Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo y las octavas más cuantiosas de gas. Sin embargo, la producción de petróleo crudo del país ha ido menguando en los últimos años hasta alcanzar en 2020 los 570.000 barriles al día, el dato más bajo de los últimos sesenta años, según datos de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEC).
La razón de ese parón no es ni mucho menos el agotamiento de unas reservas que parecen no tener fin. En su lugar, y dejando a un lado la pandemia, ha sido la tensa relación que ha mantenido el Gobierno de Estados Unidos con el régimen chavista en los últimos años y en especial las sanciones impuestas en 2019 —como represalia por las elecciones presidenciales de 2018— las que han forzado a las autoridades bolivarianas a aflojar la marcha.
Sin embargo, la invasión rusa de Ucrania puede marcar un punto de inflexión en un momento en el que la asfixia estadounidense y el progresivo abandono de los combustibles fósiles amenazaba con echar por tierra el modelo económico venezolano. Y es que, tras prohibir la importación de hidrocarburos rusos, Washington ha comenzado a mirar con otros ojos las reservas de Venezuela, una alternativa que podría contribuir a estabilizar el precio del petróleo y aislar aún más a Moscú.
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