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La conspiración de la geopolítica

La conspiración de la geopolítica
Mural en el Aeropuerto Internacional de Denver. Fuente: Donal Mountain

En los últimos años, en pleno apogeo de la desinformación, hemos asistido a numerosos sucesos por todo el mundo abordados poco menos que como una partida entre grandes potencias y dejando de lado infinidad de factores tanto o más explicativos. Este tipo de simplificaciones casi siempre llevan implícita una lógica maniquea: o estás conmigo o contra mí.

Escoge un país o un territorio en el que se esté desarrollando una crisis política importante, que incluso ha podido escalar a conflicto armado: Siria, Ucrania, Nicaragua, Cataluña, Venezuela, Hungría… el que prefieras. Y ahora algún actor con potencial conspirativo: Estados Unidos, Rusia, Israel, George Soros, el Fondo Monetario Internacional… Lo único que queda ahora es forzar la simbiosis: la crisis en el lugar elegido vendrá causada por el ente o persona escogido. Sencillo, ¿verdad? Dos simples pasos, seleccionados de forma casi aleatoria, que vienen a ser la base explicativa de infinidad de sucesos que ocurren a lo largo y ancho del mundo. El auge de la extrema derecha en Europa o del procés catalán, cosa de Rusia; las protestas en distintos países, cosa de Soros —y, si el país tiene un Gobierno de izquierdas, también de Estados Unidos—.

Este tipo de explicaciones se han vuelto tremendamente populares durante los últimos años gracias a una mezcla de simplificaciones causadas por un interés concreto o el desconocimiento, una enorme desafección con los medios tradicionales —merecida, en muchos casos— y un clima casi permanente de desinformación que a menudo se vuelve infoxicación. El daño, no obstante, no suele ir tanto a depauperar la comprensión de lo internacional por la vía de las perspectivas alternativas —al final hay multitud de matices y aspectos debatibles—, sino por su dogmatismo. Si no reafirmas o concuerdas con la relación causal que se plantea, irremediablemente estás al servicio —ideológica o económicamente— de aquellos a los que se apunta la crítica inicial. Si se niega que Moscú haya tenido un impacto determinante en las elecciones de Estados Unidos, Francia, Alemania o en la crisis política en Cataluña, eres automáticamente un siervo de Putin; negar que el único y principal factor del Maidán ucraniano, las protestas contra Ortega o la guerra civil en Siria o Libia procede de Washington nos arrastra inmediatamente al saco de los imperialistas y otanistas.

Para ampliar: “Medios de comunicación alternativos: armas de desinformación masiva”, Meng Jin Chen en El Orden Mundial, 2018

La geopolítica no es ni puede ser el único factor explicativo de lo que ocurre en el mundo, menos todavía si entendemos este término como un simple juego de potencias, similar a un ajedrez. Esa concepción no es que sea decimonónica; es que es tremendamente limitada para un mundo tan moderno y con tantos procesos paralelos en activo como el actual. El concepto de la geopolítica no deja de funcionar en dos dimensiones: horizontal y vertical. En horizontal encontramos la geopolítica más dura, el tradicional juego de potencias, pero también puede haber una económica —que a menudo conocemos como geoeconomía— o de la energía, la cultura o cualquier proceso que busque articularse en un territorio concreto. Ese territorio es, precisamente, la dimensión vertical. El término geopolítica parece que nos remite inmediatamente a una escala global, pero existe también en espacios más reducidos. ¿Acaso no podemos hablar de una geopolítica de Europa? ¿O de una geopolítica de Nigeria? Existen, sin duda. El mayor problema aparece cuando se pretenden trasladar las lógicas de la geopolítica mundial a las de un país en concreto, y no hablemos ya si también cambiamos el tema central. El desbarajuste es monumental. A pesar de ello, hay quien intenta encajar esa pieza —aunque sea a presión— y hacer pasar la jugada por una explicación perfectamente válida. Y ya no solo válida, sino la correcta.

Estos encajes extraños a menudo se perciben en situaciones locales. Así, para muchos, la actual crisis en Nicaragua ha quedado reducida a la injerencia de Estados Unidos y a que quienes se manifiestan son poco menos que terroristas al servicio de Washington, todo ello a través de argumentos como la importancia geoestratégica del nuevo canal interoceánico —un proyecto que lleva años en suspenso— o mediante la tradición estadounidense de intervenciones en América Latina —que, sin ser falsa, desde el fin de la Guerra Fría tiene un perfil mucho más discreto e incomparable a las ocurridas en los años 70 y 80—. En todo momento se obvian las dinámicas internas del país, la importancia y trayectoria de determinados actores, sus intereses y sus interrelaciones. Porque eso, aunque sea a escala local, también es geopolítica.

Otro de los grandes éxitos de esta concepción del mundo tiene a Rusia como protagonista. La victoria de Trump quizá sea su mayor exponente. Aunque parezca claro que hubo una influencia directa o indirecta de Moscú en las presidenciales de 2016, no está muy claro que esto fuese determinante para la victoria del actual presidente estadounidense. Poniendo el foco en esa relación de causa y efecto, se quita de otras que quizá sí fueron determinantes, como el pobre atractivo político de Hillary Clinton y su discurso identitario, cómo plantearon la campaña los demócratas o a qué estados dieron peso —aunque la ex secretaria de Estado ganó en voto popular, no venció en aquellos lugares donde era fundamental, los llamados estados bisagra—. Y esto sin entrar en cuál era la previsible relación de Trump con Rusia, mostrado poco menos que como una marioneta de Putin, sin ahondar en sus relaciones previas con bancos y oligarcas rusos durante su etapa empresarial.

Para ampliar“Todas las conexiones rusas del presidente”, Trajan Shipley en El Orden Mundial, 2018

La lista de casos es larga, y la de supuestos participantes en la sombra, aún más. Es lo que tiene tratar de explicar algo relativamente concreto, que requiere de contextualización y precisión en muchos aspectos, a base de brochazos sacados de un tablero de juego que nada tiene que ver. Pero, como en toda relación comunicativa, hay al menos dos partes. Si parece claro que en los emisores y el mensaje hay cierta tendencia a la contaminación, no podemos negar que los receptores presentan cierta predisposición a dejarse contaminar. Al final, han sido las explicaciones simples —que no sencillas— basadas en dos factores —los sesgos cognitivos y el llamado filtro burbuja, así como una pobre educación y cultura en cuanto a consumo de información, potenciado por internet en general y las redes sociales en particular— las que han llevado a una menor exigencia en los estándares de calidad en buena parte de los consumidores de información.

El primer factor, lamentablemente, tiene poca solución; es cómo funciona nuestro cerebro. Tendemos a creer lo que queremos creer y desechamos las ideas que no encajan en nuestro esquema mental, entre otra amplia variedad de funcionalidades de nuestra mente que alteran cómo vemos lo que nos rodea. Atajar el segundo, por suerte, pasa por cosas tan sencillas y a la vez tan complicadas como atender a opiniones o enfoques contrapuestos —aunque alguno no guste—, aprender a detectar errores básicos en una información o, simplemente, tener una curiosidad constante sobre los temas para estar lo más actualizado posible. Porque, a pesar de todo, el mundo seguirá siendo complejo de entender. Porque quienes lo ven de forma simple no comprendieron la máxima de Einstein: “Si no puedes explicarlo de manera sencilla es que no lo entendiste bien”.