Geopolítica Oriente Próximo y Magreb

Los mandatos francobritánicos en Oriente Próximo: el origen de un siglo de problemas

Los mandatos francobritánicos en Oriente Próximo: el origen de un siglo de problemas
División del territorio otomano según el Tratado de Sèvres. Fuente: British Library.

Tras la Primera Guerra Mundial, Francia y el Reino Unido se repartieron gran parte de los territorios otomanos en Oriente Próximo. La fórmula elegida fueron los mandatos de la recién creada Sociedad de Naciones, por los que franceses y británicos se comprometían a administrar los territorios hasta que estos alcanzasen la independencia. Las dos décadas de presencia francobritánica sembraron las semillas de algunos de los problemas actuales de la región: las tensiones sectarias, la debilidad estatal y el conflicto árabe-israelí.

El resultado más claro de la Primera Guerra Mundial en Oriente Próximo fue el desmembramiento del Imperio otomano, que durante más de cinco siglos había dominado Anatolia y las regiones árabes del Levante, Mesopotamia y el Hiyaz, en la península arábiga. Los otomanos, aliados de alemanes y austrohúngaros, perdieron la mayor parte de sus dominios frente a británicos y franceses. Incluso antes del fin del conflicto, el Reino Unido y Francia pactaron en 1916 repartirse los territorios otomanos en un acuerdo secreto conocido como Sykes-Picot, los apellidos de los negociadores. Francia controlaría el sureste de Anatolia, la provincia de Mosul, en el actual Irak, y la Siria histórica, que también abarcaba el actual Líbano. Para los británicos quedarían Mesopotamia, Transjordania y el desierto del Neguev, en el actual Israel. La Palestina histórica pasaría a ser administrada por la comunidad internacional.

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El acuerdo, no obstante, fue filtrado a la opinión pública internacional un año después por los soviéticos, que acababan de hacerse con el poder en Rusia, aliada de Francia y el Reino Unido en la guerra. La filtración causó indignación entre los nacionalistas árabes de Siria, que, gracias a los esfuerzos diplomáticos del británico T. E. Lawrence —el célebre Lawrence de Arabia—, habían colaborado con el Reino Unido en una revuelta contra los otomanos. Los líderes de la rebelión, la dinastía hachemita de La Meca, también habían sido seducidos por la diplomacia británica. Aspiraban a fundar un reino árabe independiente y se sintieron traicionados. En cambio, el movimiento sionista internacional apoyó el acuerdo. Los británicos habían tratado de atraerse a los sionistas con la Declaración Balfour de 1917, en la que se comprometieron a “establecer un hogar nacional para el pueblo judío” en Palestina.

Británicos y franceses alcanzaron un nuevo acuerdo en la Conferencia de San Remo de abril de 1920, pero estaban vendiendo la piel del oso antes de cazarlo. Los Aliados derrotaron al ejército otomano en el Levante y Mesopotamia. En agosto, el sultán otomano capituló y firmó el Tratado de Sèvres, que reducía el Imperio al norte de Anatolia. Sin embargo, los Aliados no pudieron invadir esa región. Un sector importante del ejército otomano y de nacionalistas turcos, liderados por Mustafá Kemal ―el futuro Atatürk, fundador de la moderna República de Turquía―, se negaron a aceptar el Tratado. Tras tres años más de guerra, en 1923 los Aliados se vieron forzados a aceptar un nuevo acuerdo, el Tratado de Lausana, que estableció las fronteras actuales de Turquía. Con todo, San Remo sí perduró sentando las bases del modelo de mandatos. Con ellos, franceses y británicos gestionarían las antiguas provincias árabes del Imperio otomano en el periodo de entreguerras. 

Los mandatos de la Sociedad de Naciones

Tras la guerra, las potencias vencedoras y la mayor parte de la comunidad internacional acordaron formar la Sociedad de Naciones, la organización internacional antecesora de la ONU. La Sociedad debía servir de foro para mediar en las disputas diplomáticas y prevenir otro conflicto como la Gran Guerra. Para organizar los “territorios y colonias” perdidos por los derrotados y “habitados por pueblos aún incapaces de regirse por sí mismos”, el artículo 22 del Pacto de la Sociedad de Naciones establecía la figura de los mandatos. Bajo este sistema, las potencias vencedoras administrarían estos territorios hasta que estuvieran lo bastante desarrollados para ser independientes.

Los territorios otomanos fueron considerados los más desarrollados, lo que dio esperanzas a los líderes locales de una rápida independencia. Sin embargo, pronto sufrieron una desilusión. A pesar de la declaración anglofrancesa de 1919, que prometía autogobierno y democracia, los mandatos eran, en la práctica, protectorados de las potencias coloniales. Sus fronteras no eran del todo arbitrarias, pero no se correspondían con la organización tradicional del territorio y separaron a muchas comunidades. Y aunque las potencias se apoyaron en parte de la burocracia y el funcionariado otomanos, también incorporaron elementos coloniales a su administración. 

Para ampliar: “Un siglo de la Resolución de San Remo, el acuerdo que transformó Oriente Próximo”,  Alejandro Salamanca en Atalayar, 2020

Siria y el Líbano, el control francés

Las fronteras de los nuevos mandatos de Francia y el Reino Unido eran muy similares al reparto acordado por Sykes y Picot. No obstante, la zona francesa era mucho más reducida. El ejército turco había expulsado a los franceses de los territorios de la actual Turquía, con la excepción de la provincia de Hatay. Así, el mandato francés de Siria y Levante estaba compuesto por los territorios actuales de Siria y el Líbano y esa provincia turca.

El acuerdo Sykes-Picot dividía las posesiones otomanas en Oriente Próximo en zonas de control e influencia francesas y británicas. Fuente: Wikipedia

El comienzo del mandato francés fue violento. Tras la retirada de las tropas aliadas, Fáisal, uno de los hijos del jerife hachemita de La Meca, proclamó el Reino de Siria en marzo de 1920 con el apoyo de nacionalistas árabes sirios. El reino no fue reconocido por ninguna potencia y duró poco. Fáisal trató sin éxito de llegar a un acuerdo con los franceses, enemistándose además con parte de los nacionalistas árabes. Para entonces, Francia había firmado un armisticio con los turcos y volvía a disponer de recursos militares. En julio los franceses derrotaron a las últimas tropas del reino sirio en la batalla de Maysalún, que desde entonces se conmemora en Siria como ejemplo de resistencia nacional.

Una vez asegurado el control, los franceses dividieron el territorio en cinco regiones o “estados” autónomos, tres de ellos organizados con criterios confesionales. Por un lado, Damasco y Alepo, de mayoría árabe suní; del segundo se desgajaría posteriormente la región costera de Hatay, o Alejandreta. Los otros tres estados eran el Gran Líbano, de mayoría cristiana, una zona alauita en la región costera de Latakia y una región drusa en el monte homónimo. Francia esperaba así dominar mejor su mandato y hacer valer su papel histórico de protectora de la minoría cristiana en el Levante: el Gran Líbano se creó para establecer al menos una región de mayoría cristiana. Aunque los franceses consiguieron el apoyo de los cristianos maronitas del Líbano y otras comunidades católicas, no todos los cristianos locales estuvieron de acuerdo con la presencia europea y participaron en guerrillas y acciones antifrancesas. El control total sobre la antigua Siria otomana no llegaría hasta la década de 1930.

Para su administración, los franceses se sirvieron de veteranos del protectorado marroquí y de miembros de la élite local sin una fuerte adscripción política. En Damasco y Alepo, donde el nacionalismo árabe era más fuerte, los puestos burocráticos se ocuparon con notables locales que aspiraban a ampliar su influencia y con miembros de la minoría cristiana. En los estados alauita y druso, los administradores coloniales trataron de consolidar su dominio promoviendo la identidad sectaria y el resentimiento hacia cristianos y musulmanes. Una de las estrategias fue favorecer a estas minorías en el nuevo ejército, algo que tendría consecuencias después de la independencia de Siria. Los oficiales militares alauitas dieron varios golpes de Estado y uno de ellos, Háfez al Asad, se hizo con el poder definitivo en 1970. Su hijo Bashar todavía gobierna el país.

Divisiones del mandato francés. Fuente: Wikipedia 

El primer gran desafío a la autoridad francesa surgió del monte Druso, donde las guerrillas de los antiguos partidarios de Fáisal seguían dando problemas. En 1925 se desató una revuelta en la región que se extendió a la mayoría del mandato. Durante meses, una difusa alianza intersectaria de líderes guerrilleros, tribus descontentas, campesinos, artesanos y antiguos oficiales y funcionarios otomanos pusieron en jaque a Francia, que veía cómo su idea de los levantinos como comunidades enfrentadas no se ajustaba a la realidad. 

La revuelta obligó a los franceses a hacer algunas concesiones. Casi toda Siria pasaría a tener una administración unificada, exceptuando al Gran Líbano, donde los franceses tenían más apoyo. Esta nueva Siria tendría una Constitución, promulgada en 1930, y celebraría elecciones. La principal fuerza política era el Bloque Nacional, una alianza conservadora de terratenientes y burguesía urbana que trató de cooperar con Francia para alcanzar la independencia, promesa que lograron arrancar en 1936 tras una huelga de varias semanas. 

Sin embargo, los franceses no abandonaron Siria y Líbano hasta 1946, tras la Segunda Guerra Mundial. Entre tanto, el Bloque Nacional había ido instalándose en el poder. El partido no tenía una orientación religiosa, pero repartió los cargos públicos favoreciendo a los árabes sobre las minorías armenia, asiria o kurda. Esto creó un resentimiento que se manifestó en las luchas de poder tras la independencia, cuando los árabes pasaron a estar marginalizados en el Ejército y otras instituciones. Las regiones alauita y drusa, que habían sido separadas de Siria en 1939, fueron incorporadas de nuevo, mientras que Líbano mantuvo su independencia. Hatay, por el contrario, pasó ese mismo año a formar parte de la República de Turquía tras un referéndum. La retirada francesa no fue del todo pacífica: en 1945 bombardearon Damasco por última vez ante la amenaza de secesión de los líderes nacionalistas, aunque finalmente cedieron el poder a las unidades militares de élite compuestas por miembros de las minorías.

El legado francés en Oriente Próximo fueron dos nuevos Estados con fronteras arbitrarias, sin identidad clara —los nacionalismos sirio y libanés eran débiles y restringidos a las élites urbanas― y con tensiones comunitarias exacerbadas por casi tres décadas de políticas divisivas. El Líbano, de hecho, nunca había existido como ente administrativo. Su Constitución estableció un sistema en el que las comunidades etnorreligiosas son los principales actores políticos. Los ciudadanos libaneses solo pueden elegir representantes en el seno de su comunidad, lo que ha favorecido la corrupción, el clientelismo y el uso de la tensión sectaria como estrategia electoral. Estas tensiones entre comunidades acabaron desembocando en una terrible guerra civil entre 1975 y 1990 y todavía lastran el desarrollo del país. 

Los mandatos británicos: Irak, Transjordania y Palestina

La presencia británica en sus mandatos fue más breve que la francesa, con la excepción de Palestina. El Reino Unido dividió su mandato en tres territorios: Irak comprendía la mayor parte de la Mesopotamia histórica ―mayoritariamente árabe, con un sur chií y un norte suní― además de la provincia de Mosul, rica en petróleo, poblada fundamentalmente por kurdos y turcomanos y tradicionalmente más conectada a Siria y Anatolia. Transjordania, que coincide con la actual Jordania, ocupaba la orilla oriental del río Jordán y una franja de desierto que hacía de tapón entre Siria y Arabia. Palestina, por último, estaba situada entre el Mediterráneo, el río Jordán y la frontera sur del mandato francés de Líbano. A diferencia de Francia, el Reino Unido optó por establecer monarquías en Irak y Transjordania. Este no es solo un ejemplo de las diferentes tradiciones políticas de ambas potencias, sino una solución de compromiso entre los británicos y la dinastía hachemita, que había sido esencial en la revuelta árabe contra los otomanos. 

Tras su huida de Siria en 1920, Fáisal encontró refugio en Irak, donde los británicos le nombraron rey. Irak era un país artificial y reciente surgido de la unión de tres provincias o vilayatos otomanos ―Mosul, Bagdad y Basora―, sin una identidad común y con una gran diversidad étnica y religiosa. Aunque la proclamación del rey fue ratificada por un referéndum, no suscitó el entusiasmo popular. Fáisal ni siquiera era iraquí, pues había nacido en La Meca, y su cultura política estaba muy influida por el nacionalismo árabe sirio. 

El monarca trató de promover una identidad panárabe, pero causó recelos entre los locales al traer numerosos consejeros y ministros sirios. Además, privilegió a los árabes suníes en el ejército y la administración a pesar de no ser la mayoría de la población, lo que tendría consecuencias en las décadas siguientes. Tras los golpes de Estado que acabaron con la monarquía en 1958, Irak quedó en manos de militares suníes, entre ellos Sadam Huseín, que discriminarían duramente a chiíes y kurdos. Las tensiones sectarias siguen siendo un problema en el actual Irak.

La presencia británica en Irak no estuvo exenta de conflictos. Muchas tribus se negaron a acatar el mandato y a pagar impuestos. Uno de los objetivos fundamentales de los mandatos británicos era que no representaran más gastos que ingresos para las arcas públicas. La solución de Winston Churchill, entonces ministro de Colonias, fue el llamado  “control aéreo”: bombardear a las tribus insurrectas sin distinción entre civiles y combatientes. Sin embargo, Irak obtuvo su independencia con relativa rapidez, al menos comparado con los mandatos franceses. En 1922, Fáisal y los británicos firmaron un tratado que daba al nuevo rey el control de la administración y de parte del ejército. Ocho años más tarde, un nuevo tratado garantizó la independencia del reino, que llegaría formalmente en 1932, a cambio de la presencia permanente del Ejército británico. Fáisal murió en 1933 y la monarquía pervivió dos décadas más.

El mandato de Transjordania también fue asignado a un miembro de la dinastía hachemí. Abdalá, hermano de Fáisal, se convirtió en su primer rey en 1921. Tras la derrota de Fáisal en Siria y la retirada de los contingentes franceses y británicos, Abdalá aprovechó el vacío de poder para hacerse con el control de la zona. Los británicos le apoyaron, viendo la oportunidad de separar Transjordania del mandato de Palestina, lo que les permitía ahorrarse los costes de una ocupación militar en el nuevo reino y les daba facilidades para crear el “hogar nacional judío” en Palestina.

Aunque Abdalá era un rey extranjero, Transjordania estaba escasamente poblada y poco cohesionada políticamente, con lo que le fue relativamente fácil asegurarse el control. Abdalá gobernó con relativa autonomía y en 1928 firmó un tratado con los británicos que confirmaba su dominio. Los británicos mantuvieron cierto control sobre la defensa y las relaciones internacionales del reino hasta su independencia formal en 1946. El Reino Unido intervino poco en Transjordania, que no tenía recursos significativos y solo un valor estratégico en el centro de la región. Los sucesores de Abdalá siguen reinando en Jordania, uno de los Estados más estables de Oriente Próximo.

El mandato de Palestina, en cambio, resultó muy problemático para los británicos. La región no solo estaba densamente poblada, sino que además estaban emigrando allí decenas de miles de judíos impulsados por el movimiento sionista internacional y la Declaración Balfour. Los británicos trataron de controlar la llegada de judíos, pero al mismo tiempo les favorecieron concediéndoles empleos en la administración ―pues les consideraban más capaces―, lo que suscitó el recelo de los árabes locales. Las tensiones estallaron en 1936 con una gran revuelta árabe.

La situación continuó deteriorándose hasta 1947, cuando la ONU diseñó un plan de partición del territorio entre árabes y judíos que culminó con una guerra civil. Los judíos declararon la independencia del nuevo Estado de Israel en 1948, que fue seguida por una declaración de guerra por parte de la mayoría de países árabes y un éxodo masivo de árabes palestinos hacia los países vecinos. Desde entonces, el conflicto árabe-israelí ha provocado varias guerras y ha sido uno de los principales focos de tensión en la región. 

El legado de los mandatos

Los mandatos anglofranceses en Oriente Próximo apenas duraron tres décadas, pero su legado sigue vigente. Las fronteras actuales son prácticamente las mismas que las acordadas en la década de 1920 y, además, gran parte de las tensiones comunitarias y sectarias en la región surgieron entonces. Siguiendo la premisa de “dividir para gobernar”, franceses y británicos privilegiaron a las minorías, ahondando las antiguas diferencias y creando nuevos agravios. Además, el reparto arbitrario del territorio impidió que la población se identificara con los nuevos Estados, lo que sigue siendo un problema un siglo después.

La debilidad actual de muchos de los Estados de la región también tiene su origen en los mandatos. Su autonomía era mayor que la de las colonias, pues Francia y el Reino Unido no aspiraban a incorporarlos formalmente a sus imperios coloniales: la capacidad de ambas potencias era limitada tras la guerra. Su objetivo se reducía a asegurar su influencia e intereses estratégicos a largo plazo. Sin embargo, después de desmantelar la administración otomana, franceses y británicos no impulsaron políticas de construcción estatal. Ello permitió que en Siria e Irak el ejército se hiciera con el control tras la independencia e implementara políticas discriminatorias, germen de muchas de las tensiones sectarias que aún sufren ambos países. En Líbano, el modelo constitucional heredado de los franceses ha lastrado la política interna desde su fundación. Y, por encima de todo, el legado más vigente de los mandatos es el conflicto árabe-israelí, aún sin resolver.

Para ampliar:“An improvement on colonialism? The ‘A’ mandates and their legacy in the Middle East”, Peter Sluglett en International Affairs, 2014.

1 comentario

  1. Muy interesante e instructivo, gracias