La curva de precios del aceite de oliva virgen extra en España es prácticamente vertical: en apenas medio año, el importe en origen —el que se paga a los productores y agricultores— ha aumentado un 37% hasta situarse por encima de los siete euros el kilo, según datos del Ministerio de Agricultura, un récord histórico que sin embargo se ve superado semana a semana. Mientras, en los supermercados el litro ya supera los 10 euros.
Algunas de las causas de esa escalada de precios están en el campo español, donde las malas cosechas se han sumado a la subida de costes que han tenido que afrontar los agricultores. Pero hay problemas que superan las fronteras y que están impactando de pleno en el producto por excelencia del Mediterráneo, que registra una inflación muy superior a la del resto de alimentos.
La crisis del aceite de oliva español es en realidad una crisis encadenada: al desajuste entre oferta y demanda que se produjo tras la pandemia y la crisis de suministro le siguió la crisis energética, que aumentó los costes de envasado, distribución y, sobre todo, abonado, ya que para la producción de fertilizantes se utiliza gas natural.
A esta se sumó la invasión de Ucrania, que en un primer momento descontroló los precios del aceite de girasol ―Ucrania era el principal productor― y aumentó la demanda del de oliva. Rusia y Ucrania eran el granero del mundo antes de la guerra, pero la militarización del mar Negro taponó la mayor parte de esas exportaciones e intensificó la presión sobre todos los cereales en su conjunto, especialmente el trigo.
A los acontecimientos internacionales hay que añadir la intensa sequía que arrastra España desde hace varios años. 2022 fue de hecho el año más caluroso desde que hay registros en el país y la producción de aceite de oliva se redujo casi a la mitad en la última campaña. Y si la oferta baja pero la demanda se mantiene, el aumento de precios comienza su escalada.
Ese desequilibrio es especialmente difícil de gestionar porque España concentra el 44% de la producción y el 59% de la exportación mundial de aceite de oliva, según estimaciones del Consejo Oleícola Internacional, por lo que hay pocos productores que puedan suplir ese suministro. El mayor competidor de España es de hecho Italia, que solo produce el 10% y también importa grandes cantidades de aceite español.
¿Quiénes son los principales afectados por toda esta situación? En general, son los hogares los que están cargando casi en exclusiva con una subida de precios que afecta de lleno en la cesta de la compra. Tanto la agricultura como el sector de la alimentación han mantenido prácticamente intacto su margen de beneficios durante la espiral inflacionista, que ya dura cerca de dos años.
En cuanto a los proyecciones a futuro, lo más probable es que el alza en los precios del aceite de oliva virgen extra continúe ante la falta de lluvias y se prevé incluso que pueda alcanzar los doce euros por kilo en la primavera de 2024. Ante este panorama, los consumidores están reduciendo sus compras de aceite de oliva ―en España el consumo internó cayó un 51% en el primer semestre de 2023― y virando hacia aceites más baratos.
Esa es en realidad la gran preocupación: que la escalada de precios convierta el aceite de oliva en un producto de lujo y se vea desplazado de forma permanente por otras grasas en las cocinas de los hogares mediterráneos. Los hábitos gastronómicos se transforman de forma muy paulatina, pero varios años de precios desorbitados y la cada vez más asfixiante amenaza del cambio climático pueden acabar reservando el aceite de oliva virgen extra únicamente para caprichos ocasionales.
