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Todas las conexiones rusas del presidente

Todas las conexiones rusas del presidente
Fuente: Kremlin

La supuesta relación entre la campaña de interferencia rusa en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 y el presidente elegido va camino de ser el mayor escándalo político en décadas.

El arresto por parte del FBI a mediados de julio de una ciudadana rusa, acusada de ser una espía rusa vinculada con organizaciones y grupos políticos conservadores de Estados Unidos, elevó la trama rusa en la que se encuentra inmersa la presidencia de Donald Trump a un escenario digno de cualquier película de espías de Hollywood. María Butina, una habitual en numerosos eventos conservadores, también se lleva los honores de haber sido la primera persona en preguntar al candidato Trump por su política hacia Rusia en julio de 2015, algo que levantaría sospechas entre algunos de sus colaboradores cercanos.

La trama rusa es un escándalo político al nivel del Watergate o el Irán-Contra, con tantas aristas que es muy fácil perderse y sumirse en teorías de la conspiración. Partamos de un hecho que ni el propio Trump ha sido capaz de negar, y es que el Gobierno ruso trató de interferir en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016. Así lo sostienen los servicios de inteligencia de EE. UU. y de su Cámara de Representantes, de mayoría republicana.

Ambos informes coinciden en la mayoría de las cuestiones de fondo: la campaña de injerencia fue ordenada por el Gobierno ruso y se emplearon varios métodos: ciberataques, propaganda mediática, espionaje, etc. El objetivo era causar la mayor disrupción política posible en Estados Unidos y debilitar a la candidata demócrata, Hillary Clinton, con el objetivo de avanzar intereses políticos de Rusia. Aunque el segundo informe enfatiza que no existen pruebas que demuestren la coordinación de la campaña de Trump y el Kremlin ni de que Putin tuviera una preferencia por Trump, el propio Putin manifestaría en su rueda de prensa conjunta en Helsinki su preferencia por el republicano.

Se podría pensar que, aunque Rusia interfiriera en las elecciones en detrimento de la demócrata, Trump y su equipo de campaña jugaron limpio y eran simplemente rehenes de la situación. Sin embargo, las actividades de algunos de sus asesores más cercanos y la propia actitud de Trump, sorprendentemente benevolente con Rusia —durante la campaña llegó incluso a animarla a hackear a Clinton—, despertaron inquietud en el FBI y el Departamento de Justicia, que comenzaron a investigar.

Teléfono rojo llamando desde Moscú

Existen numerosas conexiones con Rusia, directas e indirectas, dentro del entorno de Trump. La primera es Michael Flynn, el primer asesor de seguridad nacional de Trump, proveniente de su equipo de campaña. Tras ser destituido por Obama como director de la Agencia de Inteligencia de la Defensa, elaboró una red de contactos internacionales gracias a la cual, ya como asesor de campaña de Trump, cobraría 45.000 dólares por dar un discurso en la cena de gala del décimo aniversario de la cadena rusa RT, en la cual coincidió con Putin y su círculo más cercano. Pero fueron sus contactos con el embajador ruso en EE. UU. en diciembre de 2016, con Obama aún en la Casa Blanca, los que precipitaron su caída tras mentir al respecto al vicepresidente Pence y al FBI. En sus conversaciones con el embajador, Flynn especuló con el futuro de las sanciones estadounidenses a Rusia si esta retrasaba la votación sobre los asentamientos israelíes en el Consejo de Seguridad —la Administración Obama acabaría por no apoyar la postura israelí—.

Conexiones rusas de Manafort. Fuente: Politico

La segunda conexión es Paul Manafort, jefe de campaña de Trump hasta mediados de 2016. Manafort simultaneó su actividad como lobista en Washington con la de consultor político de clientes como el dictador filipino Ferdinand Marcos, el rebelde angoleño Jonas Savimbi o el expresidente ucraniano Víktor Yanukóvich, huido a Rusia tras las protestas de 2014. Manafort también desarrolló una red de negocios con numerosos oligarcas ucranianos y rusos cercanos al Kremlin, entre los que cabe destacar a Oleg Deripaska, a quien debía 20 millones de dólares cuando comenzó a trabajar en la campaña de Trump. Actualmente, Manafort se encuentra en prisión provisional después de que el fiscal especial Robert Mueller le imputara una docena de delitos relacionados con sus actividades, que incluyen no haberse registrado como un agente extranjero.

La investigación del fiscal especial está directamente relacionada con un tercer personaje. Jeff Sessions, actual fiscal general de Estados Unidos —equivalente a un ministro de Justicia—, fue el primer senador que ofreció a Trump su aval, en febrero de 2016, cuando representaba a Alabama en el Senado. Poco después de que el entonces director del FBI James Comey anunciara que estaba investigando la injerencia electoral rusa, se filtraba a la prensa que Sessions también se había reunido con el embajador ruso antes de las elecciones, algo que había negado bajo juramento ante el Senado. El fiscal general decidió recusarse y delegar sus funciones en su subordinado, quien nombraría a un fiscal especial para dirigir la investigación. Sessions no es el único miembro del gabinete actual con conexiones rusas; el ex secretario de Estado Rex Tillerson recibió en 2013 del propio Putin la Orden de Amistad de la Federación Rusa.

Pero quizás sea la reunión mantenida en la Torre Trump en junio de 2016 lo que más sospechas levanta. El encuentro fue organizado por el hijo de Trump después de que el representante del cantante Emin Ağalarov, hijo de un oligarca ruso, le prometiera “información sensible y de alto nivel” proveniente del fiscal general de Rusia y que sería “parte del apoyo de Rusia y su Gobierno hacia el candidato Trump”. A la reunión asistieron también Paul Manafort y el yerno de Trump, Jared Kushner. Desde que el suceso saltó a la prensa, se hizo hincapié en que Trump ni conocía la celebración de la reunión ni la autorizó; sin embargo, su abogado particular, Michael Cohen, declaró recientemente que Trump sabía de la reunión y autorizó a su equipo a proceder.

Posiciones comprometedoras

Simultáneamente a la campaña rusa de interferencia documentada por los servicios de inteligencia, cuatro altos cargos de la campaña de Trump mantuvieron conexiones con el Gobierno ruso o con personas altamente influyentes en Rusia. En tres de los casos, se encontraban ante una posición altamente comprometedora, ya fuera por sus deudas o conexiones financieras —Flynn, Manafort— o por mentir sobre sus conexiones políticas al FBI —Flynn— o al Senado —Sessions—. A esto se añade la reunión en la Torre Trump, que Trump o su equipo de campaña accedieron a celebrar para recibir del Gobierno ruso material incriminatorio contra Clinton.

La destitución del director del FBI por parte de Trump —él mismo reconocería en dos ocasiones que se debía a la investigación de la trama rusa que lideraba— y su actitud sorprendentemente benevolente hacia Rusia y su presidente, en contraste con su actitud hacia sus aliados europeos, constatan que existen indicios, cuando menos, de algún tipo de conexión entre la campaña y la figura de Trump y los esfuerzos rusos por debilitar la candidatura de Clinton.

Esto conduce inevitablemente a la sospecha de que Trump y su campaña pudieron actuar coordinada o simultáneamente con una injerencia que resultó en su victoria. Las razones para colaborar con Rusia o mostrarse tan benevolente con ella son aún especulaciones y carecen de un respaldo sólido. La teoría del kompromat, según la cual el Gobierno ruso o personas en la órbita del presidente Putin poseen material comprometedor sobre Trump, sería una buena explicación, pero de momento no se ha probado. La investigación que dirige Mueller tiene por misión más que aclarar estas conexiones; probará si realmente hubo coordinación o no entre los esfuerzos rusos y la campaña de Trump.