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“¿Tenéis ganas de hacer un viaje al pasado?”, nos preguntó el hombre que nos alquiló el coche en Chisináu, la capital de Moldavia. Estatuas de Lenin, carteles socialistas y coches Lada siguen haciendo apología de la realidad soviética en Transnistria. El tiempo pareció congelarse cuando Rusia intervino en el conflicto de 1992 entre el Estado moldavo y esta región separatista. Su economía se basa en unas pocas fábricas soviéticas y en el monopolio de la empresa Sheriff en los carburantes, los supermercados o el sector inmobiliario. El nulo reconocimiento internacional o las pocas expectativas de futuro de los jóvenes han seguido haciendo mella en una región frágil.
Sin embargo, Transnistria no ha dejado de ser un enclave estratégico. Treinta años después del conflicto, su importancia geopolítica ha revivido a raíz de la guerra en Ucrania. La región forma parte de un país candidato a ingresar en la Unión Europea, limita con la propia Ucrania y su dependencia de Moscú incluye la presencia de varios centenares de soldados rusos. Todo ello la convierte en un arma del Kremlin para atacar Ucrania y para desestabilizar el este de Europa.
Europa y Moldavia contra Rusia y Transnistria
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