Con 214 millones de habitantes y un PIB cercano a los 1,8 billones de dólares —similar al de Rusia—, Brasil es la gran potencia de América Latina, donde lidera desde hace años los indicadores macroeconómicos más importantes. Este dinamismo y crecimiento, muy asentado en la explotación de recursos naturales, ha conseguido impulsar el desarrollo del país durante las últimas décadas, aunque no ha acabado con uno de sus problemas más acuciantes, el paro.
De forma sistemática, Brasil se sitúa por encima del resto de tasas de desempleo que se registran en Latinoamérica. Y lo hace con un alto grado de desigualdad a lo largo de su territorio, con algunas regiones que sufren mucho más que otras la falta de trabajo.
Así se puede comprobar en los datos cuatrimestrales que publica el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, que muestran un país dividido en dos realidades muy distintas: el norte y noreste del país —especialmente su zona costera— son regiones más deprimidas donde las tasas de paro superan ampliamente la media nacional, que en el último trimestre de 2022 se sitúo en el 7,9%. En los estados del sur, por contra, hay numerosos territorios que rozan el pleno empleo, zonas con mucho mayor desarrollo y oportunidades laborales.
La elevada tasa de desempleo en estados como Bahía (13,5%), Pernambuco (12,3%) o Amapá (13,3%), todos situados en el noreste, se debe principalmente al estancamiento económico que impera en estas regiones, donde gran parte de la población se enfrenta a un círculo vicioso y persistente de pobreza, marginación y exclusión estructural de la economía nacional.
Estas regiones, donde se concentra la población negra y afrodescendiente del país, se caracterizan por un sistema educativo con mucha menos penetración, algo que se traduce en tasas de analfabetismo que superan el 12% en gran parte de los estados costeros del noreste. A esto se une el abandono continuado que ha practicado el Estado brasileño en estos territorios, donde hay pocas infraestructuras de transporte público y la falta de inversión es habitual.
Las regiones del sur de Brasil, por su parte, están mucho más desarrolladas y reciben gran parte de los beneficios que genera la ganadería, la agricultura y los recursos naturales, especialmente los vinculados a la minera. Estados como Río Grande del Sur, Santa Catarina o Mato Grosso del Sur están cerca del pleno empleo con tasas de paro por debajo del 5%, mientras que otros como Paraná, São Paulo o Minas Gerais se sitúan claramente por debajo e la media nacional.
Estas zonas cuentan con redes de transporte y comunicación más consolidadas, tienen mejores índices educativos y un mayor grado de industrialización y presencia empresarial. Solo un estado del sur no comparte la dinámica laboral que se registra aquí: Río de Janeiro, donde los bajos salarios y la informalidad empujan la tasa de paro hasta el 11,4%.
Pese a que en los últimos meses la situación laboral ha mejorado sustancialmente en el país —a comienzos de 2021, cunado el coronavirus azotaba el país, la tasa de paro rozaba el 15%—, la brecha territorial en el acceso al empleo se mantiene como una de las grandes constantes en el mapa de Brasil y refleja sus propias dinámicas como país, uno de los más desiguales de América Latina,






