Una primera ministra elegida por Discord, sedes de parlamentos incendiadas, jóvenes ondeando banderas de One Piece… Este año diversas juventudes del mundo han protestado contra problemas internos, pero con el mismo lenguaje y una impronta globalizada. Y aunque cada caso parezca un mundo, la base es la misma: la juventud está harta. Las protestas de la generación Z (nacida aproximadamente entre 1997 y 2012) tienen precedentes en Sri Lanka (2022) o Bangladés (2024), que hicieron caer a sus Gobiernos, pero proliferaron el pasado septiembre a raíz del caso de Nepal. Desde Asia hasta América Latina, pasando por África, las protestas reflejan un fenómeno en auge: una juventud globalizada y organizada digitalmente.
En cinco claves:
- Desde septiembre ha habido protestas masivas contra Gobiernos en Asia, África y América Latina
- En Nepal, Madagascar y Perú consiguieron hacer caer al Ejecutivo
- Los protagonistas son jóvenes de la generación Z, sobre todo de zonas urbanas, frustrados por la falta de oportunidades, las condiciones de vida o la ostentación de la élite
- Para coordinarse en cada país han utilizado la red social Discord, han compartido símbolos como la bandera del manga japonés One Piece y han rechazado los liderazgos centralizados
- Se trata de la globalización de la protesta juvenil ante el retroceso democrático global
Los países implicados no comparten ideología gobernante, religión mayoritaria o aliados internacionales: hay democracias, monarquías prooccidentales y Estados autoritarios cercanos a China. Las protestas tampoco están coordinadas entre sí, ni son parte de un juego geopolítico de grandes potencias, recurso al que tanto se apela cuando se trata del Sur Global. Si algo ha unido a estas protestas es el descontento contra Gobiernos desconectados de la calle, las redes sociales para organizarse y el uso de símbolos comunes. Se trata, en últimas, de la globalización de la protesta juvenil, bajo el despertar político de la generación Z.
Hartazgo social, desigualdad y desempleo, entre las causas principales
La causa principal de las protestas de la generación Z ha sido la frustración de la juventud urbana por la falta de oportunidades. Esa frustración se debe a necesidades que no encuentran solución y a la negativa gubernamental de escuchar los reclamos. Muchos manifestantes entrevistados por medios extranjeros coincidieron en estar cansados de un permanente malestar social que los Gobiernos no tenían interés o capacidad de combatir. Sobre esos caldos de cultivo, en cada país hubo un detonante del estallido.
En Nepal, el detonante fue un intento del Gobierno de Sharma Oli de imponer restricciones a las redes sociales justo cuando aumentaban las críticas digitales a los lujos de la élite. En Marruecos, varias muertes en partos y el fallecimiento de un niño por falta de atención en hospitales públicos pusieron en manifiesto la precariedad del sistema sanitario. El Gobierno se excusaba en la necesidad de bajar el alto déficit fiscal mientras invertía en sus instalaciones deportivas de cara al Mundial de fútbol de 2030. También se sumaron protestas en Indonesia, Filipinas y Timor Oriental contra la corrupción y los privilegios de las élites, lo que llevó a hablar de una “primavera asiática”, en alusión a las revueltas árabes de hace más de una década.
En África subsahariana, una sucesión de protestas contra regímenes autoritarios y situaciones precarias introdujo el movimiento a la región más joven del mundo. Se estima que un 70% de la población tiene menos de treinta años, pero el gobernante promedio más de sesenta. En la isla de Madagascar, uno de los países más pobres del mundo, los sucesivos cortes de luz y agua en un contexto de sequía generalizada y crisis económica agotaron la paciencia de los jóvenes contra su controvertido presidente, Andry Rajoelina. Los otros casos más sonados han sido los de Kenia (contra un intento del Gobierno de William Ruto de aumentar los impuestos), Togo (contra el autoritarismo de la familia Gnassingbé, en el poder desde 1967), Mozambique, Tanzania y Camerún (por denuncias de fraude en sus elecciones presidenciales).
Finalmente, en América Latina saltaron protestas en Perú y Paraguay. En Perú, una crisis política permanente forzó la caída de la impopular presidenta Dina Boluarte, la sexta mandataria en diez años. En Paraguay, por su parte, el descontento de la generación Z también se manifestó en protestas ante las denuncias de corrupción contra el Gobierno de Santiago Peña, pero fueron dispersadas por la policía.
Los países implicados tienen distintos grados de desigualdad y pobreza, pero a los estallidos les une la distancia entre una élite privilegiada y una juventud que percibe un futuro incierto. Asimismo, estos países no destacan por su calidad democrática, con la mayoría ubicándose en puestos bajos en los índices de The Economist o el V-Dem, aunque el grado de autoritarismo también varía. La mayoría sufría un deterioro constante en materia de libertades civiles y políticas, como la proscripción de candidatos electorales, detenciones arbitrarias, restricciones a la libertad de prensa o a la expresión digital. Además, todos se ubican en el cuarto inferior de los países más corruptos, según el índice de Transparencia Internacional. Con todo ello como fuentes de descontento, el descrédito de la clase política no ha sido algo inesperado.
Aunque muchos manifestantes no se encontraban entre los sectores más desfavorecidos, sí se veían entre los que habían sufrido más deterioro en sus condiciones de vida. En estos países hay un elevado desempleo juvenil, y la mayoría tienen fuertes diferencias entre sus áreas urbanas, donde la globalización digital ha impactado con fuerza, y áreas rurales más pobres donde las redes sociales influyen menos. Eso explica por qué las revueltas han sido urbanas, si bien figuras de las regiones rurales no dudaron en sumarse.
El despertar de la generación Z
El protagonismo de los adultos jóvenes y adolescentes de la generación Z en las protestas no es casual. Los países implicados comparten un rasgo fundamental: son sociedades jóvenes. Marruecos alcanza un 42% de población que no supera la treintena, en Nepal un 47% de la población ronda los veinticuatro años y en Camerún un 70% de la población tiene menos de veinticinco años. Madagascar, con una edad media de diecinueve años y casi un 40% por debajo de los catorce, es uno de los países más jóvenes del planeta.
La generación Z, nacida aproximadamente entre 1997 y 2012, creció en la era digital, con internet, teléfonos inteligentes y redes sociales como una parte sustancial y siempre presente en su vida. Incluso en algunas de las zonas más empobrecidas del mundo, no tener conectividad digital es casi imposible. A diciembre de 2023, según Naciones Unidas, más de tres cuartas partes de la población mundial tenían un teléfono móvil, y un 77% de las personas de entre quince y veinticuatro años tenían acceso a internet.

En el plano político, internet ha sido revolucionario. Si bien han servido para difundir desinformación, internet y las redes sociales ofrecen un terreno sin precedentes para ser disidente o al menos para acceder a información que refute la oficial. También para acceder al contexto de otros países que sirvan como espejos o contraste para el propio. Todo ello supone una revolución para el ciudadano promedio de un país autoritario, ya que para el Estado es cada vez más difícil acallar las críticas, permitiendo la generación de un sentido de comunidad entre disidentes y facilitando la organización de protestas y redes de oposición.
Todas estas revueltas han tenido lugar en regiones del Sur Global donde la juventud ha tomado visiones diferentes a las occidentales en países más desarrollados. En Europa y Norteamérica, con tradiciones más progresistas, la actitud de la generación Z ha sido más polarizada o en algunos casos apática, coincidiendo con el auge de fuerzas políticas populistas y disruptivas de derechas que se contraponen a los partidos tradicionales. Esto contrasta con las actitudes más radicales, movilizadas o progresistas que está adquiriendo la generación Z en países de África y Asia, con sociedades históricamente fragmentadas, desmovilizadas o muy conservadoras, o de América Latina, en períodos de fuerte politización.
Algunas protestas en Europa han sido más acotadas y no sólo juveniles. Ya sean en Francia por la inestabilidad política el intento de austeridad fiscal, España por el derecho a la vivienda o Turquía, también vinculada al Sur Global, contra el arresto del opositor Ekrem Imamoglu. Causas transnacionales como la lucha contra el cambio climático o el genocidio israelí en la Franja de Gaza también han sido recurrentes en el Norte Global. No obstante, estas divisiones responden al contexto, pero ambas partes forman parte de lo mismo: las dos generaciones Z están descontentas con su statu quo y lo manifiestan de manera diferente.
Organización horizontal, Discord y ‘One Piece’
Las protestas de la generación Z tuvieron su epicentro digital en Discord. Esta plataforma, originalmente ideada para comunidades de videojuegos, ofrece canales temáticos, voz y video en tiempo real, servidores autogestionados y una interfaz adaptable que permite coordinar grupos dispersos sin jerarquías visibles. Estas características han hecho de Discord un elemento fundamental para el movimiento de la generación Z, como lo fue Facebook para las revueltas árabes o Telegram para los chalecos amarillos en Francia.
El otro símbolo transversal es el manga japonés One Piece. La historia relata las aventuras de una tripulación de piratas que viaja por un mundo corrupto y autoritario en busca de libertad. En los servidores de Discord, los manifestantes comparten imágenes de su protagonista, Luffy, con consignas como “nuestro tesoro es la dignidad” o “no queremos un trono, queremos el mar abierto”. Durante las protestas, ha sido común ver flamear la bandera de la serie o su uso como foto de perfil entre partidarios del movimiento.
Las protestas de la generación Z también se han caracterizado por la ausencia e incluso el rechazo de un liderazgo centralizado. Frente al fraude electoral o el autoritarismo, como en Camerún, la oposición ha jugado un papel importante, pero sus líderes también están envejecidos y desconectados de las protestas. En Nepal y Madagascar, donde cayó el Gobierno, un tercer actor respetado o tolerado por los manifestantes asumió el poder, pero sin reclamar haber liderado la revuelta. En Nepal fue la exjueza de la Corte Suprema, Sushila Karki, legitimada en una encuesta en Discord antes de su juramentación en septiembre. En Madagascar, con una larga tradición de golpes de Estado, fue el Ejército, con el coronel Michael Randrianirina asumiendo como presidente en octubre y siendo ratificado por la Asamblea Nacional. Por su parte, muchos manifestantes en Marruecos mostraron su apoyo al rey Mohamed VI, reclamando que depusiera al impopular primer ministro Aziz Ajanuch y que emprendiera reformas democráticas.
El reto para los movimientos de la generación Z es articularse en partidos con líderes propios o que algún actor implicado termine echándose la movilización al hombro, con sus símbolos y métodos. La ausencia de un liderazgo puede hacer que las protestas se salgan de control y pierdan enfoque, como sucedió en Nepal al devenir en disturbios violentos con decenas de muertos. También puede que sean cooptados por una institución que tome el control, como en Madagascar con la toma de poder militar. La ausencia de un liderazgo centralizado fue útil para el éxito de ambas protestas y las de Perú, pero, a la hora de consolidar un proyecto político, los movimientos corren el riesgo de ser manipulados o sofocados por otros intereses.
La globalización de la protesta juvenil
Las protestas de la generación Z se han tildado de “revoluciones de colores”, “revueltas contra el comunismo” o de estar motivadas por grandes potencias. También han sido enmarcadas en una globalización injusta basada en Gobiernos corruptos o en si los nuevos se acercarán más a China, Rusia o Estados Unidos. Sin embargo, se trata de sociedades muy dispares entre sí, de Gobiernos de diferente signo y de países en órbita de distintas potencias. Los nepalíes, malgaches, marroquíes, indonesios, cameruneses, peruanos y muchos más tienen problemas acumulados sin resolver: crisis económicas, corrupción, represión policial, fraude electoral, desempleo juvenil, restricciones a internet o sistemas de salud colapsados que no han sido prioritarios para los grandes medios internacionales antes de los estallidos.
La emergente movilización de la generación Z supone la globalización de la protesta juvenil, como un nuevo capítulo de la ola de 1968 o de las revueltas árabes de 2011. Los movimientos se envían aliento y solidaridad entre sí, aún cuando se manifiestan contra Gobiernos que no son aliados. El hartazgo juvenil es contra problemas locales, pero al ser problemas que están en todos lados lo vuelve un fenómeno global. Si la geopolítica predomina cada vez más en las cumbres internacionales, la calle también ha recordado algo más básico: la legitimidad no se sostiene sólo mirando hacia afuera, sino atendiendo al descontento interno.
Con el mundo convulsionado por la invasión rusa de Ucrania, la ofensiva de Israel en Gaza o el despliegue militar de Estados Unidos contra Venezuela, las protestas de la generación Z también son muestras de resistencia ante el retroceso democrático global. La apatía institucional en muchos países no implica que los jóvenes, muchas veces infantilizados, estén desconectados de la política y rechacen participar. Es la política la que se ha desconectado de las sociedades en los últimos años. Pero la juventud movilizada, ahora bajo símbolos y banderas de la generación Z, seguirá devolviendo sus demandas al centro del debate nacional e internacional.