En el mundo existen entre 21 y 32 billones de dólares escondidos en paraísos fiscales, según Tax Justice Network. La opacidad complica un recuento más preciso, pero la organización calcula que esto supone una pérdida para los Estados de cerca de 480.000 millones al año, una cifra similar al PIB de Austria. La evasión y elusión fiscal se han convertido en los últimos años en uno de los escándalos económicos más conocidos. Representan las grietas de un sistema donde la desigualdad, la injusticia y el privilegio se han abierto camino gracias a una legislación a la carta pensada para favorecer a los más pudientes.
Pese a esto, el abuso fiscal y el traslado de ingentes cantidades de dinero a guaridas offshore es sólo la punta del iceberg de un sistema más profundo y complejo donde el privilegio es la norma dominante: de los puertos francos donde se amontonan cientos de obras de arte que escapan del control y la legislación nacional a las zonas de libre comercio, exentas de impuestos, pasando por los tribunales privados, las ciudades aforadas o el propio mar, donde operan las famosas banderas de conveniencia.
“Dentro de los países hay áreas con reglas diferentes. Los océanos, que ocupan dos tercios de la superficie de la Tierra, tienen un conjunto de reglas diferente. Ahora se están haciendo leyes comerciales para el espacio exterior, pese a que los países no tienen soberanía ahí… Existe un mundo de leyes no necesariamente ligadas a un territorio”. Atossa Araxia Abrahamian es periodista y autora del libro Dónde se esconde el dinero, publicado en España en 2025 por Península. La periodista, de origen iraní, nació en Canadá en 1986 pero creció en Suiza por el trabajo de sus padres en la ONU. Allí conoció de primera mano cómo las cientos de organizaciones internacionales con sede en Ginebra imprimen un indeleble carácter cosmopolita y globalista al país alpino. La diplomacia tiene sus propias normas, en muchos casos ajenas a las de los propios Estados y de no aplicación para la población de a pie.
El “globo oculto” de la economía mundial
En Suiza, sin embargo, el privilegio legislativo va mucho más allá del mundo institucional y de los organismos intergubernamentales. El país es la quintaesencia de los conocidos como paraísos fiscales. Un lugar donde las empresas más poderosas y las personas más acaudaladas del mundo pueden esconder ingentes cantidades de dinero bajo el manto de una “economía espectral”. Oligarcas, evasores, magnates, ricachones o incluso criminales de todo pelaje se benefician de una normativa opaca y secreta —“no hacer preguntas forma parte de la historia de Suiza, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial”— que desdobla y diluye conceptos tan asentados y hegemónicos como el propio Estado nación.
“El libro trata sobre lugares que se sitúan más allá de las naciones. Lugares que no destacan en el mapa y que no forman parte de nuestra imaginación política, pero que son esenciales para el funcionamiento del mundo”, señala Abrahamian en una entrevista por videollamada con El Orden Mundial. Tal y como se recoge en las primeras páginas de la obra, “sólo en Estados Unidos hay 193 zonas de ‘comercio exterior’ activas, exentas de aranceles aduaneros federales. Dan empleo a cerca de 460.000 personas […] y por ellas cada año circula mercancía valorada en centenares de miles de millones de dólares”. A nivel mundial, se estima que existen unas 7.000 áreas económicas especiales de este tipo.

China, la segunda potencia mundial, tampoco es una excepción. Enmarcadas en su proceso de apertura económica, pero con la ventaja de ser espacios acotados y controlados, el país cuenta con zonas económicas especiales como la de Shenzhen, puente de unión entre Hong Kong y la China continental y hub de las grandes tecnológicas del país. Estos territorios han llegado a aportar un cuarto del PIB del país, la mitad de la inversión extranjera y el 60% de las exportaciones.
La periodista, antigua editora en medios como The Nation y Al Jazeera America, define esta cosmología de lugares extraterritoriales como the hidden globe. El ‘globo oculto’, que en su traducción al castellano podría evocar una ensoñación conspiranoica, no es más que “un sistema de leyes que trasciende las fronteras, que no se preocupa por ellas. Es el resultado del nacionalismo y el capitalismo trabajando juntos”.
Un neoliberalismo “más agresivo, global y competitivo”
El encaje entre las políticas nacionalistas y el uso de espacios extraterritoriales para la acumulación de capital siempre ha sido una paradoja del neoliberalismo más tradicional. En los tiempos que corren, sin embargo, las contradicciones se han convertido en un recurso que explotar y del que hacer bandera. “Trump habla de controlar el Canal de Panamá, comprar Groenlandia, enviar refugiados a El Salvador… Quiere aprovecharse de espacios ambiguos donde la soberanía está en disputa. A los nacionalistas les encanta esto porque pueden decir que tienen una nación homogénea mientras mueven a personas e industrias a otros lugares. Si quieren preservar el mito de una nación pura, tienen que interactuar con el resto del mundo y explotar los lugares más vulnerables. Es un impulso colonialista, fascista. Lo llamo nacional-globalismo”.
Es la cara más perversa de la globalización, en la que se ejerce la libre circulación de capitales pero no de personas, con políticas migratorias que aprovechan las lógicas extraterritoriales para deportar personas a terceros países y externalizar fronteras. Hoy, asegura la autora, los objetivos económicos son los mismos que podían tener Ronald Reagan o Margaret Thatcher en los años ochenta —recortar el estado de bienestar, premiar al capital, aumentar la desigualdad—, “pero el proteccionismo es mucho más pronunciado en la actualidad”. Se trata de un neoliberalismo “más agresivo, global y competitivo”, donde la hipocresía es aceptada de forma natural.

El globo oculto es caprichoso, obtuso y desconcertante. Por el libro circulan personajes excéntricos y con intereses extraños, tal y como los define Abrahamian, que no tuvieron problema para exponer de forma didáctica los entresijos de este sistema. Sin embargo, la periodista no pudo acceder al puerto franco de Ginebra, situado a diez minutos de donde creció. “Eso dice algo de la situación”.
La autora insiste: el mundo extraterritorial es, en sí, mismo, un corpus legislativo a medida, con leyes a la carta para escapar de los corsés estatales y democráticos. La lógica es sencilla: si no se te permite hacer algo en casa, busca el lugar para hacerlo. “Esto habla de un nivel de impunidad tolerado, incluso generalizado”, asegura. “El globo oculto existe por las desigualdades entre personas y países. Cuando los países compiten por el mismo dinero, las mismas personas y el mismo trabajo en una carrera a la baja, se obtienen regímenes más permisivos con el capital”.
Pocos ejemplos representan esta realidad mejor que el Centro Financiero Internacional de Dubái (DIFC, por sus siglas en inglés), una suerte de centro financiero de lujo constituido como zona de libre comercio. Un oasis de desregulación en el golfo Pérsico que para destacar sobre enclaves tradicionales como Suiza o Luxemburgo llevó el sistema de legislación a la carta un paso más allá. Lo hizo con un tribunal de arbitraje privado constituido desde cero por un ejército de consultores y con leyes y magistrados extranjeros. “Lo que el tribunal del DIFC hace es establecer unas nuevas reglas del juego: a fin de ajustarse a las necesidades de los expatriados, empresas y consorcios multinacionales, los países ahora han de ofrecerles un sistema judicial separado importado de otros lugares”, señala Abrahamian en el libro.
Del ciberespacio al espacio exterior
El sistema de compraventa de leyes y de privatización del poder legislativo ha encontrado su penúltimo caldo de cultivo en el sector tecnológico y sus mesiánicos líderes. Según la autora, entre los magnates tecnológicos “siempre ha habido frustración con el Gobierno porque lo perciben como algo que les impide hacer cosas maravillosas. Si te crees el rey del mundo, no quieres reglas. La solución obvia es escribir tus propias reglas… o apoderarse de ellas”. La autora se refiere al gran giro que se ha podido ver en los magnates tecnológicos más destacados. Durante años, muchos de ellos han abogado por las utopías y el optimismo tecnológico para superar la supuesta rigidez que les imponen los Estados nación. Ahí está Elon Musk y su proyecto de colonizar Marte, Peter Thiel y su interés por el proyecto libertario de ciudades flotantes en aguas internacionales o Mark Zuckerberg y su metaverso transhumanista.
Hoy, sin embargo, la megalomanía tecnofeudalista ha entrado en un nuevo estadio mucho más crudo y descarnado: “Peter Thiel estaba interesado en la creación de nuevos países, pero dejó de hablar de eso y empezó a acercarse al movimiento MAGA. ¿Para qué molestarse con otras cosas cuando puedes comprar el Gobierno de tu país?”. El objetivo, asegura la autora, pasa por convertir la extraterritorialidad, y su idiosincrasia antiestatal, en una política explícita y nacionalista: “Estados Unidos no se convertirá en Singapur, pero encontrará pequeños Singapures, pequeñas Panamás para explotar fuera de sus fronteras. Puerto Rico ya fue el prototipo de este tipo de zona”.
Por muy alejado que esté del imaginario popular, este sistema no es un pequeño compartimento que convive de forma paralela al resto de dinámicas macroeconómicas. Es, más bien, una parte indispensable de él. Las zonas de libre comercio fueron promovidas desde los años sesenta por los principales organismos como Naciones Unidas. Paul Romer, antiguo economista jefe del Banco Mundial y ganador del Premio Nobel en 2018, es uno de los principales ideólogos de las ciudades aforadas. A mayor escala, basta atender a lo que sucede con el transporte marítimo, responsable de cerca de 90% del comercio de bienes que se realiza en el mundo. Todo ello depende de legislaciones abstractas y laxas que permiten que países sin salida al mar otorguen banderas de conveniencia y que promuevan un sistema laboral dominado por la explotación y la desprotección.
De la misma forma que sucede con los océanos, la extraterritorialidad y la legislación a la carta están sentando las bases de los proyectos para colonizar el espacio. Para Abrahamian, los problemas serán los mismos que en el mar: banderas de conveniencia, leyes a medida… “¿Por qué limitar el capitalismo a la Tierra? Para comerciar, necesitas un Gobierno que respalde la transacción. Las puertas ya están abiertas para el capitalismo en el espacio”.
Luxemburgo, un micro-Estado en el corazón de Europa de apenas medio millón de habitantes y reconocido paraíso fiscal, hace tiempo que tomó nota. En 2017, el Parlamento aprobó la Ley de Recursos Espaciales, que establece que el país reconocerá la propiedad privada de los recursos extraídos en el espacio por cualquier compañía registrada en Luxemburgo. En un lugar donde no existe la soberanía estatal, las empresas necesitan asegurar que el fruto de sus explotaciones es reconocido en la Tierra. Y para ello, a fin de cuentas, nada mejor que una bandera de conveniencia.