En el foco Economía y Desarrollo Asia-Pacífico

China ante su primera gran crisis económica

China ante su primera gran crisis económica
Fuente: Pixabay

Las décadas de crecimiento ininterrumpido de China con porcentajes de dos dígitos tocan a su fin. El cambio de modelo económico, la guerra comercial con Estados Unidos y las debilidades sin resolver acumuladas durante años parecen estar conduciendo al país a vivir su primera crisis económica de importancia desde la transición al capitalismo. Hoy el gigante asiático crece a su menor ritmo en 28 años.

Nunca en la Historia se había visto un desarrollo a tal nivel como el que China ha tenido en las últimas décadas. Desde que el Pequeño Timonel Deng Xiaoping tomase las riendas del país a finales de los setenta, el país asiático ha roto infinidad de esquemas con su enorme evolución en tan poco tiempo. Sin embargo, nada dura para siempre, y este crecimiento astronómico se ha ido encontrando con cada vez más obstáculos y debilidades en el camino.

Encarando el final de la segunda década de este siglo, parecen ser cada vez más evidentes las muestras de cansancio de la economía china, incapaz de seguir con los ritmos de crecimiento mantenidos hasta ahora de forma prácticamente ininterrumpida. Este hecho, normal en cualquier economía de mercado, es una tierra desconocida para la dirigencia del Partido Comunista Chino, temerosa de no saber reaccionar ante las posibles adversidades que una desaceleración o una crisis a pequeña escala pueden generar en la sociedad del país o en la legitimidad política del partido único.

Para ampliar: “¿Se avecina una nueva crisis económica?”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2019

Una crisis que nunca llega

Casi como una leyenda recurrente, llevamos años escuchando que la economía china tiene abiertas vías de agua de cierta importancia, y, como una profecía que no termina de cumplirse, también es habitual escuchar que, sea por su deuda, sus a menudo poco comprensibles proyectos megalómanos o su propio modelo económico, Pekín está próximo a naufragar. Y, sin que lo primero sea erróneo, lo segundo no llega. Como casi todo el planeta, China sufrió un importante frenazo cuando estalló la crisis mundial en 2008, pero tras el susto inicial recobró el crecimiento que había mantenido hasta el momento. Eso sí, no le salió gratis: el paquete de estímulo de unos 586.000 millones de dólares que lanzó entonces le permitió esquivar la tormenta, pero a costa de agravar sus problemas estructurales.

El modelo económico que ha seguido hasta ahora la potencia asiática se ha centrado en dos pilares principales: la exportación y los estímulos a la economía por parte del Gobierno. El modelo “Made in China” ha forjado buena parte de la marca país desde hace años y lo cierto es que los resultados han sido prácticamente inmejorables. Ser la fábrica del mundo durante décadas con productos de escasa calidad, pero muy baratos y producidos a gran escala —y en un país que venía de niveles de desarrollo muy bajos—, ha permitido niveles de crecimiento en lo que va de siglo superiores al 9% anual de media. El segundo factor ha venido especialmente por el Estado. En esa curiosa combinación generada entre un modelo capitalista y una estructura política a veces totalitaria, la intervención estatal ha sido entendida como la manera de acelerar todo el proceso desarrollista: mientras los grandes conglomerados chinos se dedicaban a vender a espuertas, el Partido Comunista Chino marcaba los objetivos económicos —China sigue usando planes quinquenales— e intervenía en aquellos aspectos de la economía en los que el sector privado no podía o no debía intervenir, como la construcción de infraestructuras o la constitución de empresas públicas o semipúblicas en sectores estratégicos.

Para ampliar: “‘Made in China 2025’ o la vuelta de la Gran China”, Eduardo Saldaña en El Orden Mundial, 2018

La Nueva Ruta de la Seda se ha convertido en el gigantesco proyecto geoeconómico de China. Se han invertido miles de millones en infraestructuras y préstamos; puede ser un éxito rotundo o un sonoro fracaso.

La contrapartida de la primera característica es doble. Por un lado, se depende especialmente de la coyuntura comercial mundial. Las últimas décadas han sido claramente favorables al librecambismo, un contexto en el que China ha podido crecer con el viento soplando a su favor. Sin embargo, la crisis de 2008 y la consiguiente llegada al poder años después de hombres fuertes de discursos económicos proteccionistas ha motivado que ya no vaya todo tan rodado para Pekín. Por otro lado, los modelos exportadores suelen arrojar cifras de crecimiento más elevadas, pero no promueven un mercado interno desarrollado, que, si bien suele tener evoluciones más modestas, es claramente más estable que depender de la coyuntura internacional.

Por la vía del modelo chino también se han producido errores evidentes. Los planes quinquenales han marcado, en algunos casos, objetivos errados que han desviado recursos a políticas que no eran necesarias en ese momento. En esa misma línea, el estímulo económico constante del Estado ha generado una sobreexcitación permanente también en las empresas. La lógica no deja mucho lugar a la moderación: si China crece a ritmos elevados y el Estado sigue fomentando las inversiones y el desarrollo, ¿por qué no endeudarse para ampliar el negocio y subirse a la ola? Esta perspectiva, cuando la tendencia es positiva, no reviste problemas —a corto plazo, al menos—; cuando la situación se modera, empiezan los nervios. Algo como crecer a menos del 7%, impensable en la época dorada del desarrollo chino, es hoy una realidad que se lleva sucediendo cuatro años seguidos.

Para ampliar: “China: crónica de las revoluciones”, Meng Jin Chen en El Orden Mundial, 2018

¿Ralentización, crisis o todo a la vez?

Demasiadas cosas han cambiado en China en los últimos años y han supuesto golpes importantes a la trayectoria mantenida hasta ahora. El país ya no es el gran foco de atracción de la deslocalización de grandes multinacionales, sino que su desarrollo todo este tiempo ha provocado, a su vez, un aumento de los costes laborales, lo que ha llevado a numerosas empresas a trasladar su producción a otros lugares de Asia-Pacífico, como Vietnam o Indonesia.

Al igual que China fue el destino de numerosas deslocalizaciones hace décadas, hoy sufre ese mismo efecto en favor de otros países de la región.

La dirigencia comunista no ha sido ajena a este cambio de vientos. En su último congreso, en 2017, ya se apuntó a que era necesario un viraje hacia el mercado interior como forma de estabilizar un modelo que cada vez da más bandazos. La última piedra en el camino ha sido la guerra comercial que desencadenó Estados Unidos. Sin que pueda decirse que ninguno de los dos ha salido ganador, el daño al comercio chino ha sido más que evidente con la aplicación de aranceles sobre productos chinos valorados en 250.000 millones de dólares.

Para ampliar: “Tambores de guerra comercial”, Trajan Shipley en El Orden Mundial, 2018

Aunque no parezca inminente el descalabro de la economía china, hay numerosos indicadores que apuntan a una desaceleración y a que algunas de las piezas que sustentan la segunda potencia económica del mundo pueden venirse abajo: los niveles de consumo se están moderando, el comercio ha disminuido frente a los niveles del año anterior y la producción manufacturera —el pilar económico del país— tiene una tendencia descendente en favor del sector servicios, lo que indica una transición hacia un mayor mercado interior.

Por otra parte, aunque Pekín todavía tiene cierto margen para reconducir la situación, algunas deficiencias arrastradas son ya más que evidentes, lo cual limita esta reacción. Algunas empresas de cierta relevancia han comenzado a experimentar problemas con la devolución de sus deudas, un montante que alcanza varios cientos de millones de dólares. Con la magnitud de la economía china, esto no debería de suponer una amenaza importante, pero en el país, como en otros tantos de la zona —como Japón o Corea del Sur—, es una práctica habitual que las empresas se avalen entre sí, con lo que generan una red de protección que, si bien brinda cierta estabilidad, también provoca una interdependencia entre las compañías: si una cae, sus avalistas asumen sus deudas, lo cual puede hacerlas caer también. El riesgo de un efecto dominó en China es bastante similar al que existía en Estados Unidos en los años previos a la crisis de 2008 con los paquetes de activos tóxicos.

Si esta situación ya reviste cierta gravedad, no ayuda al optimismo que China, de entre las economías más potentes del mundo, lidere la lista del endeudamiento privado, que alcanza el 160% de su PIB —sumando el resto del endeudamiento, estatal y de los hogares, el 255%—. Esto hace a las empresas tremendamente frágiles ante cualquier escenario que conlleve asumir más deuda.

Una de las posibles soluciones para aplacar esta situación es atraer capital extranjero, pero las reticencias gubernamentales, que imponen un severo control a los capitales que entran en el país, y las extendidas creencias de que los organismos estadísticos chinos manipulan cifras de crecimiento y de deuda para dar una imagen más optimista de la marcha del país de la que realmente existe no generan demasiada confianza en aquellos potencialmente interesados en invertir en China.

Desde el Partido Comunista de China ya se ha zanjado que no se va a permitir que caigan empresas en pro de mantener la estabilidad económica y, sobre todo, el trabajo. Es ya una idea asentada en la dirigencia del país que una ralentización de la economía y un aumento del desempleo pueden llevar a una crisis política a gran escala, algo que China no enfrenta desde Tiananmén en 1989. Crisis de este tipo son para la cosmovisión china momentos de debilidad que históricamente han aprovechado potencias extranjeras para doblegar el país, por lo que evitarlas es un objetivo prioritario en su estrategia a largo plazo.

China no va a poder evitar indefinidamente ese escenario de crisis. El modelo al que pretende transitar tiene características muy alejadas de la senda que ha recorrido hasta ahora. El Partido Comunista tiene pretensiones de máximos que en muchos casos son irrealizables o muy alejadas del escenario más probable. Antes o después, China enfrentará su particular crisis. La clave aquí no es cuándo ocurrirá, sino cómo enfrentará el país esa inédita situación.