Trigo, vid y olivo. La tríada mediterránea se originó hace varios miles de años en el Creciente Fértil, una región histórica del Levante mediterráneo y Mesopotamia. Posteriormente, su cultivo alimentó la expansión militar y comercial de griegos y romanos, y el cristianismo los popularizó allá donde viajó el Evangelio. No es casualidad que los tres alimentos sean sagrados para la Iglesia cristiana, que nació en el Mediterráneo.
Siglos después, el trigo, el aceite y el vino se han convertido en productos universales. Más allá de abstinencias religiosas, no hay cocinero que no haya sucumbido a su uso ni civilización que haya desdeñado su producción o comercio. Solo en el caso de uno de ellos, sin embargo, el mercado sigue estando prácticamente monopolizado por los países mediterráneos: el aceite de oliva.
Según estimaciones del Consejo Oleícola Internacional, el 96% de la producción de la campaña 2021/22 provino del litoral mediterráneo, que por el contrario solo supuso el 63% del consumo mundial. Es por lo tanto el proveedor global del conocido como oro líquido, un producto cada vez más apreciado en América y Asia.
El gran dominador del mercado es España, que pone en circulación el 44% del aceite de oliva del mercado y cuyo índice de precios, actualizado semana a semana por el Ministerio de Agricultura español, sirve de referencia para todo el sector. Y todo gracias al agua: el olivar es el grupo de cultivo con mayor superficie regada en España con el 23% del total, desplazando por primera vez a los cereales en 2022. Sin esa inversión hídrica, la producción española sería mucho más discreta.
Su gran competidor es Italia, que apenas produce el 10% del aceite de todo el mundo pero consigue venderlo a un precio más elevado gracias a la fama de la que goza en el mercado internacional. No en vano, es el Estado miembro con más denominaciones de origen de aceite de oliva en la Unión Europea.

El país transalpino es también el primer importador de aceite de oliva del mundo, en su mayoría procedente de España. Pero en muchas ocasiones esas compras vuelven a cruzar la frontera italiana para ser revendidas a mayor precio fuera de la Unión Europea.
En los últimos años, sin embargo, los países mediterráneos han dejado de mirar al exterior para centrarse en el abastecimiento de sus propios mercados. Falta aceituna y el precio del aceite virgen extra se ha disparado desde 2021. En España, concretamente, se ha triplicado hasta superar los siete euros por kilo a mediados de julio de este año.
La guerra de Ucrania y la crisis energética han aumentado los costes de envasado y distribución y la sequía redujo a la mitad la cosecha de la temporada pasada. Para la próxima campaña los pronósticos tampoco son halagüeños, por lo que es de esperar que el precio del aceite de oliva siga aumentando en los próximos meses.

Mientras tanto, los consumidores europeos están reduciendo el uso de aceite o sustituyendo el de oliva virgen extra por alternativas más asequibles como el aceite de oliva refinado o el de girasol. Lo que no consiguieron los bárbaros ni la industrialización de la comida con el aceite de palma o coco puede acabar provocándolo el cambio climático: el aceite de oliva tiene en el calentamiento global y la falta de lluvias su principal amenaza.
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