Política y Sociedad Europa

UKIP o el ocaso del partido político tradicional

UKIP o el ocaso del partido político tradicional
Logo del UKIP

El Partido de la Independencia del Reino Unido es más antiguo de lo que muchos piensan; sin embargo, todo parece indicar que su punto álgido fue breve y que tras él la vida que le queda es poca. No obstante, es importante comprender la dinámica de este tipo de partidos que han allanado el camino para que otros lleguen y, en todo caso, triunfen en escenarios de euroescepticismo como el brexit.

En comparación con otros momentos importantes de la humanidad, el ritmo al que las sociedades avanzan gracias a las nuevas tecnologías, las redes sociales, las comunicaciones y los cambios políticos es más vertiginoso que nunca. Multitud de descubrimientos que hacen nuestra vida más fácil se han dado en el último siglo o mitad de siglo y el acceso a la información es mayor que nunca. Como consecuencia, las sociedades cambian en apenas un pestañeo y, con ellas, los sistemas y estructuras que las sostienen. Tras el Estado nación y la introducción del juego del sistema de partidos nacionales, en el tablero se encontraban unos pocos partidos de corte tradicional que aglutinaban todo el voto de la población. Estos partidos se movían en torno a un discurso de lucha de clases, con un eje derecha-izquierda muy marcado.

Sin embargo, a medida que las sociedades han ido avanzando, el discurso de estos partidos tradicionales ha ido quedándose obsoleto por un sencillo motivo: cada vez representan menos una realidad que cambia más rápido de lo que estas estructuras —normalmente de funcionamiento lento y poco flexible— pueden asumir. Debido a este desajuste entre las demandas de la sociedad y un vacío en los partidos, en cada vez más países surgen estructuras que pretenden representar sectores muy concretos de la sociedad; la identidad deja de ser algo puramente nacional para convertirse en una especie de rompecabezas que se va complementando con las distintas identidades que nos dan los diversos grupos a los que pertenecemos.

Esta ampliación del espectro político engloba a partidos que, por lo general, pretenden recoger el testigo y dar visibilidad a aquellos que ya no se sienten representados ni por sus Gobiernos ni por los partidos políticos a los que votaban con anterioridad. Con un discurso que algunos definirían como “sin tapujos”, estas nuevas estructuras dan voz a lo que otros partidos temen nombrar, son políticamente incorrectos y no les da miedo serlo y son conscientes, en última instancia, de la importancia que tienen en la nueva vida política las nuevas tecnologías, las redes sociales o las noticias viralizadas. El UKIP o Partido de la Independencia del Reino Unido entraría dentro del grupo de estos nuevos partidos y, aunque con una vida más bien fugaz, ha allanado quizá un camino que transitarán otros.

Para ampliar: “La Europa que no fue”, Astrid Portero en El Orden Mundial, 2018

El partido monotemático que pretendía aglutinar a la sociedad

Nigel Farage, antiguo líder del UKIP —que en la actualidad solamente desempeña su papel como europarlamentario—, anunciaba hace poco que abandonaba definitivamente el partido tras 25 años de dedicación debido a la sensación de que había sufrido un “giro a la ultraderecha” y se había centrado en el rechazo a la población musulmana. Esta decisión parece, no obstante, entrar en conflicto con declaraciones del propio Farage, que había afirmado en numerosas ocasiones el peligro que suponía el islam en Europa y la amenaza que esto constituía para el Estado nación.

La realidad es que el UKIP siempre se ha movido en una cierta ambigüedad en cuanto al discurso desde su origen, en 1993. Por entonces, las protestas en contra del tratado de Maastricht de la Liga Antifederalista ocasionaron que, dos años más tarde, se creara un partido con un solo asunto que resolver: la salida de Reino Unido de la Unión Europea. Fundado por el profesor Alan Sked, lideró el partido hasta 1997, momento en que ocurrieron dos hechos importantes para el UKIP: por un lado, se presentan a las elecciones generales británicas y, aunque logran el 2,3% de los votos, esto no les concede ningún escaño; por otro lado, debido a la campaña, Sked dimite convencido de que un partido que él consideraba de centro había dado un viraje a la extrema derecha. Debido a estas conexiones con la ultraderecha, en 2005 se produjo una escisión de derecha radical, Veritas, con relativamente poco éxito al no ocupar un espacio político claro. Desde la primera década de los 2000, el UKIP se convirtió definitivamente en un partido de ideología ultraderechista que competía por lograr el voto antiinmigración entre distintos sectores sociales, lo cual suponía una diversificación importante desde su origen, cuando solamente era un partido que luchaba por la independencia del Reino Unido de la Unión Europea.

Resultados de las elecciones nacionales británicas de 2015 en porcentaje de votos y escaños. Fuente: Daily Mail

A partir de 2010, el partido pasó a estar encabezado por Nigel Farage, quien ya lo había liderado por un breve mandato en 2006. Farage introdujo elementos populistas clásicos en el discurso del partido de cara a la sociedad: el UKIP se presentaba entonces como un partido anti-establishment que quería combatir las élites políticas —ellos mismos se autodenominaban “ejército del pueblo”—. Desde este momento, gracias al liderazgo de Farage en una coyuntura histórica tan delicada para Reino Unido, el UKIP comenzó a ascender y ganar popularidad entre distintos sectores de la población que se veían representados en su discurso. En las elecciones europeas de 2009, el partido quedó segundo con un 16,5% del voto, lo que se tradujo en 13 escaños para el Parlamento Europeo. El partido no paraba de celebrar victorias: en 2013 había ganado en varias elecciones locales importantes —Norfolk, Lincolnshire y Kent, entre otras— y en las siguientes elecciones europeas se convirtió en el partido británico con más votos: 27,49%, 24 escaños. El UKIP parecía ser el único partido político que entendía, afirmaban algunos, que el futuro de Reino Unido pasaba por salir de la Unión Europea y continuar su camino en el escenario internacional en solitario.

El objetivo último: el brexit

Cuando David Cameron finalmente convocó el referéndum en 2016 sobre el futuro de Reino Unido, todos los integrantes del UKIP tenían claro que debían posicionarse y liderar la campaña a favor del brexit: ese había sido su objetivo desde la fundación del partido. Desde 2014, el sector de votantes del UKIP estaba cada vez más definido y su discurso se perfeccionaba a medida que lograba voz e importancia dentro de los medios de comunicación.

Resultados del referéndum sobre la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea (2016). El mapa del país queda completamente dividido en regiones: Irlanda del Norte, Escocia y Gibraltar votaron en contra de la salida de la UE; Gales e Inglaterra votaron a favor. La participación total fue del 72% de la población.

Cómo se dicen las cosas importa mucho en un juego donde la retórica predomina, pero, si la forma del discurso no tiene una buena base, no sirve de nada. En el caso del UKIP, basó su incorrección política en varios pilares —crítica a la Unión Europea, la inmigración masiva y las élites gobernantes— que, poco a poco, se fueron asentando en el imaginario colectivo de la sociedad y lo convirtieron en un paradigma del euroescepticismo en todo el continente. El corte populista del partido se materializaba, además, en tres ideas: tenían la misión de desafiar el núcleo de las políticas actuales y a los partidos que formaban parte del establishment y de hacer visible la división que existía entre el pueblo y ese establishment. Todas las estructuras políticas que formaran parte del sistema de partidos tradicional quedaban automáticamente aglutinadas dentro de esa élite gobernante que se había olvidado de aquellos a los que representaba.

Un par de años antes del referéndum y, especialmente, durante la campaña, el discurso en el que se basó el UKIP llamaba al sentido común de los ciudadanos a partir de una serie de elementos bien definidos. Primero: las élites corruptas. Estas élites no solo se encontraban en Reino Unido; se encontraban también en Bruselas. Se trataba de todos aquellos partidos o estructuras convencionales que, en teoría, se habían olvidado del pueblo y de sus necesidades y hacían negocios lejos, en una esfera que ya no contemplaba a la sociedad como protagonista de la vida política. Segundo: los otros. Cualquier discurso que se base en la identidad nacional tiene que pasar, necesariamente, por colocar en la otra cara de la moneda una identidad distinta, diferente en términos negativos. En el caso del UKIP y su discurso, ese otro era la inmigración masiva, que según ellos amenazaba no solamente el modo de vida británico —y, dentro del británico, concretamente el inglés— , sino el núcleo mismo de su identidad. Tercero: la identidad nacional, “nosotros”. El discurso del UKIP se basaba en tratar de aglutinar a la sociedad frente a esos dos enemigos comunes: las élites políticas corruptas y la inmigración. En ciertos momentos, incluso, esos dos enemigos parecían ser el mismo, puesto que en la dicotomía “ellos-nosotros” quedaban diluidos en el “ellos”. Y, para que estas palabras calaran en la población, era necesaria una crisis que lo amenazara todo, como el constante euroescepticismo de los británicos. No obstante, no hacía falta ninguna verdad; las “verdades alternativas” bastaban para hacer creíble el discurso y desplazar el verdadero problema: el aumento de la desigualdad.

Para ampliar: Brexit, una cuestión de identidad”, Astrid Portero en El Orden Mundial, 2018

Este discurso lleva a un tipo de votantes que, a pesar de ser transversal en cuanto a ideología y poder adquisitivo, es bastante concreto en los partidos del mismo corte que UKIP. En este caso concreto, no hablamos solamente de votantes en unas elecciones nacionales; nos referimos también a aquellos que votaron en el referéndum en clave nacional o identitaria. Para los votantes, no se trataba tanto de Europa como tal, sino de lo poco representados que se sentían por las élites, sean las que sean. Los “perdedores de la globalización”, las clases medias olvidadas y aprisionadas entre hipotecas, sueldos bajos e impuestos, tenían la clara sensación de que antes vivían mejor. El discurso nacional siempre ensalza la nostalgia por los tiempos pasados supuestamente gloriosos, y las mayores preocupaciones del votante del UKIP eran la inmigración, porque sentía que su identidad se diluía por su culpa, y la economía, porque su poder adquisitivo había ido disminuyendo con el paso de los años. El cóctel entre el discurso, la coyuntura y los votantes llevó al UKIP al objetivo por el que llevaba luchando desde 1993: Reino Unido saldría de la Unión Europea.

Ascenso y descenso del UKIP

Tras los resultados en el referéndum sobre el brexit, Farage dimitió como líder del partido y, desde entonces, el UKIP ha dejado de tener tanto espacio en los medios de comunicación y en la vida política británica. Farage afirmaba que el motivo para dejar al liderazgo del partido era que había cumplido su cometido, y eso ha sido lo que quizá le ha ocurrido al partido en su conjunto, según su propio fundador. Desde entonces, el UKIP ha contado con varios líderes que no han sido capaces de colocar al partido dentro de un espectro político concreto, y esto puede deberse a dos motivos interrelacionados.

Cambio del voto al UKIP de 2015 a 2017. Fuente: Score

El primero es que, en la coyuntura actual donde los dos partidos mayoritarios se enfrentan continuamente para decidir qué tipo de brexit entregar al pueblo, no hay espacio político para otro tipo de partido. Los líderes del UKIP no han sabido encontrar un espectro de votante que se mantenga fiel. La cuestión de la inmigración masiva y, en general, todos los elementos en los que se basaba su discurso se han disuelto cuando el mayor culpable de sus problemas, la élite —preferiblemente de Bruselas—, va a desaparecer en su horizonte.

Ello lleva al segundo motivo: en las elecciones generales británicas de 2015, el partido logró un 12,6% de los votos, una gran victoria para un partido que siempre había sido considerado marginal en la escena británica. Sin embargo, es muy posible que este resultado fuera el reflejo del momento de las elecciones al Parlamento Europeo de 2009 y del buen manejo del partido bajo el mandato de Farage, que supo mantener al UKIP en la cresta de la vida política justo cuando la política británica pasaba por una crisis importante con la Unión Europea y existía espacio ideológico a ambos lados para un partido como este.

Pero, aunque el UKIP se diversificara al principio y se convirtiera, al mismo tiempo, en un partido antiinmigración, lo hacía sobre el mismo eje de siempre: abandonar la Unión Europea. El éxito del referéndum dejó al partido sin su objetivo fundacional: había cumplido la meta que se había propuesto más de dos décadas antes. Confirmado el brexit, muchos votantes prefirieron devolver el voto a los partidos tradicionales; irónicamente, volvían a las élites que tan poco los representaban años antes. Resulta paradójico pensar que el UKIP, al salir victorioso en la campaña sobre el brexit —fue el partido que más impulsó la salida—, no solo se destruyó a sí mismo; también le devolvió la credibilidad a las élites gobernantes a las que tanto había criticado al darles la responsabilidad de escuchar a la sociedad y obedecer el deseo de algo más de la mitad de la población de abandonar la Unión Europea.

Sin embargo, el debate debería abordar una realidad más allá del UKIP. El partido de corte populista ha dejado abierto un camino para que otros puedan aprovechar las oportunidades que ellos no han sabido. Los que descubran una fórmula que mezcle en las medidas exactas ciertas dosis de populismo, un mensaje simple y claro y un dominio total del ciberactivismo y las nuevas tecnologías llevan todas las de ganar. Partidos como el UKIP pueden tener una vida fugaz, pero no por ello menos intensa. Todo parece indicar que son un síntoma de una desigualdad cada vez mayor que no encuentra culpables claros.

Para ampliar: “La unión euroescéptica ante las europeas”, Álex Maroño en El Orden Mundial, 2018

Comentarios