El neocolonialismo hace referencia al control remanente que distintas potencias geopolíticas ejercen sobre Estados menos desarrollados. Mientras que el colonialismo fue una forma de ocupación territorial y política que permitió el dominio económico, el neocolonialismo se caracteriza por el control indirecto a través de la explotación y el comercio de los recursos naturales y de la influencia cultural. Este fenómeno asegura el dominio de los antiguos colonizadores, mientras que ralentiza el desarrollo de antiguas colonias.
El legado silencioso del colonialismo
El término “neocolonialismo” surgió en los años sesenta con la descolonización de África. Lo acuñaron figuras como el filósofo francés Jean-Paul Sartre o el líder independentista de Ghana, Kwame Nkrumah. Con él criticaban que la economía de los Estados recién independizados se controlaba desde el extranjero, pues las nuevas naciones se incorporaron a un mundo ya industrializado y dominado por antiguas potencias occidentales. En muchos casos, la economía de los nuevos países se basó en la producción de un único cultivo o materias primas que explotaban Francia, el Reino Unido o Portugal. Mientras que los recursos fluían hacia el norte, los nuevos Estados del sur se volvían dependientes de ayudas económicas.
Ese legado del colonialismo facilitó el neocolonialismo posterior. Desde entonces, la debilidad económica y política de las excolonias ha sido en parte consecuencia de las medidas impuestas en el proceso descolonizador. Estos problemas estructurales permiten a algunos países mantener cierto dominio sobre otros. Un ejemplo es el África francófona, donde París aprovecha la inseguridad e inestabilidad para mantener su huella política, económica y cultural. Otro caso fue el intervencionismo de Estados Unidos en Latinoamérica, tanto en el siglo XIX a través de la doctrina Monroe como en el XX durante la Guerra Fría, o su papel en conflictos en Oriente Próximo.
La explotación de los recursos naturales
Hoy en día, muchos Estados continúan bajo la influencia del neocolonialismo. Distintos países africanos cuentan con gas natural y petróleo, y el continente alberga el 30% de las reservas minerales globales, que se usan para la industria electrónica. En Níger, por ejemplo, la multinacional francesa Areva explotaba las minas de uranio y la mayoría de la actividad minera se subcontrata a compañías extranjeras. Como consecuencia, hace unos años se estimaba que apenas el 12% de esos ingresos se quedaba en el país. Asimismo, las grandes empresas de fuera del continente realizan la mayor parte de la pesca intensiva en las aguas africanas y grandes caladeros como los de Mozambique o Guinea-Bisáu.
En Latinoamérica también hay grandes yacimientos de bienes estratégicos. Uno de ellos, el litio, se usa para fabricar baterías de móviles, ordenadores portátiles, altavoces o de coches eléctricos. El “triángulo del litio” entre Argentina, Bolivia y Chile posee casi la mitad de las reservas globales. Todos estos recursos tienen una demanda cada vez mayor, pero su sobreexplotación también perjudica el futuro socioambiental del país involucrado. De ese modo, muchos no han crecido a la par que el resto del mundo y se mantienen rezagados en el progreso económico global.
El neocolonialismo chino
Mientras tanto, como contrapeso a Estados Unidos y las potencias europeas, China ha surgido en las últimas décadas hasta haber creado una fuerte órbita de influencia que se asemeja al neocolonialismo. Lleva años construyendo puertos y bases militares para potenciar su control en la región del Indo-Pacífico y, a través de una gran red de infraestructuras, esa Nueva Ruta de la Seda ya llega hasta África y Europa.
La presencia de Pekín suele aportar ganancias a ambas partes. No obstante, no suelen ser equitativas: por ejemplo, importa recursos naturales de países africanos que le dan la bienvenida a una inversión que les endeuda cada vez más. En Etiopía o Angola, los que más fondos reciben, la dependencia económica o el impago de la deuda podría traducirse en que Pekín se haga con terrenos del país deudor. Ya ocurrió con el puerto de Hambantota, en Sri Lanka, y podría suceder con el de Bar, en Montenegro.