La guerra de los chips
En enero de 2020, cuando Wuhan se confinó por la pandemia de covid-19, casi todo se paralizó en la ciudad china. Casi todo, menos una excepción crucial: la fábrica de Yangtze Memory Technologies Corporation. Esta empresa, principal fabricante de memoria NAND en China, siguió operando porque representaba algo fundamental para Pekín. Los líderes chinos estaban dispuestos a hacer cualquier sacrificio contra el coronavirus, pero no renunciarían a su mayor ambición: impulsar su industria nacional de semiconductores. Este episodio ilustra la centralidad de la guerra de los chips en las dinámicas geopolíticas actuales.
Los semiconductores se han convertido en el epicentro de la rivalidad entre China y Estados Unidos. De ellos depende prácticamente toda la tecnología moderna: desde ordenadores y teléfonos móviles hasta vehículos eléctricos, redes de telecomunicaciones e inteligencia artificial. En el ámbito militar, los chips más avanzados son determinantes para fabricar misiles guiados, drones armados y sistemas de radar. Controlar esta industria equivale a detentar la supremacía tecnológica, económica y militar del siglo XXI. En este episodio analizamos los aspectos técnicos, históricos y geopolíticos de este conflicto que marcará las próximas décadas.
Una industria concentrada en pocas manos
El problema de este sector tan crucial es su concentración extrema. Taiwán produce más del 60% de los chips del mundo y más del 90% de los más avanzados, principalmente a través de TSMC. Dos compañías surcoreanas —Samsung y SK Hynix— fabrican el 44% de los circuitos de memoria global. Y solo existe una empresa en el planeta capaz de producir las máquinas de litografía ultravioleta extrema indispensables para los semiconductores más sofisticados: la neerlandesa ASML. Esta dependencia de un puñado de actores convierte a la guerra de los chips en un tablero geopolítico extremadamente delicado.
La concentración geográfica añade vulnerabilidad al sistema. Si Taiwán, que alberga las fábricas más avanzadas del mundo, se viera envuelto en un conflicto armado, las cadenas de suministro globales colapsarían. Esta realidad explica por qué Estados Unidos ha dedicado enormes recursos a intentar relocalizar parte de la producción en su territorio, y por qué China invierte miles de millones en desarrollar su propia industria. Ambas potencias comprenden que quien domine los semiconductores dominará el futuro tecnológico.
De las fábricas de Taiwán a tu móvil: así funciona la industria internacional de los microchips
La batalla por el control tecnológico
Estados Unidos ha lanzado una ofensiva sin precedentes para frenar el avance chino en semiconductores. Las restricciones iniciadas en 2018 han escalado progresivamente, prohibiendo a empresas estadounidenses exportar chips avanzados y maquinaria de fabricación a China. En octubre de 2024, Washington amplió estas medidas para impedir que empresas extranjeras como TSMC vendan ciertos chips a compañías chinas. El objetivo es claro: ralentizar el desarrollo tecnológico y militar de Pekín.
China, por su parte, ha respondido con inversiones multimillonarias para reducir su dependencia externa. Aunque le resulta imposible alcanzar la frontera tecnológica a corto plazo —especialmente en inteligencia artificial y centros de datos—, está avanzando en sectores como los vehículos eléctricos, donde los requisitos técnicos son menores. El caso del Huawei Mate 60 Pro en 2023 demostró que, pese a las sanciones, China puede producir chips avanzados para su mercado interno. Sin embargo, las limitaciones persisten: inversiones ineficientes por presiones políticas locales y proyectos fallidos como la fundición HSMC revelan las debilidades estructurales del modelo chino.
El futuro de esta confrontación definirá el orden internacional. TSMC ha anunciado inversiones de 100.000 millones de dólares en plantas estadounidenses tras las amenazas arancelarias de Trump. Estados Unidos adquirió el 10% de Intel para impulsar su fabricación nacional, mientras Nvidia invierte en diversificar su producción. Europa, con fortalezas como ASML y el centro de investigación IMEC en Bélgica, busca también su espacio mediante la Ley de Chips de 2023. Estos movimientos muestran cómo la industria construida sobre la globalización se transforma hacia un modelo proteccionista y fragmentado. La guerra de los chips no es solo tecnológica: es la batalla que determinará quién lidera el siglo XXI.
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