Según los datos de la Iniciativa de Investigación China-África de la Universidad Johns Hopkins, África acumula una deuda de 153.000 millones de dólares con China gracias a los 1.143 préstamos que el país asiático ha concedido a los Gobiernos africanos entre el año 2000 y el 2019.
Si bien esta creciente suma está comprometiendo la independencia de los Estados africanos y profundizando la influencia de Pekín en su territorio, también esconde una realidad más compleja: mientras China se beneficia del desarrollo económico de África, sus intereses en la región también están provocado un aumento de las dependencias mutuas.
El gigante asiático ha construido su crecimiento económico sobre las inversiones públicas y privadas y las exportaciones, una estrategia que le ha granjeado un aumento interanual de su riqueza del 10% durante las últimas décadas. Sin embargo, además de mostrar signos de agotamiento, el modelo plantea ciertos dilemas: por un lado, dado que China no es autosuficiente en recursos naturales, el país necesita el aprovisionamiento constante de energía y otras materias primas para materializar las inversiones; por otro, su estructura productiva, plenamente orientada al mercado exterior, provoca que el consumo interno quede rezagado y se generen excedentes que sí o sí tienen que ser colocados fuera.
Y ahí África puede jugar un papel muy importante, tanto como proveedor de energía y materias primas como destino de las exportaciones chinas. No en vano, desde comienzos de siglo, y sobre todo a raíz de la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio en 2001, el comercio sino-africano se ha disparado. Tanto es así que en 2009 China ya era el primer socio comercial de África, desbancando a Estados Unidos.
En la actualidad Pekín importa diversas materias primas desde el continente africano: petróleo desde Sudán y Angola, uranio desde Namibia y Níger, cobalto y coltán de la República Democrática del Congo… El sector minero, con un tercio de la inversión China concentrada en África, es el área al que Pekín destina más recursos.
En el lado opuesto, es ampliamente conocido que buena parte de los Estados africanos han atravesado o atraviesan problemas de liquidez económica, espirales de deuda impagables y otro buen número de trampas relacionadas con falta de recursos financieros. Esas debilidades —unidas a otros factores como la corrupción— han lastrado el desarrollo y la estabilidad económica y política, así como los esfuerzos para luchar contra problemas de primer nivel como la pobreza o la desigualdad.
Por eso los préstamos chinos son tan bien recibidos, aunque Pekín también selecciona sus preferencias. Así, nos encontramos con que Etiopía y Angola, países absolutamente estratégicos para China, han recibido 42.600 y 13.700 millones de dólares respectivamente, lo que los convierte en los principales destinos africanos de préstamos chinos. Además, países también relevantes como Kenia, Zambia, Nigeria, Camerún, Sudán o Egipto superan los 5.000 millones de dólares.
Ese constante flujo de dinero oxigena y da cierto margen de maniobra a la economía africana, pero puede acabar poniendo en una situación comprometida a los distintos Gobiernos del continente: si sus finanzas dependen en exceso de los fondos de Pekín, sus decisiones políticas y económicas también pueden acabar siéndolo.
China en África: del beneficio mutuo a la hegemonía de Pekín







