Geopolítica Europa

Transnistria, la última frontera soviética

Transnistria, la última frontera soviética
Tren de la línea Chisináu-Odesa en la estación de Brendy, Transnistria. Fuente: Clay Gilliland (Wikipedia)

Rusos, traficantes de armas y un conflicto que tras más de 25 años sigue sin tener solución. Todo eso es Transnistria, la otra Crimea, a menos de 200 kilómetros de las fronteras de la Unión Europea. 

Imagina un país que no aparece en los mapas. Un país con su Gobierno, su territorio y un conjunto de instituciones que regulan el día a día de sus gentes. Pero un país que no existe para el mundo. Esta realidad no se encuentra en ningún lugar apartado de toda civilización; se localiza a unos escasos 200 km de la frontera con la Unión Europea. Esta peculiar nación se conoce popularmente con el nombre de Transnistria, aunque su nombre oficial es República Moldava Pridnestroviana. El territorio de este singular y controvertido Estado es una estrecha franja de tierra situada entre el río Dniéster, que establece la frontera occidental del país con Moldavia, y la frontera oriental con Ucrania. 4.100 km2 en los que habitan unas 520.000 personas, según los datos oficiales del país. Tiraspol, la ciudad más poblada de la nación con unos 150.000 habitantes, ejerce como capital efectiva. Es en ella donde se encuentran las principales instituciones de gobierno.

Localización en el mapa de Transnistria. Fuente: Wikimedia

La República de Transnistria está constituida como un régimen presidencialista que también cuenta con un Parlamento unicameral, conocido en los primeros años de independencia como sóviet supremo, formado por diversos partidos. El presidente del país es designado mediante elecciones libres por un mandato de cinco años; desde 1991 hasta 2011 Ígor Smirnov ocupó la presidencia, sustituido desde entonces hasta ahora por Yevgueni Shevchuk. Es difícil aclarar la fiabilidad y transparencia de las citas electorales que se celebran en Transnistria; no obstante, la derrota sufrida por el veterano Smirnov frente a Shevchuk ayudó a que el país presentara de cara al mundo cierta imagen de cambio político y dinamismo institucional.

La economía del país, al igual que el funcionamiento de sus instituciones políticas, también ha sufrido cambios significativos desde la caída del bloque soviético. Y, aunque la simbología que maneja el Estado sigue siendo de carácter comunista —la bandera oficial sigue incluyendo la hoz y el martillo—, el modelo ha girado progresivamente hacia el reconocimiento de la libre empresa y un mercado más liberalizado. La Historia pasa para todos y los procesos privatizadores fueron asumidos en el país en los años 90.

Bandera y escudo oficiales del país. Fuente: Wikimedia

Oficialmente, la industria pesada y la producción eléctrica son los principales sectores en el país, aunque en la práctica es el apoyo y constante soporte económico ruso lo que hace funcionar la economía nacional. Según el presupuesto nacional, en 2011 Transnistria recibió en subsidios directos de Rusia 800 millones de dólares. Las donaciones de Moscú son, por tanto, indispensables para el funcionamiento nacional. Tremendamente esclarecedora fue la decisión del Gobierno ruso de hacerse cargo del pago de las pensiones de Transnistria durante el bloqueo económico que la nación sufrió en 2006 por parte de Moldavia y Ucrania.

El rublo transnistrio solo tiene validez dentro de este pequeño territorio; ningún otro Estado acepta como válida la divisa. Una economía con unas características tan excepcionales ha tenido que idear con los años maneras menos ortodoxas de desarrollo. El tráfico de armas, por ejemplo, aporta pingües beneficios a propios y extraños en esta peculiar nación.

Un problema étnico e histórico

Para entender de manera efectiva el porqué del divorcio de esta peculiar región con sus vecinos debemos analizar cuestiones étnicas e históricas. Rumanía y Moldavia han formado parte de entidades comunes la mayor parte de su Historia —la mayor parte de la población moldava es rumana—; sin embargo, en Transnistria la ecuación es diferente. Esta ha sido históricamente la frontera entre los territorios rumanos y las tierras que se abrían hacia las llanuras rusas y ucranianas; los primeros solo representan el 33% de la población de la región, frente a las mayorías rusas y ucranianas.

En el sentir nacional rumano-moldavo siempre ha estado muy presente el hecho de considerarse una raza latina con una lengua románica, una raza aislada en un feroz océano de eslavos que los aleja de su origen latino. La propaganda oficial rumana nunca pierde la ocasión de resaltar el mito de la descendencia del pueblo rumano de las legiones de Trajano. En estas tierras tan vulnerables históricamente a las invasiones extranjeras ha surgido la necesidad de remarcar su singularidad propia. La región más oriental de Moldavia, Besarabia, fue moneda de cambio común entre rusos y otomanos; no sería hasta 1861 cuando, bajo el gobierno del coronel Alexandru Ion Cuza, se conseguiría formar una nación rumana independiente.

Sin embargo, la corrupción y el desgobierno generalizados de este primer Estado solo lograrían que en el Congreso de Berlín de 1878 Rumanía se viera obligada a ceder Besarabia de nuevo al zar. Este nuevo cambio solo pospondría por algunos años la cuestión y el 9 de abril de 1918, al calor de la pérdida de control ruso que había supuesto la revolución, se lograba de nuevo una unificación con Rumanía, que afectaba también a los territorios al este del río Dniéster. La unión sería confirmada por las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial en el tratado de París, firmado en 1920.

La Gran Rumanía del periodo de entreguerras. Fuente: Wikimedia

Muchos rumanos pensaban que se habían librado definitivamente de sus demonios, pero las décadas siguientes demostrarían todo lo contrario. La crisis económica y la extensión del fascismo por Europa también llegaron al reino de Rumanía. El rey Carol II, más preocupado de sí mismo que de su país, y el espoleo del nazismo y el comunismo agudizaron hasta límites inimaginables las imperfecciones de la política rumana. Hija de este convulso contexto es la figura de Corneliu Codreanu, un campesino originario de Huși, en la actual frontera con Moldavia, que, inspirado por un fuerte nacionalismo y el sentir antisemita de aquellos años, fundó la Legión del Arcángel Miguel, santo guerrero ligado a la lucha contra los turcos en los Balcanes.

Este partido que pretendía unir a todos los rumanos en una misión histórica, pronto cautivó a miles de campesinos. Al casarse Codreanu, se cuenta que cerca de 100.000 personas acudieron a su procesión nupcial. El carisma del nuevo líder era arrollador, tanto que hasta el rey llegó pronto a ver un peligroso rival. Los augurios del monarca quedaron sobradamente confirmados cuando Hitler afirmó sin rodeos que veía en Codreanu un líder perfecto para Rumanía. El rey hizo asesinar al popular líder; los rumanos nunca perdonaron el acto. En 1940, cuando el país perdía Besarabia y Transnistria a manos de la Unión Soviética, el sur de Dobruja a manos de Bulgaria y el norte de Transilvania en favor de Hungría, la situación de Carol II, ya muy deteriorada, se hizo totalmente insostenible.

Boda de Corneliu Codreanu. Fuente: Identitatea Romaneasca

Una revolución encabezada por el general Ion Antonescu y claramente apoyada por los nazis derrocaría al rey Carol II en 1940. Por fin se pudo realizar un funeral público por Codreanu, al que el pueblo consideraba un mártir de la patria rumana. Miles de personas acudieron a la ceremonia atraídos por una especie de fervor religioso: querían rendir reverencia al héroe caído. Los corresponsales extranjeros que se encontraban en el país aquellos días no dudaron en describir el estado de la sociedad rumana como cercano a la locura. Los peores presagios de los periodistas fueron confirmados unas semanas mas tarde cuando los legionarios, tratando de presionar al Gobierno de Antonescu, se dieron un baño de sangre en el barrio judío de Bucarest. Los hechos ocurridos durante el pogromo, que duró tres días, suponen una de las persecuciones más brutales de la Historia.

Sin embargo, los legionarios no consiguieron su objetivo y Antonescu, conocido como el Perro Rojo, consiguió mantener el poder gracias al apoyo del Tercer Reich, que lo consideraba más controlable que los vehementes legionarios. Este apoyo daba una nueva baza a Antonescu: la posibilidad de aliarse con Hitler y conseguir recuperar Besarabia —Moldavia oriental— y Transnistria —en manos ahora de la Unión Soviética—. El 25 de junio de 1941 los soldados rumanos cruzaban el río Prut con la intención de reincorporar a la nación su hija perdida. Las tropas rumanas lograron llegar rápidamente hasta el río Dniéster y cruzarlo; el 19 de agosto Antonescu proclamaba la República de Transnistria en la región. Esta república, dependiente de la Gran Rumanía de Antonescu, estaría vigente hasta enero de 1944, cuando el ejército rojo volvía a ocupar el territorio.

En estos años se produjeron en Transnistria algunos de los sucesos más terribles de la Segunda Guerra Mundial. Se calcula que 185.000 judíos y algunos miles de disidentes fueron deportados a la región, donde se establecieron los únicos campos de exterminio no alemanes de toda Europa. El ejército rumano exterminó a cada una de estas personas. Los métodos empleados fueron tan macabros que hasta Adolf Eichmann, el encargado de la “solución final” de Hitler, pidió a Antonescu que suspendiera las ejecuciones hasta que la SS pudiera hacerse cargo de ellas de una manera más limpia. Las masacres dejaron huella en los habitantes de Transnistria. El Perro Rojo fue depuesto en 1944 y sentenciado y ejecutado por los comunistas en 1946. Sin embargo, en 1990 Antonescu seguía siendo una figura muy popular para muchos rumanos; los sucesos de Transnistria simplemente no habían ocurrido. 

El Gobierno comunista: un sedante por 40 años

En Moldavia y Transnistria, como en muchos otros lugares balcánicos, el Gobierno comunista supuso una especie de espejismo histórico. Las eternos odios nacionales y étnicos quedaron atemperados bajo el discurso marxista de las nuevas élites, aunque estos nuevos dirigentes no fueron completamente ciegos a estas cuestiones y también trataron de jugar las cartas que más les convenían. Los soviéticos establecieron la llamada República Socialista de Moldavia incluyendo a la Transnistria en ella. La explicación de esta nueva organización política era fomentar en el territorio histórico de Besarabia una cultura y un sistema de gobierno específicamente moldavos y alejados de las influencias de Bucarest. Se adoptó el ruso como lengua oficial y se incentivó el asentamiento de rusos y ucranianos en la región. Los principales puestos de gobierno de la nueva república fueron adjudicados a miembros de etnias no rumanas. Hasta la lengua moldava fue adaptada y empezó a ser escrita en alfabeto cirílico. El objetivo era romper toda relación histórica con Rumanía; los comunistas consideraban que el territorio sería así más fácil de controlar. La propaganda oficial de aquellos años vendió de manera constante la idea de que los moldavos habían sido liberados de la opresión rumana por el ejército rojo.

La maniobra soviética surtió efecto durante varias décadas, pero a finales de los 80 y principios de los 90, mientras la Unión Soviética se debilitaba para luego desaparecer, la cuestión nacional y étnica volvió a la palestra. Primeramente, la República Socialista Moldava, en el marco de la perestroika, adoptó de nuevo la grafía latina y rumana. Durante las pasadas décadas muchos rusófonos se habían instalado en Moldavia y esta decisión provocó las primeras reticencias. Estos acusaban al Gobierno de Chisináu de estar fomentando un nacionalismo exclusivista que no tenía en cuenta a las etnias minoritarias de Moldavia. Sin embargo, el Gobierno de la república parecía desoír toda queja respecto a la cuestión y el 27 de abril de 1990 daba un paso más en su nueva política nacional: la bandera tricolor —con los colores de la rumana en el mismo orden— era adoptada como oficial en el país.

Bandera actual de Moldavia. Fuente: Wikimedia

Este hecho tenía una gran carga simbólica, ya que los colores se inspiraban en la leyenda de Esteban el Grande, soberano que había logrado forjar a finales del siglo XV un reino moldavo-rumano independiente del Imperio turco y con lengua y cultura latinas. Cuenta el mito que el rey, preocupado por conservar el saber y la religión moldavo-rumanas, ordenó construir monasterios en lo más profundo de los bosques pensando que así permanecerían a salvo de los turcos o cualquier otro invasor. Los monasterios se levantaron y fueron decorados con pinturas tradicionales, no solo por dentro, sino también por fuera. Los tres principales monasterios —Humor, Voronets y Moldovitsa— fueron pintados de rojo, azul y amarillo, respectivamente, con lo que quedaron establecidos los colores de la bandera nacional.

La idea de la reunificación cobraba fuerza en estos primeros años 90, y el 6 de mayo de 1990 se daba una apertura parcial entre las fronteras de Moldavia y Rumanía. No obstante, en Transnistria, donde los moldavos eran minoría, el proceso se percibía de una manera completamente distinta: en una Gran Rumanía, rusos y ucranianos temían ver amenazadas su identidad y lengua. El 2 de septiembre se proclamaba en Tiráspol la República de Transnistria.

Tras la declaración unilateral de independencia, la situación quedó congelada de facto, pues todas las tropas soviéticas en Moldavia se encontraban en la región de Transnistria. Tampoco ningún Estado reconoció la recién creada nación; el foco informativo mundial estaba centrado aquellos días en los sucesos de desmembración de la antigua Yugoslavia. No sería hasta el 2 de marzo de 1992, día en que Moldavia era admitida como miembro de pleno de derecho de las Naciones Unidas, cuando el conflicto alcanzara una nueva fase. Comenzaba la conocida como guerra de Transnistria.

Moldavia contaba con un recién creado ejército y la ayuda de la vecina Rumanía. En Transnistria unos 9.000 milicianos, con el inestimable apoyo del 14.º ejército soviético, se preparaban para resistir la ofensiva moldava. Los combates durarían tres meses, durante los cuales el Gobierno de Chisináu se percataría de la imposibilidad de recuperar Transnistria mientras los soviéticos siguieran apoyando a la joven república. El 21 de julio de 1992 se firmaba un alto el fuego. Este, entre otras cuestiones, oficializaba la presencia del ejército soviético en la región, lo cual aseguraba a Transnistria que Moldavia no intentaría desarrollar nuevas acciones militares en el futuro. Mil personas ya habían perdido la vida durante los combates. 

Una historia de final incierto

Tradicionalmente, las potencias occidentales han considerado esta cuestión ajena a sus intereses. Durante los años posteriores al conflicto no se produjeron cambios significativos en el estatus de la República de Transnistria: ni Moldavia logró un claro avance en sus reivindicaciones ni la república del río Dniéster logró el deseado reconocimiento internacional. A ojos de la Unión Europea y Estados Unidos, Smirnov, el que fuera presidente de la República de Transnistria por 20 años, sigue siendo considerado un criminal. Esta acusación no debe ser tomada a la ligera: si por algo transcendió el nombre de la república a los grandes medios de comunicación durante finales de los 90 y principios de siglo fue por haberse convertido en un gran bazar de la venta ilegal de armas. Además, no debemos olvidar el nulo control al que ha sido sometido el gran arsenal soviético que quedó en Transnistria tras la caída del Bloque del Este. Se sospecha que miles de estas armas han sido vendidas ilegalmente durante años sin ningún tipo de control. Todo un dolor de cabeza para una Unión Europea que al aumentar sus fronteras hacia el este se iba acercando paulatinamente a la región.

Este malestar se ha visto incrementado durante el último año por la decidida intención de Transnistria de seguir el camino marcado por la península de Crimea. Ya en el referéndum celebrado en 2006, el 97% de los transnistrios reafirmó su sentimiento de independencia de Moldavia y, lo que es ahora más importante, su deseo de una futuro unión con Rusia, acrecentado tras la adhesión rusa de Crimea. Con esta sintonía, Shevchuk, presidente de la República de Transnistria, visitaba Moscú en marzo de 2014 y hacía constar en La Duma la petición formal del Parlamento transnistrio para que el Gobierno ruso abordara la cuestión con la mayor celeridad posible. La pelota quedaba en manos del Gobierno de Vladímir Putin, un as en la manga nada desdeñable para aumentar su presión sobre Ucrania y las potencias occidentales. No es difícil imaginar que este pequeño territorio del este de Europa salte a la palestra informativa en los próximos meses.

12 comentarios

  1. Una cosilla, las hostilidades “moldavas-transnistrianas” no solo se debieron a una rivalidad étnica sino tambien a una lucha por el poder simbólico, político y sobre todo económico que la caída del bloque soviético supuso. La minoría ruso-ucraniana siempre fue la que dominó la república de Moldavia y el fortalecimiento del independentismo moldavo asustó a esta minoría que temía perder el poder económico y político, medidas como la reforma del régimen legal en lo relativo a las lenguas, que mantenía el rumano de moldavia como lengua subalterna al ruso fomentaron el miedo de la elite rusófona a perder el poder y la forzaron a tomar la decisión de crear un ente separado donde pudiesen seguir mandando en todos los sentidos, si no que se lo pregunten a los jugadores del Sheriff de Tiraspol.

  2. Buen apunte. aclaratorio es como gran parte del peso económico de la república socialista de Moldavia se concentro en la región de Transnistria.

  3. Excelente artículo, pero es preciso aclarar que no existe una raza latina sino una etnia latina, es decir una rama de la raza blanca de origen y lengua indoeuropea.
    Un saludo.

  4. Recomiendo el libro “Educación Siberiana”, un relato en primera persona de la Transnistria de los años 80 y 90… muy interesante para conocer la realidad social de la zona en las últimas décadas

  5. Una recomendación, parece que la crisis ucraniana, el desplome de la economía rusa y la presión de la UE podrían favorecer cambios en Transnistria http://www.neweasterneurope.eu/articles-and-commentary/1462-transnistria-s-economy-going-from-bad-to-worse

  6. En Croacia existia campo de exterminio, Jasenovac. Mataban Judios, comunistas, Serbios, gitanos… Estaba en manos de croatas.

  7. Interesantísimo artículo. No me veo con la capacidad intelectual de hacer ningún tipo de correción, pero no he podido evitar trabarme al leer varias palabras que deberían llevar tilde y no lo llevan. Se me hace incómodo leerlo así la verdad. Aún así, reitero mi opinión del buen artículo. Enhorabuena y gracias.

  8. ni idea q existia este país! muy buen articulo. mi felicitacion

    María José Correa-Solis Román