Trigo, vid y olivo. La tríada mediterránea se originó hace varios miles de años en el Creciente Fértil, una región histórica del Levante mediterráneo y Mesopotamia. Posteriormente, su cultivo alimentó la expansión militar y comercial de griegos y romanos, y el cristianismo los popularizó allá donde viajó el Evangelio. No es casualidad que los tres alimentos sean sagrados para la Iglesia cristiana, que nació en el Mediterráneo.
Siglos después, el trigo, el aceite y el vino se han convertido en productos universales. Más allá de abstinencias religiosas, no hay cocinero que no haya sucumbido a su uso ni civilización que haya desdeñado su producción o comercio. Solo en el caso de uno de ellos, sin embargo, el mercado sigue estando prácticamente monopolizado por los países mediterráneos: el aceite de oliva.
Según estimaciones del Consejo Oleícola Internacional, el 96% de la producción de la campaña 2021/22 provino del litoral mediterráneo, que por el contrario solo supuso el 63% del consumo mundial. Es por lo tanto el proveedor global del conocido como oro líquido, un producto cada vez más apreciado en América y Asia.
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