La economía española se ha recuperado en los últimos años, pero en los hogares persiste la frustración. Desde 2021 el PIB real ha crecido un 12,9%, mientras que el salario por hora ha caído 0,5 puntos. Una grieta fundamental detrás de esta brecha es la desigualdad salarial. Abierta con la crisis de 2008, y pese a las mejoras recientes, ahora amenaza con ensancharse ante la revolución de la inteligencia artificial.
No estamos sólo ante un ajuste postcrisis. Hay tres fuerzas detrás de la evolución de los salarios en España: los reajustes tras la fiesta inmobiliaria de la década anterior, que han devaluado los salarios; un mercado laboral flexibilizado hacia la temporalidad y el despido; y la irrupción de una tecnología que ya no sólo sustituye manos, sino también cerebros. La desigualdad salarial, por tanto, es un desafío estructural.
La década perdida y la herencia de 2008
La herida de 2008 dejó en España un gran aumento de la desigualdad salarial entre 2010 y 2018. La narrativa oficial culpa sólo a la “crisis” y a la destrucción de actividad que trajo consigo. Sin embargo, la Encuesta de Estructura Salarial del INE muestra que la desigualdad se disparó tanto por una destrucción masiva de empleo como por una devaluación salarial que golpeó con saña a los tramos más bajos.
El estallido de la burbuja inmobiliaria y la crisis de deuda no sólo elevaron el paro al 26%. También provocaron un ajuste a la baja en los sueldos de entrada y en los sectores menos productivos. Mientras las rentas altas lograron mantener o recuperar su poder adquisitivo, las inferiores vieron cómo sus ingresos se estancaban o retrocedían. La recuperación económica posterior no logró corregir esa brecha de inmediato.
EL DESEMPLEO, MOTOR DE LA DESIGUALDAD
El desempleo, motor de la desigualdad


España padecía una patología previa: una estructura productiva sesgada hacia sectores de bajo valor añadido (como hostelería, construcción y turismo) y una marcada división entre empleos estables y precarios. La expansión de estos últimos, con contratos temporales y parciales involuntarios, agravó la desigualdad, afectando aún más a jóvenes y mujeres, y consolidando un mercado de dos velocidades.
La precariedad en España aumentó en buena parte por la caída de las horas trabajadas, ya fuera por más episodios de desempleo o una mayor parcialidad obligatoria o temporalidad no deseada. No obstante, mientras que entre 2010 y 2014 se profundizó la desigualdad en el país, entre 2014 y 2018 hubo una mejora que trató de compensar el aumento iniciado con el estallido de la crisis.
El espejismo de la recuperación y el giro de 2021
A partir de 2018 y sobre todo de 2021 ha habido un matiz de esperanza: la desigualdad frenó su escalada e incluso se redujo en ciertas métricas. ¿Por qué? Los datos apuntan más a las políticas económicas y laborales del Gobierno —no necesariamente a la subida del salario mínimo interprofesional— que a tendencias del mercado. En particular, la reforma laboral de 2021 atacó la raíz de la temporalidad.
Al restringir el abuso de los contratos temporales, la reforma revirtió una dinámica perversa que había lastrado los salarios más bajos durante décadas. La reducción de la temporalidad entre 2018 y 2022 contribuyó a mejorar los ingresos en la parte baja de la tabla: esos salarios no mejoraron tanto por su aumento por hora, sino por el aumento en la intensidad laboral de sus contratos: más horas al año.
A esto se sumaron políticas de protección extraordinarias durante la pandemia, como los ERTE y el ingreso mínimo vital, que evitaron que el shock de la covid-19 se tradujera en una nueva catástrofe de desigualdad como la de 2008. Sin embargo, aunque la hemorragia de la precariedad contractual se ha contenido, una amenaza vieja conocida, más sutil y profunda, está reconfigurando el tablero: el cambio tecnológico.
El vaciado de la clase media
Históricamente, solíamos creer que la tecnología funcionaba como una marea que elevaba todos los barcos. Fue cierto entre 1960 y 1991, cuando España vivió una mejora progresiva del empleo, productividad y salarios. Pero la dinámica cambió en los años noventa. Desde entonces, la contratación y creación de empleo han aumentado entre los sueldos más altos y bajos, mientras se han vaciado en la zona media.
En muchos países occidentales, la automatización y la digitalización comenzaron a castigar a la clase media. Las máquinas empezaron a reemplazar administrativos, operarios de maquinaria o contables básicos, que constituían el grueso del empleo de ingresos medios. La globalización también influyó: industriales de bajo o medio valor añadido se deslocalizaron a Europa del Este o a Asia, reduciendo la masa de empleo en las zonas intermedias y, por tanto, elevando la desigualdad salarial.
EL SALARIO MÍNIMO EN LA UNIÓN EUROPEA
Euros brutos mensuales, 2026
El salario mínimo en la Unión Europea
Euros brutos mensuales, 2026


El resultado ha sido un mercado laboral en forma de U: crece el empleo en la parte alta (ingenieros, directivos, creativos…) y crece en la parte baja (servicios personales, cuidados, limpieza…), donde la interacción humana es barata y difícil de automatizar. Pero el centro se hunde. Entre 1994 y 2014, España vio cómo se destruía empleo intermedio mientras se refugiaba en los extremos.
Este fenómeno tiene ganadores y perdedores claros. Las mujeres, paradójicamente, han ganado peso en los tramos altos del empleo cualificado, mientras que los hombres han sufrido más el impacto de la automatización en sectores industriales y de oficios. Asimismo, la educación se ha convertido en el único salvavidas real: los trabajadores con estudios terciarios han acaparado las ganancias de empleo, mientras que aquellos con secundaria han visto cómo su “tierra firme” laboral se desmoronaba.
La nueva frontera de la IA
Justo cuando empezábamos a entender este panorama, la irrupción de la inteligencia artificial generativa (IAG) ha vuelto a cambiar las reglas de juego. A diferencia de los robots industriales o el software de gestión, la IAG no viene a por las manos del operario, sino a por la mente del creador y del analista. Puede automatizar funciones cognitivas, creativas y de generación de contenido, como texto, código e imágenes.
Los estudios más recientes sugieren que la IAG introduce una “doble paradoja” en la desigualdad que es crítica para España. Por un lado, sirve para nivelar las habilidades. Beneficia especialmente a los trabajadores con menos experiencia o cualificación inicial, permitiéndoles aumentar su productividad hasta un 35% y acercarse al desempeño de los expertos. Esto rompe con el patrón histórico donde la tecnología sólo beneficiaba a los más formados. En una España de pymes con baja productividad, esto podría democratizar las capacidades de alto nivel, elevando el suelo salarial entre trabajadores menos cualificados.
Sin embargo, esta nivelación esconde una amenaza: la “paradoja del junior” y el riesgo de un vacío generacional. Las empresas están reduciendo las vacantes para juniors, ya que un senior asistido por IA puede realizar el trabajo que antes requería ayudantes. En España, la tasa de desempleo juvenil es la más alta de la Unión Europea, con un 24,3% en marzo. Si la IAG elimina los escalones de entrada al mercado laboral, desmantelaríamos la escalera de movilidad social, creando una brecha insalvable entre una élite de expertos tecnológicos con salarios estelares y una mayoría excluida de carreras profesionales cualificadas.
Finalmente, existe un riesgo de desplazamiento de rentas del trabajo al capital. Si la IAG se usa para sustituir tareas humanas sin crear nuevas ocupaciones, la mayor parte de las ganancias de productividad irán a los propietarios de la tecnología y los algoritmos, reduciendo la participación de los salarios en la economía. Esto transformaría la desigualdad salarial en una desigualdad de riqueza más rígida, donde el factor determinante no sería sólo qué sabes hacer, sino si posees el capital tecnológico para hacerlo.
De la herida de la precariedad al desafío de la relevancia
España enfrenta, pues, un horizonte decisivo donde convergen las cicatrices del pasado y las incertidumbres del futuro. Si bien la reforma laboral de 2021 y el escudo social de la pandemia contuvieron la hemorragia de la temporalidad, sería ingenuo pensar que la tarea está completada. Hemos solucionado parte del problema analógico justo cuando el digital amenaza con cambiar las preguntas del examen. La encrucijada actual es más sutil y peligrosa que la de 2008. El riesgo ya no es sólo tener un mercado laboral dividido entre fijos y temporales, sino transitar hacia una sociedad dividida en capacidades y rentas.
Frente a ello, el laissez-faire tecnológico no es una opción viable. Para evitar que la brecha salarial se transforme en una desigualdad de riqueza crónica, el contrato social en España debe evolucionar. Las políticas públicas no pueden limitarse a proteger el empleo existente; deben ambicionar un cambio en la estructura de nuestra economía. Ello implica abordar al menos cuatro frentes:
1. Productividad como imperativo. Para que la IA no sea solo una herramienta para recortar costes (despidos o ahorro de procesos), el enfoque debe virar hacia la IA generativa de ingresos. Esto se logra mediante la inversión en “IA vertical”: soluciones diseñadas para los nichos de nuestras pymes, permitiéndoles ofrecer servicios de alto valor que antes sólo estaban al alcance de grandes corporaciones. Los sectores clave aquí son el plan de acción del Gobierno de industria conectada 4.0, la agrotecnología de precisión y la biotecnología, donde la IA puede acelerar el descubrimiento de materiales o la optimización de cosechas, escalando el negocio en lugar de simplemente reducir la plantilla.
2. Proteger la transición, no el puesto. La “nivelación de habilidades” que permite la IA debe usarse para que perfiles técnicos medios realicen tareas que antes requerían décadas de especialización, rompiendo cuellos de botella productivos. Por ejemplo: en sanidad (apoyo al diagnóstico en atención primaria), justicia y administración pública (gestión documental y atención al ciudadano) y servicios profesionales (consultoría, arquitectura). La formación no puede ser puntual, sino un acompañamiento para que el aumento de productividad se traduzca en mejores salarios y no sólo en mayores márgenes empresariales.
3. Repensar la entrada al mercado. Si la IA realiza las tareas básicas que antes hacían los recién llegados, debemos crear entornos de aprendizaje supervisado o entornos de prueba de talento. Por ejemplo:
- Mentoría aumentada: programas donde el junior supervisa el trabajo de la IA bajo la tutela de un senior, enfocándose en la validación y el pensamiento crítico desde el día uno.
- Contratos de formación en IA: incentivos fiscales para empresas que mantengan cuotas de juniors, transformando su rol de “ejecutores de tareas simples” a “operadores de sistemas inteligentes”.
- Simuladores de “conocimiento tácito”: uso de IA para transferir la experiencia de quienes se jubilan a los nuevos empleados mediante sistemas de gestión del conocimiento basados en lenguaje natural.
4. Del turismo de masas a la economía del conocimiento y la experiencia. El tejido productivo español debe transitar de la cantidad a la calidad. Esto implica usar la tecnología para sofisticar nuestros sectores tradicionales: transformar el turismo en una industria de experiencias personalizadas de alto valor y construir un sector de edificación sostenible. La reconducción implica desincentivar sectores que consumen recursos escasos (agua, suelo…) de forma ineficiente y primar aquellos que favorecen la innovación local.
La tecnología marca el terreno de juego, pero no el resultado del partido. La desigualdad salarial futura no dependerá de lo que hagan los algoritmos, sino de cómo decidamos gobernar su implantación. Si la década perdida nos enseñó el coste social de dejar el mercado a su suerte, la era de la IA nos exige anticiparnos para que el progreso técnico se traduzca, por primera vez en mucho tiempo, en prosperidad compartida.







