“Sentí que vivía por primera vez”. Con esta frase, el escritor y oficial francés Pierre Loti inmortalizó el momento en el que vio los minaretes de Estambul desde el Cuerno de Oro en 1876. Aquella sensación quedaría plasmada en Aziyadé, una célebre novela autobiográfica en la que narra su romance con una joven circasiana y donde la ciudad otomana se convierte en un personaje más, lleno de misterio, sensualidad y melancolía.
La sensación descrita por el viajero al descubrir un paisaje tan diferente al que está acostumbrado por primera vez ha sido común en muchos escritores. Lord Byron, quien tuvo que escapar de la gris Inglaterra de principios del siglo XIX perseguido por escándalos sexuales y fiscales, afirmó que “viajar no era un impulso, sino una habilidad, como el acto de respirar”. Se dice que el inglés pronunció esta frase al contemplar Grecia bajo el sol refulgente del Mediterráneo y decidió que quería ser parte de aquel paisaje. Quería mimetizarse con él para dejar de vivir en sí mismo. Y lo fue hasta el punto de participar en la guerra de independencia de Grecia contra el Imperio otomano (1821-1830), en la que acabaría muriendo.
No es casual que, en una época en la que los viajes y la literatura comenzaban a entrelazarse, apenas encontremos nombres de mujer entre los grandes referentes del género. Muchas viajeras escribieron bajo pseudónimo o lo hicieron a la sombra de sus maridos militares, diplomáticos o burgueses en busca de no se sabe muy bien qué, relegadas al papel de acompañantes. Por eso, hasta bien entrado el siglo XX, el relato de viaje permaneció dominado por miradas masculinas.
Muchos viajan para escapar y salir de sí mismos, aunque no todos han vivido el mismo nivel de devoción de Byron por el nuevo paisaje. Sin embargo, muchos han sentido el afán de contar lo que han visto, oído y sentido. Sus testimonios retratan a menudo una visión occidentalista y romantizada de Oriente que exalta lo exótico y pasa por alto las dificultades de esas sociedades. Ese retrato nos llegó quizás adulterado, pero no menos que el que nos llega ahora a través de los filtros de las redes sociales y de los resorts all inclusive.
Todos estos escritores viajaron con apenas tres mudas en la maleta, sin teléfono y sin hablar siete lenguas, con el tiempo y la tranquilidad de las que raramente disponemos hoy en día. Los libros que recomendamos a continuación giran alrededor del viaje como inicio y final, como pérdida y descubrimiento, pero también como guía didáctica para el futuro viajero o para el que simplemente busca soñar sin moverse de la terraza o el salón de casa. Porque se puede viajar como muchos lectores este verano como estos mismos autores, o se puede hacer leyendo sus relatos que nos llevan a otra época y de paso nos enseñan algo de historia.
1. Todos los caminos están abiertos, de Annemarie Schwarzenbach (Minúscula)
Todos los caminos están abiertos ha marcado el género tanto por el momento histórico en el que se desarrolla el viaje como por su autora, una pionera sobre cuya vida se han publicado varias biografías. Agotada y asustada por la guerra que asola Europa, Annemarie Schwarzenbach, hija de uno de los empresarios más ricos de Suiza, emprende un viaje existencial en 1939 con un Ford desde Ginebra junto a su mejor amiga Ella Maillard hacia Oriente. El recorrido las llevará por Irán y Afganistán hasta detenerse frente a la imponente cordillera del Hindu Kush.
La mirada de Schwarzenbach, a diferencia de otros viajeros occidentales de su época, evita la condescendencia y se detiene en los matices de cada escena. Los que la conocieron la describen como una persona solitaria, atormentada por sí misma y enamorada de su compañera de viaje. Su intensidad vital se filtra en sus crónicas donde Afganistán apetece como un lugar remoto, casi bíblico, de grandes explanadas polvorientas y cuya desolación está expuesta por una luz violenta que lo muestra todo con claridad. Pese a lo épico de su viaje, resulta irónico saber que una mujer que cruzó medio mundo y una Europa en guerra, acabó muriendo tras una aparatosa caída de su bici en Ginebra de la que nunca se recuperó.
2. El gran bazar del ferrocarril, de Paul Theroux (Alfaguara)
Paul Theroux es un referente de la literatura de viajes del siglo XX. Uno puede conocer la historia, las costumbres o los detalles más ínfimos de casi todos los continentes a través de los quince libros publicados por el estadounidense hasta la fecha. Con su irónica mirada ha puesto bajo la lupa el sur de Estados Unidos, África, México, China, América del Sur o el Mediterráneo. Sin embargo, su obra magna es El gran bazar del ferrocarril. El título ya nos da una idea de la forma de viajar de este gran escritor: el tren. Su lentitud y transporte a ras de suelo nos brinda una manera única de contemplar el paisaje y conocer a autóctonos y viajeros que suben y bajan en cada estación, desde aldeas en la selva hasta grandes metrópolis.
El gran viaje de este bazar que es el tren es el que Theroux hace en los años setenta, proponiéndose viajar desde la estación de Waterloo en Londres hasta Tokio Central y volver desde la ciudad rusa de Vladivostok con el legendario Transiberiano. El resultado es tan apabullante como difícil de digerir por la riqueza de gentes y paisajes que se amontonan en sus páginas. Los trenes son más que un medio de transporte, son una representación de cada país, su sociedad y sus conflictos que se reflejan a través de su separación de clases, servicios, vagones restaurante, moquetas y personajes de todo tipo.
3. En la Patagonia, de Bruce Chatwin (Península)
Un libro fundamental para el aficionado a la literatura de viajes. La narración, como es habitual en el género, suele iniciarse en otro escenario al que después se describe. En el caso de Chatwin se sitúa en casa de su abuela, cuando el pequeño Bruce descubre un trozo de piel de brontosaurio supuestamente encontrado en una cueva patagónica. El objeto provoca la obsesión del escritor por viajar a la Patagonia y a la vez es el leitmotiv que une los dramáticos paisajes de Ushuaia, en la punta sur de Argentina, donde conoceremos infinidad de personajes. Desde galeses que cuidan ovejas y un pianista solitario hasta una enfermera rusa y bandidos que buscan refugio en el fin del mundo.
4. El tiempo de los lirios, de Vicente Valero (Periférica)
Valero va tras los pasos de san Francisco de Asís en la región de Umbría, en Italia, buscando sus orígenes burgueses y su rebeldía para hacer del mundo un lugar más sencillo al predicar una forma de vida más austera. Cada capítulo sigue una jornada de ese recorrido, entre iglesias, pueblos y conversaciones casuales con frailes o camareros, mientras el autor nos ayuda a construir una imagen de aquel hombre hecho santo. Mientras buscamos las huellas del fundador de la orden franciscana, nos sentamos en buenos restaurantes y degustamos platos típicos de Umbría porque, como san Francisco, Valero no ha venido al mundo a sufrir. Así pues, El tiempo de los lirios también se convierte en una guía paisajística y gastronómica de estas colinas italianas que ya cautivaron a Goethe, Herman Hesse o Simone Weil. Más allá de la figura del santo, el libro es una disidencia de la vida frenética, de la velocidad y de la falta de asombro del mundo actual.
5. Unico grande amore, de Toni Padilla (Panenka)
Nos quedamos en el país transalpino, con una recomendación diferente que trae David: “Un libro imprescindible para quienes sienten fascinación por Italia o desean conocerla. A través de un viaje por todo el país, Toni Padilla traza un relato que combina fútbol e historia, deteniéndose en cada lugar para contar episodios que van mucho más allá de lo que sucede en el césped. Entre anécdotas y recuerdos, el lector descubre las claves políticas, sociales y económicas que han marcado la construcción nacional de Italia. Su mirada original convierte esta obra en una lectura esencial.
6. Viajes con Heródoto, de Ryszard Kapuściński (Anagrama)
Lo recomienda Blas: “En los años cincuenta, Ryszard Kapuściński todavía no era el célebre reportero que conocemos hoy en día, sólo un primerizo que aún no había salido de su Polonia natal. Cuando pide que le asignen alguna cobertura en el extranjero, confiando en que le destinarán a otro país del convulso Pacto de Varsovia, su jefe le sorprende enviándolo a la India. Kapuściński narra aquí algunos de sus primeros viajes con la inocencia de quien nunca había salido al mundo, y los hilvana con las narraciones del considerado primer reportero de viajes de la historia, el griego Heródoto, al que Kapuściński llama “maestro”. Distinto de sus habituales relatos sobre los conflictos de la Guerra Fría, y libre de las polémicas sobre la veracidad de otros textos, este es un libro delicioso que combina la mejor literatura de viajes con el cariño por los clásicos griegos.
7. La Odisea, de Homero (Verbum)
La Odisea es, quizás, la biblia del género de la literatura de viajes. Un viaje de regreso de Ulises tras participar en la guerra de Troya que se alarga mucho más de lo debido por el Mediterráneo oriental. En el camino, el héroe griego se enfrenta a cíclopes, sirenas, dioses vengativos y todo tipo de obstáculos mitológicos que amenazan con no hacerlo regresar a casa nunca más. Considerada una obra fundacional de la literatura occidental, La Odisea ha marcado el relato de aventuras, la figura del viajero como protagonista y la idea misma del viaje como transformación del cuerpo y del alma. Además de su dimensión mítica, esta obra puede leerse como un extenso reportaje sobre la navegación, la resistencia, el deseo, la memoria y, sobre todo, el anhelo de regresar.







Qué recomendaciones tan interesantes!
A propósito de mujeres viajeras y exploradoras os recomiendo “Mi viaje a Lhasa” de Alexandra David-Neel, primera europea que logró visitar la capital del Tíbet en 1924. Muy chulo.
Desde una óptica diferente, es muy interesante leerse “Japón inexplorado” de Isabella Bird, una británica que realizó un viaje por el centro y oeste de Japón, incluida Hokkaido, en 1978. Es muy curioso ver (con su manera de mirar) cómo era la sociedad japonesa de la era Meiji.