Líbano es un país pequeño, de 6,7 millones de habitantes y tan solo 10.452 kilómetros cuadrados, un tamaño similar al de Chipre. Sin embargo, tiene una elevadísima densidad de población, de casi 670 habitantes por kilómetro cuadrado. Su capital, Beirut, agrupa a buena parte de los libaneses, con 2,4 millones de habitantes.
Geográficamente, el mapa político de Líbano se sitúa en la costa del Mediterráneo oriental, con el que limita al oeste con sus 225 km de costa. Al norte y este hace frontera con Siria, y al sur con Israel, con el que además se disputa un pequeño territorio conocido como las Granjas de Sheeba desde 1978. Debido a la inestabilidad que viven sus vecinos, Líbano se ha convertido en un importante destino de refugiados: acoge a un millón y medio de sirios y otros 450.000 palestinos. Se estima que hasta un 36% de la población libanesa es de origen extranjero.
A pesar de su tamaño, este pequeño enclave de Oriente Próximo es el país con mayor diversidad religiosa de la región. El Estado no cuenta con una religión oficial, pero según datos de 2020, el 63% de sus ciudadanos son musulmanes, el 31% cristianos (principalmente maronitas católicos) y el 6% drusos, además de un reducido grupo de judíos.
Su organización territorial consta de nueve gobernaciones o muhafazah, que dependen de un gobernador y se subdividen en un total de veinticinco distritos. Originalmente, cuando Líbano se independizó de Francia en 1943, su mapa político se dividía en cinco gobernaciones, que pasaron a seis con la separación de Nabatiye de la gobernación Sur; a ocho cuando Becá se separó de Baalbek-Hermel y Akkar de la gobernación Norte; y finalmente nueve desde 2017, cuando la gobernación de Keserwán-Jbeil se escindió de la Norte.
El sistema de gobierno del Líbano, que es una república parlamentaria, se asienta sobre su pluralidad religiosa. El Parlamento se elige por un periodo de cinco años mediante sufragio universal y, de conformidad con la Constitución libanesa, debe estar dividido a partes iguales entre cristianos y musulmanes.
Asimismo, un Pacto Nacional acordado entre las élites tras la independencia establece que el presidente, elegido por un periodo de seis años por el Parlamento, debe ser un cristiano maronita, independientemente del partido político, mientras que el primer ministro, elegido de forma conjunta por el presidente y el Parlamento, tiene que ser un musulmán suní. El portavoz del Parlamento, por último, debe ser chií. Este sistema se introdujo a partir del censo de 1932 y favorece a los cristianos maronitas, entonces mayoritarios.
Las últimas elecciones se celebraron en 2018, tras más de nueve años sin poder celebrarse. La inestabilidad política ha sido una constante en el país, que tiene vacante el puesto de presidente desde hace más de un año tras la dimisión de Michel Aoun en 2022 y que tampoco ha fijado una nueva fecha para la celebración de elecciones.
Hezbolá, la milicia chií opuesta a Israel y respaldada por Irán, nació de la guerra civil libanesa (1975-1991) y también es un partido político en Líbano. Controla el sur del país a través de un amplio aparato de seguridad y una densa red de servicios sociales, ganándose el título de «Estado dentro del Estado».
Actualmente, el país se encuentra sumido en una profunda crisis política, económica y social, con escasez de productos alimentarios y falta de recursos energéticos. Esta situación ha afectado gravemente a la sociedad libanesa: en 2012, la población por debajo del umbral de pobreza era del 27,4%, mientras que en 2022 llegaba al 78%. Además, las explosiones del puerto de Beirut en 2020, que se saldaron con 135 muertos y más de 5.000 heridos, dieron pie a una nueva oleada de protestas contra la inacción y corrupción del Gobierno, que culminaron con la dimisión del presidente en agosto de ese año.







