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Pasó desapercibido, pero es un retazo de historia de Oriente Próximo: a mediados de marzo Hezbolá lanzó el primer ataque aéreo de una fuerza árabe contra Israel desde la guerra del Yom Kipur en 1973. Un dron cargado de misiles, y no suicida como hasta ese momento, descargó su furia contra posiciones militares en el asentamiento de Metula, a menos de un kilómetro del límite entre Israel y Líbano. Tras más de nueve meses de hostilidades, el segundo frente de la guerra en Gaza amenaza la estabilidad de toda la región.
Ambas partes mantienen una retórica similar: ninguna quiere una expansión de la guerra, pero dice estar preparada para el peor escenario. Hezbolá sostiene que el libanés es un frente de apoyo al pueblo palestino y a su aliado Hamás para desviar recursos israelíes de Gaza. El conflicto está concentrado a cinco kilómetros a ambos lados de la Línea Azul —la frontera de facto— y se rige por un equilibrio precario de disuasión: evitar nuevas agresiones del enemigo demostrando la capacidad para infligirle daño.
Hezbolá, que ostenta el título de la milicia más poderosa del mundo, se jacta de ser el único grupo árabe en haber derrotado a Israel —en el 2000, tras dieciocho años de ocupación—, pero se desconoce cuál es su poder real si el conflicto se extiende. De momento, el desplazamiento forzado a ambos lados de la frontera es de unas 100.000 personas. Las autoridades libanesas reconocen la muerte de 466 personas, incluyendo unas noventa civiles, mientras que Israel reporta la de veintiún soldados y una decena de civiles.
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