de dólares que deberían haber ido a las arcas del Gobierno libanés para proporcionar servicios básicos.
Unas futuras elecciones plagadas de incógnitas
A la complicada geopolítica libanesa se ha sumado un viejo conocido del país árabe, Francia. En una situación que recordaba a la época colonial, el presidente Macron aseguró en las calles de Beirut que “estaba ahí para proponer un nuevo pacto político”. Aunque París no es hoy un actor con excesiva influencia en la política del Líbano —más allá de ejercer como mediador en algún conflicto puntual—, no es descartable que veamos al presidente francés erigirse como mediador internacional para el país árabe. La búsqueda de Macron de recuperar el liderazgo global para Francia tiene en el Líbano una buena oportunidad para recobrar la influencia perdida en Oriente Próximo.
Aunque la ayuda humanitaria enviada por múltiples países para paliar los efectos de la explosión ya está llegando, la financiación necesaria para reflotar la economía libanesa sigue sin aparecer. Las reuniones entre el Gobierno del Líbano y el Fondo Monetario Internacional están estancadas desde hace semanas por las reformas que este último requería en el sistema financiero libanes para prestar la ayuda. Ahora, sin Gobierno, que se realicen estos cambios es todavía más complicado. Por otro lado, el ya exprimer ministro libanés, Hassan Diab, presionó a la Unión Europea recordando que una situación extrema podría provocar nuevos flujos de migrantes con destino a Europa, argumento sustancial siendo el Líbano el país que más refugiados tiene por habitante del mundo, y más teniendo en cuenta que la Unión Europea ha utilizado al Líbano para mantener a los refugiados sirios lejos de sus fronteras a cambio de grandes cantidades de dinero.

En cuanto a Estados Unidos, es improbable tanto que ofrezca su ayuda para salvar al Líbano de la quiebra como que desista por completo de sus aspiraciones en el país. Senadores republicanos presentaron en mayo un proyecto de ley que pretende prohibir el apoyo del Gobierno estadounidense a cualquier Gobierno libanés que esté controlado o bajo la influencia de Hezbolá. Y es que Estados Unidos se encuentra en una situación complicada: renunciar a su influencia sería ceder por completo el control a Irán, pero a su vez no quieren apoyar a un Gobierno donde participe Hezbolá.
El apuntalamiento del Líbano no será fácil. Al problema económico hay que sumarle las tensiones estructurales políticas y sociales, todo ello mientras las grandes potencias regionales y mundiales intentan mantener su cuota de poder. La población libanesa pide desesperadamente un cambio; lo que aún no podemos saber es si se conseguirá pacíficamente, en un país con las heridas de la guerra civil aún abiertas, una fuerte división sectaria y con organizaciones políticas y sociales militarizadas. Los dirigentes de aquel conflicto son hoy la clase política que intenta mantener a toda costa su statu quo, presionados por aliados extranjeros que no dudan en recordarles gracias a quién deben su posición y por una población que les exige una reforma profunda del sistema. De igual manera, la forma en la que las potencias consigan influir en el país será clave en las próximas elecciones, y decantará el devenir de un país que se acerca peligrosamente hacia el abismo.