El reloj vital de América Latina fue el que más sufrió del mundo durante el tiempo marcado por el COVID-19. Desde entonces, los países latinoamericanos se han ido recuperando de la caída en años de vida que supuso la pandemia hasta alcanzar en 2024 una esperanza de vida media de 76 años. Aunque los pronósticos para la región son positivos, la brecha entre el Estado más longevo, Chile, y el que menos vive, Haití, es de más de tres lustros.
A pesar de que la diferencia en la esperanza de vida entre continentes sigue siendo pronunciada —en Europa que ya supera los 80 años de media—, la región de América Latina y El Caribe se viene caracterizando por una rápida transición demográfica. A nivel mundial, la esperanza de vida ha aumentado en más de 20 años desde 1960, gracias a los avances en la ciencia y la medicina, la mejora de las condiciones de vida, alimentación e higiene y consecuente descenso de la mortalidad.
En el caso latinoamericano, a la altura de 1960 la esperanza de vida era de 54,7 años, cerca de dos décadas menos que en la actualidad. Su evolución ha ido de la mano con cambios paralelos en las tasas de fecundidad, que han caído de un promedio de 5,8 hijos por mujer a 1,8 en 2024. No obstante, estos avances no se han producido de la misma manera en todos los países que componen la región, sino que se trata más bien de un puzle de piezas heterogéneas donde la mortalidad, la fecundidad y la esperanza de vida reaccionan a cuestiones internas.
La esperanza de vida en Chile supera los 81 años, posicionándose como el país donde más tiempo se vive de media en la región. El Estado costero es también el que mayor índice de desarrollo humano presenta de Latinoamérica y cuenta con altas tasas de vacunación infantil, una baja mortalidad infantil y un porcentaje de casi el 100% de partos asistidos por personal cualificado.
En la otra cara de la moneda está Haití. La esperanza de vida de los haitianos, de tan solo 65 años, ha estado marcada por episodios de fuertes caídas. El terremoto que asoló la isla en 2010 tuvo consecuencias catastróficas para su población no solo a nivel inmediato sino en sus proyecciones: cuando el pequeño país ya superaba los 60 años de media, el seísmo derrumbó tanto edificios como esperanza de vida, bajando hasta los 45 años.
Haití ha ido recuperándose despacio demográficamente porque en cuestión de una década también ha tenido que hacer frente a la crisis sanitaria del coronavirus, un factor que ha afectado a toda la región. El COVID-19 supuso un retroceso de 3 años y medio en la esperanza de vida de América Latina. Según el Observatorio Demográfico de CEPAL, de 2019 a 2021 hay un profundo pico que supuso un retroceso a los valores de 2003, es decir, un viaje de dieciocho años al pasado.
La mortalidad provocada por la pandemia se entrelaza con otros factores internos que provocan los dispares valores de la región. En el caso de Bolivia, que es el Estado suramericano con menos esperanza de vida y el segundo por detrás de Haití si se incluye el Caribe, la recuperación desde 2022 ha sido positiva y se han reducido muchos indicadores que limitaban su crecimiento, pero la mortalidad materna e infantil sigue siendo muy alta. Por ejemplo, la tasa de mortalidad materna boliviana es de 160 mujeres por cada 100.000 nacidos vivos, mientras que la de Uruguay es tan solo de 15 muertes maternas.
Otro de los motivos que condicionan en gran medida la esperanza de vida es el acceso al sistema sanitario y su volumen de financiación. Cuba, con una esperanza de vida de más de 78 años, es el país de las dos Américas que más gasto público invierte en salud, con porcentajes que varían entre el 12,6% y el 14% según el año. Por el contrario, Venezuela dedica solo el 1,4% de su presupuesto a la sanidad.
En el caso de El Salvador, no se trata de la poca inversión en salud —con un 6,6% de gasto público en salud es de los países que más invierte de la región, por detrás de Cuba, Uruguay y Colombia—, sino de una mezcla de indicadores sociales como el bajo índice de desarrollo humano y la mortalidad, que a pesar de haber disminuido mucho en los últimos 50 años, es en un 37% más alta que la de la media de la región.
Más allá de métricas nacionales, Puerto Rico es el territorio con más esperanza de vida de la región, rozando los 82 años. El Estado libre asociado a EE.UU. es además el segundo territorio más longevo de las dos Américas, solo por detrás de Canadá por unas pocas décimas. Estos valores coinciden también con los de fecundidad, pues es uno de los territorios del mundo donde menos hijos se tiene por mujer (1,2), una cifra muy similar a la de la Unión Europea.








