Crónica en primera persona

De la represión en Cuba al exilio en España: así opera el régimen contra la disidencia

El castrismo permite a los cubanos usar internet desde hace una década, pero la Seguridad del Estado se ha encargado de acallar las voces críticas
Política y eleccionesAmérica Latina y el Caribe
De la represión en Cuba al exilio en España: así opera el régimen contra la disidencia
De izquierda a derecha, los líderes cubanos Guillermo García, Ramiro Valdez, Raúl Castro y el presidente Miguel Díaz-Canel en una manifestación en enero de 2024. | ADALBERTO ROQUE - AFP

Esta funcionalidad está reservada a suscriptores. Suscríbete por solo 5€ al mes.Guardar artículo

Yo, hijo y nieto de militares y obreros militantes del Partido Comunista, creía que no existía la Seguridad del Estado, la policía secreta que sostiene al régimen cubano. Es una exageración, una leyenda, un mito, un cuento de los contrarrevolucionarios, pensaba. Hasta que me gradué de Periodismo en la Universidad de La Habana y quise ser periodista en un país donde por ley existe un único partido político que dirige todos los canales de televisión, todas las emisoras de radio, todas las revistas, todos los periódicos, el único marco legal que permite el ejercicio de esta profesión. Y esa intención me depositó en Barcelona, donde vivo hoy, a un océano de distancia de todo lo que era.

Otra Cuba que no fue

Tres años después de recibir mi título de licenciado en Periodismo, en 2015, el régimen permitió que los cubanos nos conectáramos a internet por primera vez. Para ello colocó en treinta plazas públicas unas antenas con conexión wifi donde una hora de internet, a la intemperie, sentado en la acera, recostado en un árbol, bajo la lluvia y el sol, costaba el equivalente en pesos cubanos a dos dólares, en un momento en el que salario básico era de dieciséis dólares. Poco a poco las antenas aumentaron a lo largo de las plazas y parques de la isla hasta que se detuvo su instalación en 2018, cuando el castrismo permitió que el internet llegara mediante datos móviles a los teléfonos de sus ciudadanos. El performance democrático cambió la fisonomía de la nación.

Casi seis décadas después de llegar al poder, el castrismo perdió el control de la narrativa del país. Hasta ese instante, a través del monopolio absoluto de los medios de comunicación, los cubanos consumían la realidad que el Gobierno construía y vendía. No existía alternativa. Internet dinamitó esa cápsula: las redes sociales entregaron un altavoz a los ciudadanos que pudieron desahogarse, nacieron medios de prensa independiente, los artistas contestatarios pudieron promover sus obras, los opositores y activistas pudieron articularse mejor. Nació una verdadera sociedad civil dispuesta a emanciparse.

Soy hijo de esa generación. Junto a un grupo de amigos, graduados todos en Periodismo en la universidad, fundamos una revista digital en 2016, El Estornudo. Queríamos narrar el nuevo país que estaba emergiendo. Pero sólo dimos unos cortos pasos y la Seguridad del Estado apareció con el rostro descubierto delante de mí para dejarme claro que no era una entelequia como yo pensaba, que existe y es el guardián del régimen cubano.

Así reprime el régimen cubano

Tengo tatuado en la retina el día en que se me reveló esa epifanía. Escribía en mi casa bien temprano en la mañana, pero un apagón hizo que tuviera que desplazarme hasta casa de mi madre para cargar mi laptop, que se quedó sin energía. En el camino recibí una llamada de un número desconocido. Era un hombre que se identificó como un agente de la Seguridad del Estado. Me informó que estaba de camino a mi mismo destino sin que yo le dijera cuál era. Minutos después de llegar, un auto soviético, marca Lada, aparcó afuera de casa de mi madre. 

Me introdujeron sin orden policial en el auto que llevaba matrícula civil. Me trasladaron a una estación militar en las afueras de La Habana. Allí me decomisaron mi teléfono y mi laptop. Y me interrogaron durante más de diez horas. Sabían cada detalle de mi vida: que no tenía pareja formal, pero con quién follaba, a qué hora, dónde, con cuáles amigos hablaba por teléfono y sobre qué, dónde había cenado ocho meses antes, quién había pagado esa cuenta y qué se había hablado en la mesa, mis familiares más allegados y los que no, mis recorridos diarios, mis planes, algunas de mis ideas… También me leyeron artículos míos que tenían impresos para cuestionar mi “desviación ideológica”. Me ofrecieron colaborar con ellos como agente encubierto. Y me confesaron que si seguía escribiendo, me metería en “las patas de los caballos”. Luego me liberaron.

Llegué a mi casa, me di un baño y me acosté. Mirando el techo de mi habitación supe que ya era otra persona. Desde entonces cambié: me volví solitario, parco, escurridizo, desconfiado, silencioso. Sentía que era un prisionero. Todavía hoy lo siento. Desde ese día vivo como si un fantasma me vigilara.

Abraham Jiménez Enoa
Abraham Jiménez Enoa. Foto: cedida

Es un trauma que se asentó por todo lo que vino después. Seguí escribiendo y contando lo que acontecía en la isla, así que la Seguridad del Estado cumplió su palabra. Introdujo mi nombre en la lista de regulados migratorios, las personas que por razones políticas no pueden salir del país, así que quedé encerrado en la isla. Bloquearon la revista desde territorio nacional para defenestrar a los lectores locales. Amenazaron a mi padre, madre y mi hermana de que perderían sus puestos laborales si yo seguía escribiendo y, como ocurrió de esa manera, las amenazas se consumaron: mi padre, madre y hermana terminaron sin sus trabajos. A mis amigos los interrogaron para saber detalles de mi vida, les revisaron sus teléfonos y algunos, por comentar mi situación en las redes sociales, le retiraron la mitad de su salario mensual. A mi pareja y a su madre les mandaron mensajes difamatorios sobre mí. 

Todas mis llamadas eran escuchadas. Me seguían a donde fuese y esa información me la detallaban en los interrogatorios arbitrarios policiales a los que tenía que acudir sin haber cometido delito, porque la ley sanciona a quien no se presente ante una solicitud de este tipo. Y cuando supieron con antelación que iba a reportear alguna historia o que iba a cubrir alguna manifestación cívica, rodearon mi casa con agentes disfrazados de civil y con patrullas de policía para impedirme salir. Me decretaron prisión domiciliaria. 

Muerte civil

El acoso y la persecución de la Seguridad del Estado llegaron a su punto más grave el día que me ajusticiaron una muerte civil. Un policía tocó a la puerta de mi casa y entregó una citación policial para el día siguiente. Acudí, pero, al entrar a la estación policial, me percaté que el sitio estaba en obra. Era una trampa. Por detrás varios agentes sin uniformes me introdujeron en una habitación con las ventanas cerradas. Allí me desnudaron, me pegaron contra la pared y me esposaron. Luego me acompañaron hasta un auto, donde me obligaron a meter mi cabeza entre mis pies para que no viera hacia dónde nos dirigíamos. 

Veinte minutos después me bajaron y me sentaron en una habitación de la sede de la Seguridad del Estado, Villa Marista, los predios de lo que fue antes de 1959 una escuela religiosa. En ese sitio me interrogaron y, sin que yo lo supiera, grabaron las ocho horas en que me amenazaron con la cárcel. Esa misma noche en el noticiero nocturno de la televisión emitieron las imágenes de mi interrogatorio. Me acusaron de ser un agente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos.  

Para ese entonces ya la ciudadanía se había empoderado gracias a internet. Meses después de mi acusación pública, en el verano de 2021, los cubanos saltaron de la virtualidad a las calles para pedir el fin de la dictadura. Hubo manifestaciones en todo el país, un suceso inédito en las más de seis décadas de castrismo, que respondió a su altura, con una represión desmedida y despiadada. Las protestas dejaron un muerto y más de mil presos políticos, entre ellos más de cincuenta menores de edad.

Yo era de los pocos periodistas independientes de la generación que había nacido con internet que quedaba dentro del país. La mayoría ya se había marchado al exilio por la persecución o para encontrar una futura vida digna. Salí a la calle y describí lo que encontré: la ignominia de un régimen dictatorial que avasalló a miles de personas que sólo quisieron expresar lo que pensaban y, además, un poco de decoro, comida, alimentos, electricidad. Fue mi sentencia.

A partir de entonces fueron muy pocos los días que la Seguridad del Estado no rodeó mi casa. Cuando podía salir, no tenía con quien hablar. Para mi vecindario era un agente de la CIA y para los conocidos y amigos un inconveniente; si se relacionaban conmigo sufrirían consecuencias. Mi familia se había quebrado con mi reputación. Estaba aislado y asfixiado. Sólo me quedaba el mar. Iba hasta el malecón, me trepaba en su muro, descolgaba los pies hacia el agua e intentaba que la brisa y el paisaje de las olas me acompañaran. Alguna vez bajé y caminé con cuidado y muy despacio sobre los dientes de perro, las peligrosas rocas puntiagudas y afiladas de la costa habanera. 

Uno de esos días recibí una llamada de un número privado. En mi balcón escuché cómo un agente de la Seguridad del Estado me ofreció un trueque: “O te vas del país, porque te dejaremos, o te abrimos la puerta de una cárcel”. 

En marzo de 2022, tres meses después de escoger la primera opción, al acabar de impartir una charla en Ámsterdam sobre la libertad de expresión en Cuba, los organizadores del evento tuvieron que escoltarme y sacarme de encima a un cubano que comenzó a acosarme y acusarme de manipulador y mentiroso. Cuando ya llevaba más de un año en el exilio, en la Feria del Libro de Madrid un hombre estuvo siguiéndome durante horas y filmándome con un teléfono. Y en Barcelona, en la esquina del apartamento que rento, sosteniendo el carrito donde iba sentado mi hijo, cuando había dado por muerto el fantasma de la Seguridad del Estado, dos hombres con acento cubano pasaron por mi costado y dijeron: “Sabemos que estás cerca de tu casa”.

Abraham Jiménez Enoa

La Habana, 1988. Periodista, cofundador de la revista cubana independiente El Estornudo y autor de La isla oculta y Aterrizar en el mundo (Libros del K.O). Fue columnista en The Washington Post y ha publicado en The New York Times, BBC, El País, Al Jazeera o Gatopardo. Ganador del premio Libertad de Prensa Internacional del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ), entre otros.