Hezbolá: la milicia más poderosa del mundo que puede poner en jaque a Israel

Las hostilidades entre Israel y Hezbolá amenazan con expandir la guerra a nivel regional. Se desconocen las verdaderas capacidades militares de la milicia chií, pero el conflicto sería más devastador que el de Gaza. El apoyo social, décadas de combate y el respaldo de Irán son sus bazas principales.
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Hezbolá: la milicia más poderosa del mundo que puede poner en jaque a Israel
Miembros de Hezbolá durante unos ejercicios militares en el sur de Líbano en mayo de 2023. Fuente: Tasnim News (Wikimedia Commons)

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Pasó desapercibido, pero es un retazo de historia de Oriente Próximo: a mediados de marzo Hezbolá lanzó el primer ataque aéreo de una fuerza árabe contra Israel desde la guerra del Yom Kipur en 1973. Un dron cargado de misiles, y no suicida como hasta ese momento, descargó su furia contra posiciones militares en el asentamiento de Metula, a menos de un kilómetro del límite entre Israel y Líbano. Tras más de nueve meses de hostilidades, el segundo frente de la guerra en Gaza amenaza la estabilidad de toda la región.  

Ambas partes mantienen una retórica similar: ninguna quiere una expansión de la guerra, pero dice estar preparada para el peor escenario. Hezbolá sostiene que el libanés es un frente de apoyo al pueblo palestino y a su aliado Hamás para desviar recursos israelíes de Gaza. El conflicto está concentrado a cinco kilómetros a ambos lados de la Línea Azul —la frontera de facto— y se rige por un equilibrio precario de disuasión: evitar nuevas agresiones del enemigo demostrando la capacidad para infligirle daño.

Hezbolá, que ostenta el título de la milicia más poderosa del mundo, se jacta de ser el único grupo árabe en haber derrotado a Israel —en el 2000, tras dieciocho años de ocupación—, pero se desconoce cuál es su poder real si el conflicto se extiende. De momento, el desplazamiento forzado a ambos lados de la frontera es de unas 100.000 personas. Las autoridades libanesas reconocen la muerte de 466 personas, incluyendo unas noventa civiles, mientras que Israel reporta la de veintiún soldados y una decena de civiles. 

Un ejército con una comunidad

Hezbolá nació en 1982 al calor de la ocupación israelí en el sur de Líbano. De tiendas de campaña y un puñado de guerrilleros enarbolando la bandera de la religión, la milicia ha evolucionado hasta convertirse en un ejército profesional. Para este crecimiento ha sido clave el concepto de moqawama (‘resistencia’ en árabe), convertido en elemento central de la identidad y comunidad chií. Esta es la confesión mayoritaria del mosaico religioso que compone Líbano, y una parte importante de sus seguidores vive en el sur.

Este apoyo social y la resiliencia de una población que habita una frontera en permanente conflicto es una baza de la milicia, aunque se desconoce su número de efectivos reales. En un discurso en 2021, el líder Hasán Nasrala afirmó contar con 100.000 soldados listos para el combate. Pero las cifras, como en todo lo que rodea a Hezbolá, están disputadas: los servicios de inteligencia estadounidenses reducen las tropas a 45.000, incluyendo 25.000 reservistas.

Lo que nadie pone en duda es la preparación de Hezbolá tras décadas de combate en una frontera que nunca ha firmado la paz. Tras la ocupación, el conflicto más relevante fue la guerra de 2006, cuando Israel arrasó infraestructuras básicas en todo Líbano y barrios enteros en Beirut. Hezbolá también ha adquirido experiencia en la guerra de Siria y entrenándose con Irán, lo que además le ha permitido dominar el uso de drones. Baratos y seguros, sirven para distraer la Cúpula de Hierro, el sistema defensivo antimisiles israelí.

Armas nacionales y apoyos internacionales

Hezbolá cuenta con tácticas de guerrilla y la geografía agreste del sur del Líbano que facilita el camuflaje y evita la construcción de infraestructura, las cuales reducen mucho los costes de la guerra. Además, el armamento que está empleando en el intercambio de fuego diario es antiguo. La Katiusha, artillería soviética de la Segunda Guerra Mundial, sigue siendo la más usada por la milicia, aunque a medida que se escala el conflicto ha ido incorporando mejores misiles como los Sayyad-2, Falaq o Almas. 

El arsenal de Hezbolá es superior al del Ejército libanés. La inteligencia estadounidense lo estima en un mínimo de 150.000 cohetes, aunque la cifra lleva años sin actualizarse. “Hezbolá tiene capacidad para aguantar una guerra cinco veces más intensa por una duración de dos años sin que sus reservas se vean afectadas”, sostiene Amín Huteit, experto militar y general retirado del Ejército libanés.

Las patentes son iraníes, pero la mayoría de las armas de Hezbolá se manufacturan en Líbano, lo que ahorra costes de transporte y permite un mayor secretismo. Desde marzo Israel también está atacando zonas remotas del valle de la Becá, región de control de Hezbolá a más de cien kilómetros de la frontera israelí, bajo la hipótesis de que la milicia almacena parte de su producción de armamento en esta zona. 

También juega un papel relevante las fronteras porosas con los países donde opera el Eje de la Resistencia, el grupo de milicias en la región bajo la influencia de Irán. Por el eje terrestre que conecta Irán con Irak, Siria y Líbano se considera que circulan armas y dinero que abastecen a Hezbolá, el activo más poderoso del régimen de los ayatolás. “El principal papel de Siria en esta ecuación es actuar como una zona de tránsito. El noreste del Líbano siempre ha sido muy poroso y un foco de tráfico. Además, Hezbolá controla algunas partes fronterizas del lado sirio”, explica Salah Hijazi, jefe adjunto en la sección de política del diario L’Orient Le Jour, uno de los periódicos más antiguos y relevantes de Líbano.

Un Estado paralelo con una economía blindada

En Líbano, Hezbolá opera como un Estado paralelo incluso más fuerte que el oficial. En las zonas bajo su control dirige hospitales y escuelas, tiene fundaciones y empresas encargadas, por ejemplo, de reconstruir las zonas afectadas por el conflicto, ofrece protección, empleos y paga salarios a sus combatientes. Además, ha desarrollado un sistema de indemnizaciones y pensiones a las familias de los caídos. Ante un Gobierno en silencio, es el único partido ha anunciado pagos a las familias afectadas por la guerra.

Hezbolá sostiene un sistema clientelar mediante diversas fuentes de ingresos que le han permitido protegerse de la crisis económica que desde 2019 ha devaluado un 90% la libra libanesa. “Se beneficia de comunidades de simpatizantes en todo el mundo, así como de redes ilícitas”, explica Imad Salamey, experto en la milicia y profesor de la Universidad Libanesa Americana. El régimen iraní sigue siendo su principal salvavidas y proveedor de buena parte del gasto militar y en programas sociales. El propio Nasrala dijo en 2016 que “el presupuesto, salarios, armas y misiles vienen de la República de Irán”.

Con todo, el vínculo más fuerte entre Hezbolá e Irán es ideológico, una relación vertical que nace del liderazgo espiritual del chiismo. La milicia tiene capacidad para tomar sus propias decisiones, pero su cautela reciente con Israel también atiende a los intereses iraníes: el grupo sería el principal elemento de defensa si la República Islámica sufriera una amenaza existencial. La tensión desde el comienzo de la guerra en Gaza es tan alta que una chispa, un error de cálculo, podría hacer estallar Oriente Próximo.

Es incierta la capacidad destructiva de una guerra a mayor escala entre Hezbolá e Israel, el escenario que todas las misiones diplomáticas en Beirut tratan de evitar. Líbano tiene mucho que perder, sobre todo después de que la Casa Blanca, reticente durante los primeros meses, ya reconozca que no puede pararle los pies a Israel y que le apoyaría si aumentan las hostilidades. Lo que sí puede esperarse es que, si el conflicto se expande, la milicia más poderosa del mundo y el Eje de la Resistencia podrían poner en jaque a Israel en una guerra más devastadora que la de Gaza.

Marta Maroto

Madrid, 1995. Periodista y economista por la Universidad Rey Juan Carlos. Corresponsal en Beirut, desde donde cubre Oriente Próximo. Antes ha hecho periodismo local y ha contado tanto la crisis migratoria desde diferentes fronteras europeas como los estallidos sociales desde América Latina.