A pesar de su reducido tamaño y su casi total aislamiento, el mar Negro, que separa Europa oriental de Asia occidental y conecta con el mar Egeo y el Mediterráneo a través del mar de Mármara, es un entorno clave para los países que lo rodean. La invasión rusa de Ucrania en 2022 es el mayor ejemplo de ello.
Actualmente son seis los países con reconocimiento internacional que bordean este mar: Turquía, Bulgaria, Rumanía, Ucrania, Rusia y Georgia. Además, Moldavia, Armenia y Azerbaiyán también figuran entre los principales actores de la zona, así como Grecia e incluso Albania.
El matiz de reconocimiento internacional es importante, ya que existen dos regiones —Abjasia y Donbás— que funcionan como territorios independientes de facto dentro de sus propios países —Georgia y Ucrania, respectivamente— pero que no cuentan con el respaldo de la comunidad internacional. Aun así, son dos Estados satélites rusos en tanto que Moscú es su referente y mayor aliado. Lo mismo ocurre con Transnistria, la franja moldava que cae al este del río Dniéster, y Osetia del Sur, también en Georgia.
Tradicionalmente, el mar Negro ha tendido puentes entre las rutas comerciales de Europa y Asia, y ha sido aprovechado especialmente para el tránsito de recursos energéticos procedentes del mar Caspio.
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También ha servido de punto de confrontación entre grandes civilizaciones, como Grecia, Roma o Bizancio, y ha sido objeto de deseo de los imperios persa, otomano y zarista. Más recientemente tensó las relaciones entre la OTAN y los países del Pacto de Varsovia, aunque salvo en el sur y los estrechos dominados por Turquía, la Unión Soviética ejerció una posición dominante.
La historia cambió, claro, con el colapso soviético de 1991 y la incorporación de Rumanía y Bulgaria a la OTAN en 2004. Ucrania, Georgia y Moldavia, a pesar de encuadrarse dentro de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), también comenzaron a mirar más hacia el oe...