En 2022, solo dos años después de la gigantesca explosión que arrasó el puerto de Beirut y los barrios colindantes, la libra libanesa se había desplomado un 90% respecto su valor de 2019. Aunque la tragedia solo fue el catalizador de una crisis que se llevaba años gestando en el país, también muestra la dependencia que el pequeño Estado tiene con su capital. En un país del tamaño de la provincia de Barcelona, Beirut se erige como la cuarta ciudad más grande del Levante mediterráneo. Una macrocefalia —el área metropolitana de la ciudad concentra la mitad de la población— que no solo refleja y retroalimenta las dinámicas del país, sino también de gran parte de Oriente Próximo.
Con varios milenios de historia a sus espaldas, Beirut ha sido durante los últimos 75 años uno de los epicentros del conflicto árabe-israelí. En 1948, justo después de la fundación de Estado hebreo y de la Nakba, la limpieza étnica que expulsó a cerca de 750.000 palestinos de sus tierras, Beirut se convirtió en uno de los focos de refugio para los palestinos. A comienzos de los años cincuenta, ya había cuatro campos de refugiados en la capital y sus suburbios, que en 2024 han vuelto a sufrir los bombardeos israelíes después de que el Estado hebreo haya extendido el conflicto de Gaza y su guerra contra Hamás y Hezbolá a territorio libanés.
Líbano, que había logrado su independencia de Francia en 1943 y participó en el primer enfrentamiento entre Israel y los países árabes de la región (1948-1949), logró sin embargo mantenerse al margen de las tres siguientes guerras: la del Sinaí en 1956, la de los Seis Días en 1967 y la del Yom Kipur en 1973. En ese tiempo, Beirut se fue consolidando como uno de los centros culturales, económicos e intelectuales del Levante mediterráneo y del mundo árabe. En 1970, la superficie de la ciudad se había multiplicado por tres respecto de la que se registraba a comienzos del siglo XX, mientras que la población era diez veces mayor de la que había en 1930, bajo mandato francés.
Erigida en esos años como una ciudad cosmopolita, diversa y floreciente, Beirut también fue sin embargo punta de lanza de las tensiones políticas y religiosas que incubaban en el país, incluidas las vinculadas al conflicto árabe-israelí. La Guerra de los Seis Días de 1967 y la ocupación israelí de de Jerusalén oriental forzó un nuevo éxodo de cerca de 500.000 palestinos, muchos de los cuales buscaron de nuevo refugio en Líbano. La guerra también supuso la destrucción de la sede de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en Jordania, lo que motivó en 1971 el traslado de la coalición política y militar a Beirut.
La llegada del movimiento palestino acentuó aún más las luchas de poder y la polarización entre las distintas confesiones y comunidades de Líbano: los cristianos maronitas temían que la intensa llegada de refugiados, sobre todo suníes, desdibujara su posición dominante en el gobierno; la población musulmana, la minoría drusa y los partidos de izquierda, por su parte, apoyaban mayoritariamente las acciones de la OLP contra Israel desde el sur del país.
El enfrentamiento escaló hasta derivar en una cruenta guerra civil, que duró 15 años (1975-1990) y dejó cerca de 130.000 muertos y 800.000 desplazados. Desde el comienzo de la guerra —donde también participaron países del entorno como Siria—, Beirut fue un de los principales epicentros de la brutalidad sectaria: la capital quedó dividida en la conocida como línea verde, una frontera militar que partía la ciudad en un oeste musulmán y un este cristiano. La entrada de Israel en el conflicto para acabar con la OLP supuso aún más castigo para la capital, donde los bombardeos hebreos multiplicaron la destrucción.
Tras el fin del conflicto en 1990, el Gobierno encabezado por el empresario Rafiq Hariri se propuso redibujar el centro de Beirut, restaurando ruinas y edificios históricos. Pese a esto, los zocos árabes fueron sustituidos por centros comerciales y se trató de borrar cualquier herida de la guerra, por muy evidente que fuese: en 1975, el 55% de la población del oeste de Beirut era cristiana, mientras que en 1980 solo llegaba al 5%. Igualmente, el número de musulmanes que residía en el este de la capital cayó de un 40% a menos de un 5%.
Lejos de acabar con la división, la reconstrucción y los procesos de paz de los años noventa institucionalizaron, por otras vías, la separación entre maronitas, suníes y chiíes. Desde entonces, la renacida prosperidad económica y social de la capital siempre ha convivido a la sombra de la segregación, la amnesia por la guerra, el desgobierno o un conflicto árabe-israelí que ha seguido latente. En 2006, los bombardeos de Israel —que mantuvo ocupado el sur del Líbano hasta el año 2000— sobre la capital en el marco de la segunda guerra de Líbano volvieron a destruir parte de la ciudad, especialmente el barrio de la Dahiya, un área densamente poblada al sur de la ciudad de mayoría chií y bajo control de Hezbolá.
En agosto de 2020, la explosión de casi 3.000 toneladas de nitrato almacenados en el puerto de Beirut —donde se daban el 70% de las importaciones y el 80% de las exportaciones del país— fue la puntilla definitiva para la crisis económica y política que arrastraba Líbano desde hacía años. La explosión arrasó la zona comercial de la ciudad y los barrios de los alrededores, dejando a su paso cerca de doscientos muertos, más de 6.000 heridos y 250.000 personas sin hogar. También supuso, a los pocos días, la dimisión en bloque del Gobierno. Según el Banco Mundial, los daños materiales de la deflagración ascendieron a cerca de 4.600 millones de dólares.