Cuba es la isla más grande del mar Caribe y el segundo país más poblado de la región. Sus cayos, sus costas, sus puros y sus coches clásicos han hecho de la isla un destino turístico concebido como paradisíaco, pero la realidad que se esconde tras las aguas cristalinas es la de una economía oxidada, una industria raquítica y un éxodo demográfico que enlaza con el descontento social y la precariedad.
La historia reciente de Cuba experimentó un punto de inflexión con el movimiento revolucionario que triunfó en 1959, la primera revolución socialista exitosa de América Latina, y las décadas posteriores han estado marcadas por el sistema al que dio paso.
A pesar de los intentos de estabilización, el régimen socialista trajo consigo la enemistad de Estados Unidos y un bloqueo económico que Washington impuso a la isla al inicio del Gobierno de Fidel Castro, en 1960, y cuya intensidad ha ido variando a lo largo de los años. Y aunque La Habana ha tratado de mantenerse a flote con intentos de apertura económica y promoción del turismo, el embargo ha degastado fuertemente la economía del país, con unas pérdidas acumuladas de unos 164 mil millones de dólares, según estimaciones del régimen cubano.
La situación se agrava con la reinserción de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo en 2025, que complica aún más la obtención de créditos o inversiones extranjeras. En ese sentido, entre enero de 2021 y febrero de 2024, las autoridades cubanas reportaron más de mil negativas por parte de bancos extranjeros a prestar servicios a sus entidades, incluidas transferencias para la compra de alimentos o combustible.
A pesar del bloqueo, la ubicación de Cuba en el corazón del mar Caribe —puente entre los océanos Atlántico y Pacífico— la convierte en un punto con una alta actividad marítima. El tráfico que se dirige al canal de Panamá desde el Atlántico bordea el país, y tanto el estrecho de Florida como el paso de los Vientos son puntos muy congestionados.
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