Con menos de seis millones de habitantes y una extensión poco más grande que la provincia de Barcelona, Líbano es el tercer país árabe más pequeño del mundo y probablemente el más diverso. Más que un país, podría decirse que Líbano es la consecuencia de varias realidades nacionales, una suerte de Oriente Próximo en miniatura en la que el arabismo se funde con la diversidad confesional y las aspiraciones democráticas.
Anticipándose a dinámicas que más adelante se extendieron por toda la región, Líbano fue, por ejemplo, el país que sufrió el primer ataque suicida yihadista de la historia moderna en 1981, en el contexto de la guerra civil; el que inauguró la red de milicias proxies de Irán con la creación de Hezbolá en 1982; y el primer país de Oriente Próximo donde Estados Unidos desplegó tropas tras la Segunda Guerra Mundial, concretamente en 1958.
Su creación como Estado se remonta a la década de los cuarenta. Francia, una de las grandes potencias coloniales, accedió a salir del país levantino en 1943 pero trató de legar su control a la por aquel entonces mayoritaria comunidad cristiana maronita, que recibió la presidencia de la república. Las comunidades musulmanas suní y chií se repartieron los cargos de primer ministro y la presidencia del Parlamento, con competencias más limitadas. La rivalidad entre grupos acabaría desembocando en 1975 en una guerra civil que duraría quince años e involucraría directamente a Israel, Siria y las milicias palestinas, y salpicaría al resto de la región.
Sin ese inmovilismo político aún vigente, que descansa sobre un sistema de alianzas y clientelismo entre religiones, la geopolítica del Líbano no podría entenderse. Tampoco sin sus vecinos. Cada confesión se ha alineado históricamente con los intereses de actores externos: los maronitas con los de Francia, Israel y Estados Unidos, los suníes con los de Arabia Saudí y los chiíes con los de Irán y Siria. A ello hay que sumar la ubicación de Líbano entre dos Estados muy turbulentos cuyos conflictos internos han empujado a cientos de miles de refugiados a cruzar las fronteras libanesas: Israel-Palestina y Siria.
El estallido del conflicto árabe-israelí en 1948 convirtió a Líbano en uno de los principales destinos de desplazados palestinos, que en marzo de 2023 ascendían a casi 500.000 registrados y 250.000 residentes según la ONU. Este incesante flujo pronto desbordó a las instituciones libanesas y los campos de refugiados se convirtieron en ciudades informales, un descontrol especialmente preocupante para los maronitas, que temían que los palestinos —de mayoría suní— amenazaran su primacía en el frágil equilibrio demográfico del país.
La cronificación de la migración de refugiados palestinos ha condicionado más recientemente la respuesta de Beirut a la crisis de Siria, que se inició en 2011 y ha desplazado a cerca de un millón y medio de sirios al Líbano. En su caso, temerosas de que se establecieran de forma permanente en el país, las instituciones libanesas les han negado la construcción de campos de refugiados, por lo que los sirios viven diseminados por todo el país.
Además de los problemas migratorios, el Líbano también ha tenido que hacer frente a la presencia militar de fuerzas extranjeras a raíz de la guerra civil. En el caso de Israel, las tropas hebreas ocuparon el sur del país entre 1982 y el 2000, aunque la ONU todavía vigila la frontera, mientras que las sirias se mantuvieron hasta 2005.
La guerra en Gaza amenaza también ahora con volver a sacudir el Líbano, que aún se recupera de la explosión que sufrió el puerto de Beirut —su gran nodo comercial— en 2020 y el descontento social provocado por la falta de inversión y la corrupción. El conflicto está escalando y cada vez abarca un área mayor, como demuestran los ataques de los hutíes en el mar Rojo. Y ahí el Líbano, sobre todo las zonas controladas por Hezbolá, corren el riesgo de verse involucradas en la guerra y sufrir las embestidas del Ejército israelí.
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