A las seis de la tarde del 4 de agosto de 2020 dos explosiones se sucedieron en el puerto de Beirut, en pleno distrito comercial, una de las zonas más concurridas de la capital libanesa. La segunda explosión, una de las mayores no nucleares de la historia y la mayor en lo que va de siglo, se produjo tras el estallido de más de 2.700 toneladas de nitrato de amonio. El estruendo, que pudo oírse desde Chipre, dejó cerca de doscientos fallecidos, más de 6.000 heridos y 250.000 personas sin hogar. Además, el Banco Mundial estimó los daños materiales en 4.600 millones de dólares.
La explosión del puerto de Beirut hundió aún más a un Líbano en crisis política, económica y financiera desde 2019, más aún con la pandemia. Con la rápida devaluación de la libra libanesa, que perdía valor desde agosto de 2019 frente al dólar, miles de ciudadanos quedaron con dificultades para cubrir sus necesidades básicas ante un Gobierno incapaz de importar bienes esenciales como alimentos o gasolina.
La comunidad internacional no tardó en movilizarse, con Emmanuel Macron a la cabeza. Dos días después de la explosión, el presidente galo se plantó en Beirut, capital de la excolonia francesa, para proponer la creación de un Gobierno tecnócrata e informar de una conferencia internacional, que se celebró el 9 de agosto y recaudó cerca de trescientos millones de dólares. Pese a ello, un año después Líbano se mantiene en una crisis que parece no tener fin.
No se ha juzgado a los responsables ni hay Gobierno
El puerto de Beirut era una de las infraestructuras más importantes de Líbano. Se trataba del principal punto de paso de mercancías por mar, con cerca del 70% de las importaciones y casi el 80% de las exportaciones, en un país que depende del comercio internacional para cubrir las necesidades básicas de sus ciudadanos. Aunque el puerto beirutí restableció parte de su actividad pocas semanas después de la explosión, la mayoría de las transacciones han pasado al puerto de Trípoli, la segunda ciudad...