Se calcula que más de millón y medio de personas han salido a las calles del Líbano durante el penúltimo fin de semana de octubre. Las protestas, que han tenido lugar prácticamente en la totalidad de ciudades y pueblos del país, e incluso en el extranjero, se han caracterizado por su naturaleza transversal: los manifestantes pertenecen a todas las sectas y estratos sociales, y el objeto de la ira ciudadana no es el presidente Aoun o el primer ministro Hariri, sino la totalidad del Gobierno y los partidos políticos libaneses, a los que se acusa de corruptos y de ser incapaces de resolver los problemas del país. Si bien es cierto que las protestas fueron desencadenadas por el anuncio de un impuesto sobre las llamadas de voz sobre protocolo de internet —las llamadas a través de aplicaciones de mensajería instantánea como Whatsapp y Telegram, muy populares en un país con casi diez millones de emigrantes—, los motivos y las demandas de los manifestantes van más allá.
Para ampliar: “Líbano, la nación sin rostro”, Jacobo Llovo en El Orden Mundial, 2018
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