España y turismo van de la mano. Desde que en los años sesenta el régimen franquista encontrara en el turismo la baza para la mejora económica y la apertura del país, el número de visitantes internacionales no ha hecho más que aumentar año a año, hasta alcanzar el récord de 94 millones de visitantes en 2024 y un peso del sector en el PIB del 13,4%.
Las costas españolas, especialmente las islas y el Levante, son el plato fuerte de la industria turística española, con Canarias, Baleares y Barcelona acumulando el 62% de las pernoctaciones extranjeras. Pese a esto, la herencia histórica y cultural de otras zonas del país, con multitud de ciudades Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, atraen a cada vez más visitantes.
En 2020, la pandemia de coronavirus supuso un punto de inflexión en el sector, que sufrió una caída de unos 60 millones de visitantes. Desde entonces, España ha aumentado de forma exponencial la llegada de turistas hasta rozar los 100 millones de turistas internacionales, solo por detrás de Francia.
España: la potencia mundial del turismo se enfrenta a su propio éxito
El turismo no es solo una actividad económica: es un fenómeno geopolítico, que implica relaciones externas con los países emisores de visitantes y tensiones internas derivadas de la organización territorial, la estacionalidad y los problemas sociales vinculados al modelo turístico español.
Al depender en gran medida de las costas, el turismo en España está muy concentrado en los meses de verano, los más fuertes de la temporada. Sin embargo, la estacionalidad no es única de las playas: otros activos como los parques temáticos también son recintos de temporada. Aunque en Europa el sector de los parques lo domina el gigante de Walt Disney, España también cuenta con dos parques entre los más visitados de la región: el Parque Warner, en Madrid; y Port Aventura World, en Salou. A estos se suman otros como el acuático Siam Park de Tenerife o Terra Mítica, en Benidorm.
El mapa turístico español presenta, de tal forma, un marcado contraste entre un Mediterráneo saturado, un interior culturalmente relevante pero menos explotado más allá de los grandes centros urbanos y un norte en auge gracias al nuevo empuje del turismo rural.
En el interior del país, las ciudades, entre ellas Madrid, la capital, o urbes del interior de Andalucía, como Sevilla, Córdoba o Granada, señas de identidad del folclore y la cultura del país muy reconocibles en el extranjero, concentran al turista.
En el norte, especialmente en la cornisa cantábrica y los Pirineos, predomina el turismo vinculado a la naturaleza, el senderismo o los deportes de invierno, como el esquí. Además, peregrinaciones como el Camino de Santiago —que atrae a casi medio millón de peregrinos al año— impulsan la economía de las pequeñas localidades que atraviesan sus distintas ramificaciones.
A pesar del tirón del Mediterráneo, es el norte de España el que está experimentando ahora un nuevo crecimiento, con campañas publicitarias centradas en el turismo rural de la mano del interés por la sostenibilidad y el turismo más alejado de las masas. Aunque nada tiene que ver con las cifras del turismo clásico del sol y la playa, regiones como Asturias han registrado un crecimiento del turismo internacional en los últimos años.
Más allá del sol y playa, el país es el quinto, tras Italia, China, Alemania y Francia, que cuenta con más bienes declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, con un total de 50 lugares. De ellos, 15 ciudades españolas que cuentan con el título de Ciudades Patrimonio de la Humanidad, como Mérida, Santiago de Compostela, Alcalá de Henares o Segovia, lo que hace de España el país con más ciudades galardonadas con esta distinción.
El modelo turístico español, sin embargo, arrastra problemas estructurales que tienen profundas implicaciones geopolíticas internas. Uno de los más relevantes es la estacionalidad: la concentración de la actividad en los meses de verano genera una fuerte dependencia de las temporadas altas, creando a su vez una gran capa de empleo temporal y precario. De hecho, el peso del turismo en el empleo es del 12,9%, el tercero más alto de la OCDE.
España, entre los países con más trabajadores en el sector del turismo
A esta debilidad se suma la fuerte dependencia global del turismo: al representar más del 13% del PIB, cualquier crisis externa afecta de forma inmediata a la economía nacional. La pandemia de coronavirus evidenció esa vulnerabilidad. Aunque la recuperación fue rápida, el episodio puso de relieve hasta qué punto España se encuentra expuesta a factores externos que escapan a su control.
En el plano social, el turismo ha generado tensiones cada vez más visibles. El auge de las plataformas de alquiler turístico como Airbnb ha derivado en una crisis habitacional en ciudades como Barcelona, Málaga o Valencia, donde los precios de la vivienda se han disparado y la población local se ve desplazada por la presión del alquiler a corto plazo. Este fenómeno ha desembocado en episodios de turismofobia, con manifestaciones y protestas vecinales contra la masificación y la pérdida de calidad de vida. Además, la sobreexplotación de recursos en zonas sensibles, como las reservas hídricas de Baleares o las costas mediterráneas, plantea un desafío medioambiental adicional que cuestiona el modelo.
Frente a estos problemas, en la última década se han puesto en marcha varias campañas para reequilibrar el mapa turístico español, con más protagonismo del interior del país. El turismo cultural y de eventos —como festival de cine de Málaga—, o los congresos y ferias internacionales —como el Mobile World Congress de Barcelona o FITUR en Madrid— se presentan como otra vía para diversificar la oferta más allá del ocio estival.
La masificación y problemas asociaciones como la crisis de vivienda demuestran que la estrategia basada en precios bajos no es sostenible en el largo plazo. Su futuro dependerá de la capacidad para diversificar la oferta y gestionar sus impactos sociales, alineando la experiencia turística con la imagen internacional de España como potencia cultural, innovadora y comprometida con la sostenibilidad.
Tan expertos en mapas que sois, deberíais saber que desde los años 90, no se puede situar a Canarias debajo de Baleares
Tampoco se reflejan las rutas de cruceros en las Islas Canarias.
¿Dónde está reflejada la peregrinación al Rocío?