La voz nasal, pusilánime y aburrida del primer ministro británico Keir Starmer —tantas veces ridiculizada en el Reino Unido— ha pasado a ser una melodía “con bello acento”. Así la describió Donald Trump cuando ambos se reunieron en la Casa Blanca en febrero. Desde que asumió el cargo el pasado verano, el inquilino de Downing Street no dejaba de caer en picado en las encuestas. Su estilo burocrático y lento exasperaba incluso a sus partidarios. Su cautela era vista por los críticos como falta de convicción ideológica. Sin embargo, esa prudencia se ha convertido ahora en la mejor arma para lidiar con los desafíos que afronta Europa, los más importantes desde la Segunda Guerra Mundial.
Starmer ha conseguido que el Reino Unido, marginado tras el brexit, vuelva a ser un actor clave en el tablero geopolítico. Londres se ha convertido de nuevo en un puente entre Europa y Estados Unidos, donde el regreso de Trump ha sacudido la política internacional. El primer ministro británico ha sido clave para que el presidente estadounidense y su homólogo ucraniano Volodímir Zelenski limen asperezas y cierren un acuerdo de alto el fuego que la Administración estadounidense ahora negocia con Moscú.
Asimismo, el Reino Unido lidera, junto con Francia, la fuerza de paz que quiere desplegar en Ucrania como medida de disuasión ante Rusia si se pone fin al conflicto. “El mundo necesita acciones, no palabras vacías ni condiciones”, aseveró Starmer el pasado sábado, como anfitrión de una cumbre telemática con los aliados para definir la estrategia que “pasa ahora a fase operativa”. La reunión fue una continuación de la cumbre celebrada a principios de marzo en Lancaster House, donde Europa asumió que tendrá que valerse por sí misma en materia de defensa y seguridad sin dar por sentado el amparo de Washington.
Tropas aliadas para disuadir a Rusia
Tras su salida de la Unión Europea, el Reino Unido quedó sin un rol claro en el mundo. Se habló mucho de considerarlo una “potencia media”. Sin embargo, eso no reflejaba su membresía permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, su condición de potencia nuclear o su papel de liderazgo en el G7, el G20, la Commonwealth y la OTAN. Finalmente, tras el caos de Westminster, las fiestas en pandemia del irreverente Boris Johnson y el desplome de la libra con la fugaz Liz Truss, Londres ha tomado el liderazgo para que el Viejo Continente asuma su propia defensa.
Para Trump, la relación trasatlántica ya no se mueve por parámetros de seguridad, sino mercantilistas. Por lo tanto, la guerra de Ucrania obliga a cambiar la estrategia en Europa: trabajar juntos ya no es una opción, sino una necesidad. Y Londres ha tomado la iniciativa. Starmer considera que, si se alcanza un alto el fuego en Ucrania, Rusia difícilmente cumplirá con lo pactado. De ahí que esté dispuesto a poner “botas británicas sobre el terreno y aviones en el aire”. El Reino Unido, que aumentará el gasto en defensa del 2,3 al 2,5% del PIB en 2027 y al 3% la próxima década, quiere desplegar tropas aliadas como disuasión ante Moscú.
Eso sí, para que la misión tenga éxito, se necesita el respaldo de Washington. La grieta transatlántica representa muchas amenazas en un momento de gran inestabilidad. Pero Starmer se ha convertido en el mejor puente entre Europa y Estados Unidos, logrando la difícil misión de apoyar públicamente a Zelenski sin provocar la ira de Trump. Al presidente estadounidense parece gustarle que el premier británico sea un tipo directo y sin pretensiones, algo que le facilita plantear cuestiones difíciles con menos riesgo.
El Reino Unido y la UE, de nuevo sobre la mesa
Ahora bien, la influencia renovada del Reino Unido repercutirá en sus relaciones con la UE. En mayo de este año, Londres y Bruselas revisarán los acuerdos sobre el divorcio ejecutado en enero de 2020. El Gobierno laborista de Starmer —que siempre se opuso al brexit— quiere reconstruir el vínculo con el bloque tras las tensiones de los catorce años de gobierno del Partido Conservador. Sin embargo, sus líneas rojas de no ingresar de nuevo en el mercado único ni en la unión aduanera dejan poco margen de maniobra.
En su momento, Boris Johnson se negó a negociar algún acuerdo sobre política exterior y seguridad con los Veintisiete. Por lo tanto, cuando a principios de año se programó la nueva cumbre para revisar los tratados, los parámetros del debate estaban claros: habría algo sobre seguridad y defensa, pero la cuestión principal sería la relación comercial. Sin embargo, la nueva situación geopolítica obliga ahora a revisar el guión.
Los aliados europeos tienen que pensar cómo reforzar la cooperación entre un grupo dispar que incluye a los Estados miembros de la UE, el Reino Unido, Turquía y Noruega. Hay que tomar decisiones importantes: si resucitar a la OTAN de su “muerte cerebral” —como la describió el presidente francés Emmanuel Macron en 2019— y, en caso afirmativo, cómo. También de qué manera usar foros como la Fuerza Expedicionaria Conjunta, liderada por Londres y compuesta por los países nórdicos y bálticos.
El Reino Unido sabe que la seguridad es su as en la manga. Para estrechar relaciones comerciales con la UE, intenta argumentar que la prosperidad económica del continente es crucial para su defensa. Pero Bruselas tiene claro que el mercado único se caracteriza por la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas. La UE acapara más del 40% de las exportaciones y más del 50% de las importaciones del Reino Unido. Sin embargo, al mismo tiempo, Estados Unidos representa el principal destino de las exportaciones británicas, por lo que Starmer no quiere que el acercamiento al bloque ponga en peligro la excepción de Trump parece estar dispuesto a otorgar al Reino Unido en su particular guerra de aranceles.
Equilibrio en Occidente, impulso en Asia
Por lo tanto, aunque el Reino Unido puede estrechar su vínculo con la UE, la práctica es más compleja. Gestionar una relación entre dos partes aliadas en seguridad, pero competidores económicos siempre será el desafío clave planteado por el brexit. Y Trump no pone las cosas fáciles. Como consecuencia, incluso es posible que Starmer tenga que elegir entre Washington o Bruselas como prioridad comercial. De momento, no se ha sumado a las represalias de los Veintisiete contra productos estadounidenses tras los aranceles de Trump al acero y aluminio europeos. Tiene la esperanza de que, con diplomacia y cabeza fría, el Reino Unido quede exento de la guerra comercial. Pero eso, a la larga, podría crear tensiones con el bloque.
Trump también podría condicionar las relaciones entre el Reino Unido y China. En noviembre, Starmer protagonizó un cara a cara con el presidente chino Xi Jinping para descongelar las relaciones bilaterales de los últimos años e impulsar la economía británica, una prioridad del Gobierno laborista. Pero el presidente estadounidense podría hacer a Londres cambiar su postura. No sería la primera vez. Con el brexit, Boris Johnson quiso estrechar lazos con Pekín, pero tan sólo seis meses después de abrir las puertas a Huawei, prohibió el acceso de la compañía a la red 5G del Reino Unido, cediendo así a las presiones de Washington.
Londres, además, quiere influir en el Indo-Pacífico. A finales del año pasado, se unió al Acuerdo Integral y Progresista para la Asociación Transpacífico (CPTPP), un club que incluye a Japón, Australia, Nueva Zelanda y Canadá, así como a México, Malasia o Vietnam. El grupo representaba el 13,4% del PIB mundial, y con la entrada del Reino Unido igualará al de la UE. Aunque entrar apenas impulsaría un 0,08% el PIB británico en los próximos diez años, es una cuestión de poder. Se trata del único país europeo en el espacio donde se mueven todas las fichas de la política internacional ante la amenaza de China.
En definitiva, el Reino Unido ha vuelto. Pero aún tiene que definir su anclaje pos-brexit en un mundo en pleno apogeo de cambio. Aunque quiere estrechar los lazos con la UE y ser un pilar en la seguridad, se presenta como un rival comercial. También se postula como puente entre Europa y Estados Unidos, pero al mismo tiempo busca ser la excepción en la guerra de aranceles. Y aunque el Viejo Continente es su prioridad principal, sabe que el Indo-Pacífico es más importante que nunca en el tablero geopolítico.