El plan de China con la IA para derribar el oligopolio de Estados Unidos

Extracto del libro 'El regreso de China' (Península). Un análisis en profundidad sobre la carrera entre Pekín y Washington por hacerse con la hegemonía mundial
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El plan de China con la IA para derribar el oligopolio de Estados Unidos
Xi Jinping y Donald Trump durante un cumbre en Pekín en mayo de 2026 | BRENDAN SMIALOWSKI - POOL - AFP

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Jensen Huang observaba desde las oficinas de NVIDIA en Santa Clara cómo sus chips más avanzados —claves para la inteligencia artificial— se convertían en piezas de ajedrez geopolítico. A finales de 2022, los chips A100 y H100 fueron clasificados como tecnología sensible para la seguridad nacional. Washington trazaba una línea clara: eran componentes estratégicos y China no debía tener acceso a ellos.

La medida obligaba a NVIDIA a fabricar versiones capadas para el mercado chino, con capacidades reducidas para cumplir las restricciones estadounidenses. Pero la presión seguía aumentando. En octubre de 2023, el Departamento de Comercio decretaba la prohibición de esas versiones alternativas. La Administración Biden quería contener el ascenso tecnológico chino mediante el control del hardware fundamental de la inteligencia artificial.

Durante meses, parecía que la estrategia de bloqueo estadounidense funcionaba según lo previsto. Las empresas chinas luchaban por acceder a hardware alternativo menos eficiente. Los proyectos de IA más ambiciosos en territorio chino se vieron obligados a reprogramar sus cronogramas. Eran compañías estadounidenses, en gran parte con chips de NVIDIA, las que lideraron el desarrollo de la inteligencia artificial generativa, con sistemas como ChatGPT, Gemini o Claude.

Entonces llegó enero de 2025 y con él una sorpresa que sacudió los cimientos de Silicon Valley: DeepSeek, una startup china hasta entonces desconocida, presentaba el modelo R1. Conseguía alcanzar niveles similares a ChatGPT-4 con una fracción del coste.

El anuncio provocó un terremoto en los mercados: las acciones de NVIDIA cayeron casi un 18% ese día. Los inversores interpretaron que las barreras tecnológicas construidas por Washington no eran suficientes.

DeepSeek demuestra la capacidad china para innovar bajo presión y adaptarse a un entorno cada vez más restringido. La empresa entrenó su modelo con hardware menos avanzado y el que acaparó antes de las sanciones, sumado a mejoras de eficiencia en el uso de computación y en los procesos de entrenamiento. Sin embargo, esto se combinaba con la acusación de Anthropic y OpenAI: DeepSeek habría aprendido de sus modelos de forma no autorizada.

Esto forzó a la Casa Blanca a reconocer una realidad incómoda: las medidas de contención tecnológica pueden ser menos efectivas de lo esperado contra un adversario del calibre de China. Meses antes, Jake Sullivan, asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos, señalaba que el liderazgo de su país no está garantizado: si no actuaban con rapidez corrían el riesgo de “desaprovechar la ventaja que tanto esfuerzo les había costado obtener”.

La carrera será larga. El dominio chino en patentes de inteligencia artificial es abrumador por volumen. Más del 70% de todas las solicitudes globales de patentes en IA generativa desde 2014 provienen de empresas chinas. Gigantes como Huawei, Tencent y Baidu registran miles de patentes anuales, muchas concentradas en visión artificial, procesamiento de voz y tecnologías financieras.

Sin embargo, los números revelan una historia más matizada cuando se examina la calidad e impacto internacional. La mayoría de estas patentes chinas permanecen en territorio nacional. En el campo de las internacionales —aquellas registradas en múltiples países y que permiten establecer estándares globales—, Estados Unidos mantiene la delantera con aproximadamente el 20% de todas las patentes de IA, frente al 13% de China.

El patrón se repite en la investigación académica. China lidera en volumen —publicaciones y citas—, mientras que Estados Unidos mantiene una ventaja en los trabajos de mayor impacto.

Pese a los avances, la industria tecnológica china siguió enfrentándose a un obstáculo: la dependencia de los chips estadounidenses. La mayoría de los grandes laboratorios chinos continúa entrenando sus modelos sobre hardware de NVIDIA, incluso en versiones degradadas por las sanciones. Los chips de Huawei avanzan, pero todavía ofrecen menor ancho de banda de memoria, ecosistemas de software menos maduros y tasas de fallo más elevadas.

Esta brecha explica por qué ByteDance, Tencent o Baidu han recurrido a mercados paralelos o al uso de servidores en el extranjero para mantener la competitividad. China innova, pero lo hace en un sistema tecnológico cuyo núcleo sigue controlado por Silicon Valley.

Por eso Pekín pisa el acelerador: el nuevo Plan Quinquenal (2026-2030) sitúa la inteligencia artificial en el centro de su modelo económico y busca integrarla en sectores concretos: fábricas, hospitales, transporte o administración pública. El objetivo es doble: aumentar la productividad y reducir la dependencia de tecnología extranjera. Pêkín trata la inteligencia artificial como una herramienta para transformar toda la economía.

El cambio más importante está en la infraestructura. China está construyendo un sistema nacional de computación que conecta centros de datos, redes eléctricas y recursos digitales para distribuir capacidad de cómputo a gran escala. Esto se traduce en grandes centros de supercomputación que ponen esa potencia al servicio de empresas y administraciones en todo el país.

Es una respuesta a las restricciones estadounidenses. Si el acceso a los chips más avanzados es limitado, la alternativa es aprovechar al máximo los recursos disponibles y aumentar la capacidad total del sistema. Dado que el cómputo fija el techo de complejidad de los modelos y la velocidad de innovación, su acumulación y coordinación se convierte en un objetivo estratégico. Al organizarlo a escala nacional, China puede entrenar sistemas más avanzados, extender su uso en sectores clave y reducir su dependencia del exterior.

A la carrera en los laboratorios se suma otra dimensión: la difusión internacional de la tecnología. Esa expansión determina qué sistemas se convierten en estándar y, con ello, quién fija las reglas del juego. Por eso, en 2025, Estados Unidos y China dieron forma a la dimensión política con dos documentos concretos: el America’s AI Action Plan y el Plan de Acción Global para la Gobernanza de la Inteligencia Artificial.

El plan estadounidense refleja que están en una carrera estratégica que debe ganarse. Su objetivo es consolidar un ecosistema global basado en tecnología propia y evitar que otros desarrollen alternativas que reduzcan su ventaja. Para ello, combina desregulación interna con una política exterior orientada a exportar su tecnología a aliados y socios. La lógica es clara: cuantos más países operen sobre infraestructura, modelos y estándares estadounidenses, mayor será su capacidad para fijar las reglas del sistema.

China articula su propuesta con un enfoque distinto en las formas, pero similar en la ambición. Presenta la inteligencia artificial como un bien público global y promueve su desarrollo a través de cooperación internacional, construcción de infraestructuras y marcos multilaterales. La estrategia se dirige especialmente a países en desarrollo, a los que ofrece acceso a tecnología, financiación y capacidades digitales. A medida que estos sistemas se implantan, esos países integran sus economías en un ecosistema tecnológico donde China gana peso en la definición de normas.

De momento, esa competencia produce un mapa desigual. Estados Unidos domina los mercados avanzados, donde empresas como OpenAI, Google o Microsoft concentran los modelos más potentes y los servicios asociados. China sigue otra vía. Impulsa plataformas más accesibles —costes bajos, código abierto— y las distribuye junto a su propia infraestructura digital, desde redes de telecomunicaciones hasta servicios en la nube. DeepSeek ilustra bien esta estrategia: su modelo ha ganado terreno en países con menos acceso a soluciones occidentales, especialmente en África y parte de Asia.

Además, la inteligencia artificial se está convirtiendo en la columna vertebral de la nueva competencia militar. Su impacto se concentra en tareas como inteligencia, vigilancia, reconocimiento y coordinación operativa. Los ejércitos que integran estos sistemas pueden identificar objetivos antes, reaccionar más rápido y coordinar mejor sus fuerzas.

China ha incorporado esta lógica en su doctrina militar bajo el concepto de guerra inteligente. El objetivo es usar inteligencia artificial para coordinar drones en misiones de vigilancia, analizar datos recogidos por sensores distribuidos y cruzar información de distintas fuentes —satélites, radares o comunicaciones— para construir una imagen más precisa del terreno. También aplica estos sistemas a redes de vigilancia que monitorizan movimientos y patrones en tiempo real, lo que permite reaccionar con mayor rapidez ante cambios en el entorno.

Por su parte, Estados Unidos desarrolla aplicaciones similares con proyectos como Maven: revisar automáticamente horas de vídeo captado por drones y señalar posibles objetivos, una tarea que antes requería analistas humanos durante horas. En paralelo, el Pentágono aplica estos sistemas a la logística —anticipando cuándo fallará un motor o qué piezas necesitan mantenimiento— y a la ciberdefensa, donde detectan intrusiones en redes militares antes de que causen daños.

Las plataformas digitales son otro frente clave de la competencia tecnológica, porque canalizan la información que consumen millones de personas cada día. China controla gigantes como ByteDance, Baidu, Alibaba o Tencent, mientras Estados Unidos domina el ecosistema global con empresas como Google, Meta o Amazon. Cada uno opera en esferas parcialmente distintas, pero ambos utilizan el mismo instrumento: algoritmos que deciden qué contenido se muestra, a quién y con qué prioridad.

El caso de TikTok evidencia cómo funciona ese poder en la práctica. Su algoritmo selecciona y ordena vídeos en función del comportamiento del usuario, lo que le permite influir en qué temas se vuelven virales y cómo se forma la opinión pública. En Estados Unidos, esa capacidad generó los intentos de prohibición porque se percibe como un riesgo: no se trata solo de datos, sino de quién controla el flujo de información. Los algoritmos dejan de ser una herramienta comercial y pasan a ser un instrumento de influencia.

De momento, Estados Unidos lleva ventaja, pero las sanciones no han podido frenar a China. Cada nueva restricción tiene menos efectos que la anterior. Las empresas ya han aprendido a operar con menos recursos, han ajustado sus procesos y han desarrollado soluciones propias. Lo que al principio bloquea, después solo ralentiza. Ese es el problema de fondo para Washington: las sanciones siguen creando obstáculos, pero cada vez generan menos ventaja y, en paralelo, empujan a China a cerrar la brecha tecnológica más rápido.


El regreso de China. La batalla con Estados Unidos por el nuevo orden mundial (Península), de Juan Vázquez Rojo, doctor en economía y colaborador de El Orden Mundial, está disponible en librerías desde el 9 de septiembre.

Juan Vázquez

A Coruña, 1990. Doctor en Economía con mención internacional por la Universidad Camilo José Cela y estancia de investigación en la University of Utah de Estados Unidos. Profesor e investigador en la UCJC. Sus investigaciones se centran en temas vinculados a la economía política internacional, como la disputa tecnológica entre China y Estados Unidos, la hegemonía del dólar, la eurozona o la economía china.

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