En el foco Geopolítica Asia-Pacífico

China quiere hacer un mundo a su medida creando sus propias organizaciones internacionales

China quiere hacer un mundo a su medida creando sus propias organizaciones internacionales
Fuente: Freepik

China está creando instituciones internacionales sin Estados Unidos para tener espacios de poder afines, como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras o la Organización de Cooperación de Shanghái. Esto no significa que vaya a abandonar Naciones Unidas o la OMS, pero usará estas nuevas organizaciones para influir en otros Estados y aumentar su poder internacional.

La influencia de China en el mundo no ha dejado de crecer en este siglo y no dejará de hacerlo en los próximos años. Pero ser una potencia va más allá de tener una economía fuerte y un gran músculo militar. Otro valioso instrumento de poder es la capacidad de influir en la gobernanza global condicionando a otros países mediante normas acordadas en foros y e instituciones internacionales.

Por esa razón, China está creando nuevas instituciones internacionales que le ayuden a afianzar sus reivindicaciones territoriales, controlar las rutas de comercio o ser el garante de la seguridad de otros Estados. Esto no implica rechazar organizaciones que ya existen: China no pretende crear otras Naciones Unidas o una nueva Organización Mundial de la Salud. De hecho, las usa para sus fines y para desplazar a Estados Unidos. Pero, al mismo tiempo, Pekín está construyendo nuevas esferas de poder que le sitúen en el centro de la toma de decisiones. Desde ellas, la segunda economía mundial propone su propio modelo de gobernanza, promocionándose como defensora del multilateralismo y primando el comercio y la inversión por encima de los derechos humanos o la democracia. 

Esta estrategia no es nueva: Estados Unidos ya impulsó una arquitectura institucional pensada para afianzar sus intereses tras la Segunda Guerra Mundial. El Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial o Naciones Unidas son esferas de poder favorables a Washington. Estas le ayudaron a mantener la primacía del dólar, gran capacidad de decisión sobre la economía global, superioridad militar y un modelo político-económico basado en el libre mercado, el llamado “orden liberal internacional”. Ahora, las alianzas paralelas impulsadas por China ponen en cuestión esta arquitectura.

El ariete económico chino: de crecer a gobernar

El crecimiento de China se basaba hasta hace unos años en un “ascenso pacífico”: centrarse en el desarrollo económico y mantener un perfil político bajo. Esa doctrina, ya abandonada, le permitió tejer una red de relaciones bilaterales basadas en el comercio y, después, en la inversión en desarrollo e infraestructuras. Después de presentar su proyecto de la Nueva Ruta de la Seda en 2013, China empezó a firmar acuerdos estratégicos con otros Estados que se sumaron a la iniciativa. Así, no solo se ha convertido en el mayor socio comercial de aliados estadounidenses como la Unión Europea, Japón o Corea del Sur, sino que también ha creado una ruta comercial que conecta Asia con África, Oriente Próximo y países de la UE.

Como pilar institucional de la Nueva Ruta, China inauguró en 2014 el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB por sus siglas en inglés). Este banco es uno de los mayores proyectos multilaterales liderados por Pekín y se dedica a financiar proyectos de infraestructura y conceder créditos a sus más de ochenta países miembros. Fue una respuesta a la ineficacia del Banco Asiático de Desarrollo, dependiente de la ONU y cuyos máximos financiadores eran Estados Unidos y Japón. El AIIB reúne a las mayores economías del mundo excepto a los propios Estados Unidos y Japón, que han rechazado entrar. China es su mayor accionista y, por ello, quien más influye en su agenda. El alcance global del AIIB permite a Pekín difundir su modelo de gobernanza chino basado en la cooperación económica al margen de instituciones como el FMI.

El AAIB es, por tanto, el mayor instrumento de China para su futura gobernanza global, pero no el único. En 2014, los países BRICS —Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica— crearon el Nuevo Banco de Desarrollo, con sede en Shanghái. Esta institución, dedicada a conceder créditos a países en desarrollo, supone otro espacio de decisión con economías fuertes que deja fuera a Estados Unidos.

China también ha impulsado la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), firmada en 2020. Este tratado de libre comercio entre China, Japón, Australia, Nueva Zelanda, Corea del Sur y los países del sudeste asiático es el mayor del planeta. Sus miembros acumulan cerca del 30% del PIB mundial, pese a la retirada de India durante las negociaciones. La Asociación se instituyó tras la decisión del entonces presidente Donald Trump de retirar a Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), haciendo fracasar una alianza de la que formaban parte países asiáticos y americanos como Canadá, México o Chile, pero que no incluía a China.

Estas nuevas instituciones comparten algunas características. Primero, se basan en el ariete de China para convertirse en una potencia global: la economía. Son foros de cooperación económica basada en el multilateralismo y el desarrollo. En segundo lugar, ocupan espacios de poder que Estados Unidos ha dejado vacíos, y ahora son un reto para la primacía de las instituciones tuteladas por Washington. Por último, estos organismos son clave para el liderazgo de Pekín dentro y fuera de su región, además de nuevos espacios para la gobernanza global.

La OCS, cooperación también en materia de seguridad

Pero China no solo patrocina instituciones económicas. En 2003 cofundó la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) con Rusia y las repúblicas postsoviéticas de Asia Central, excepto Turkmenistán; en 2017 se unieron también India y Pakistán. Esta organización se centra en la cooperación regional en cuestiones de seguridad, como la lucha antiterrorista .

La OCS es un gran instrumento de China para extender su influencia a través del espacio euroasiático, pero su éxito ha sido parcial a causa de las tensiones con Rusia. El gigante asiático ve la OCS como una oportunidad de liderazgo, pero Moscú desconfía y a menudo prefiere organizaciones paralelas sin presencia china donde su liderazgo es incontestable

Existe una tendencia a considerar la OCS como una OTAN de Asia, pero tienen grandes diferencias. La OTAN es una alianza de defensa colectiva contra un oponente común: la Unión Soviética hasta 1991 y Rusia después. Por el contrario, la OCS es una organización enfocada a la cooperación frente a problemas regionales, hasta el momento no es una alianza militar para confrontar a Estados Unidos.

El futuro de la OCS dependerá de su potencial estratégico: ser un espacio de influencia china en el continente euroasiático, afianzar la relación entre Moscú y Pekín y hacer que India y Pakistán, dos países enfrentados durante décadas, cooperen. No obstante, China tiene retos dentro de la organización: por un lado, aún no la domina debido a los vínculos entre Rusia y la región postsoviética; por otro, no existe una identidad colectiva entre sus miembros, un elemento esencial en la OTAN y otras organizaciones que Estados Unidos tutela. 

Competir con Estados Unidos por dominar la gobernanza global

China será mucho más que solo la “fábrica del mundo”. Como toda potencia, también quiere ganar poder para hacer cambios en un orden internacional diseñado por Estados Unidos y sus aliados occidentales. Con todo, que China cree nuevas organizaciones no significa que vaya a abandonar las que Washington ha liderado. De hecho, Pekín usa su derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, ha sido muy activa en la Organización Mundial de Comercio (OMC) y ha redoblado su apoyo a la OMS durante la pandemia de la covid-19.

Sin embargo, China quiere reformar el orden liberal internacional promoviendo un nuevo modelo de gobernanza. Este modelo está basado en el multilateralismo, el capitalismo de Estado, el comercio y la inversión en el desarrollo económico, que estarán por encima de preocupaciones como la democracia o los derechos humanos.

Así, aunque estas organizaciones no estén pensadas para confrontar con Estados Unidos directamente, ofrecen una alternativa al modelo estadounidense, y cada vez más países participan en ellas. La gobernanza global de las próximas décadas no solo se jugará en el FMI o en la OMC. Las nuevas instituciones chinas, como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras, la RCEP o la Organización de Cooperación de Shanghái también serán protagonistas.