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El castillo medieval de Beaufort o de la Roca Alta ha sido testigo de la turbulenta crónica de Oriente Próximo durante siglos. Enclave disputado por los cruzados, por los otomanos y el Mandato francés, que dibujó las fronteras del actual Líbano, da nombre a batallas tan recientes como en el año 1982: terminaba la primavera y arrancaba la invasión israelí de Líbano, la llamada operación Paz para Galilea, cuando 90.000 tropas israelíes y 1.300 tanques llegaron hasta Beirut. La toma del castillo, donde se atrincheraron los guerrilleros de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), fue una de las primeras capturas israelíes y símbolo de los dieciocho años de ocupación que siguieron.
Situado a poco más de diez kilómetros del punto más cercano al límite con Israel, las murallas de Beaufort dominan una zona estratégica de la región: el punto donde convergen el Golán sirio ocupado, el norte de Israel y el sur de Líbano. Esta triple frontera se ha visto envuelta desde octubre en la guerra que enfrenta a Israel con la milicia libanesa Hezbolá. Ya son más de 100.000 desplazados a cada lado, en un conflicto que los datos arrojan desigual: frente a los más de cien civiles asesinados del lado libanés y en torno a los 380 combatientes, en la parte israelí los muertos ascienden a unos cincuenta entre civiles y soldados. Además, los ataques israelíes quintuplican los lanzados por la milicia.
“Si el sur sigue en pie, es por su gente / Las desgracias son las mismas en cualquier lugar del mundo”, versionó la famosa cantante libanesa Feiruz en el 2000, meses después de la retirada de las tropas israelíes. La resistencia nacional libanesa, título de la canción, es un homenaje al frente de palestinos y grupos de izquierdas que conformaron el concepto moqawama (‘resistencia’, en este caso a Israel) al principio de la invasión. Una oda también a la población del sur del Líbano: los pueblos fronterizos, agrícolas y ganaderos de mayoría chií, son comunidades acostumbradas al conflicto como a una estación del año más, para quienes la pertenencia a sus tierras es la expresión de esa resiliencia. Comparten una historia similar a la de los palestinos, de desafección y guerra, cuyo destino ha estado condicionado por sus vecinos.
Una frontera que no conoce la paz
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