Geopolítica Europa Oriente Próximo y Magreb

El renovado interés de la OTAN en el Mediterráneo

El renovado interés de la OTAN en el Mediterráneo
Fuerzas croatas, italianas y británicas en un ejercicio conjunto. Fuente: NATO.

Desde hace al menos una década la región del Mediterráneo ha cobrado un renovado interés para la OTAN, que la considera hoy un punto estratégico para varias de sus operaciones y asociaciones con otros países. Los conflictos surgidos tras las revoluciones árabes de 2011, la creciente presencia rusa en el Mediterráneo oriental y el hallazgo de importantes reservas de gas son solo algunos de los intereses que empujan a la OTAN a crear una estrategia regional que no logra asentarse del todo.

Las razones para que la OTAN preste cada vez más atención al Mediterráneo, el denominado flanco sur, no son pocas. Nueve miembros de la Alianza se bañan en estas aguas: Francia, España, Italia, Grecia, Turquía, Eslovenia, Albania, Croacia y Montenegro. Malta y Chipre, aunque no son Estados miembros, poseen el estatus de socios. Además, por este mar cruzan buena parte de los recursos energéticos consumidos en Europa y una parte importante del comercio mundial.

¿Quieres recibir contenidos como este en tu correo?

Apúntate a nuestro boletín semanal

Por último, los países árabes de la orilla sur suponen una puerta de entrada al Sahel, una región que ya se califica como el próximo Afganistán por la proliferación de grupos terroristas e inestabilidad que está viviendo. No obstante, la falta de unidad entre los miembros de la OTAN y la descoordinación con la Unión Europea están llevando a que la Alianza apueste cada vez más por relaciones bilaterales, en lugar de por la estrategia regional que lleva intentando implementar desde 1995. 

El giro de la OTAN hacia el Mediterráneo 

Tras el fin de la Guerra Fría, la OTAN comenzó a centrar su atención en otras regiones del mundo más allá de la Unión Soviética. Hasta entonces, el interés de la OTAN en el Mediterráneo se había centrado principalmente en los Balcanes y el este de Europa. Sin embargo, a partir de 1994 la Alianza comenzó a dar importancia a crear unas buenas relaciones con la orilla sur mediterránea, un giro que perdura hasta la actualidad. Ese mismo año la OTAN decidió asociarse con países que, aún no siendo miembros de la Alianza, compartían intereses comerciales y diplomáticos.

Este nuevo enfoque, conocido como “seguridad cooperativa”, proponía crear acuerdos puntuales con determinados países en los que los miembros de la OTAN podrían o no participar de acuerdo a sus intereses particulares. Bajo este nuevo enfoque se firmarían los dos instrumentos que iban a marcar las relaciones de la OTAN en el Mediterráneo y que siguen vigentes en la actualidad: el Diálogo Mediterráneo y la Iniciativa de Cooperación de Estambul. 

Países y año adhesión países OTAN
La OTAN en Europa.

El Diálogo Mediterráneo se firmó en 1995 con Israel, Egipto, Jordania, Marruecos, Mauritania, Túnez, a los que se unió Argelia en el año 2000. Este acuerdo tenía como objetivo fomentar la estabilidad regional y la cooperación en el sector de la seguridad en estos países. No obstante, la presencia de Israel motivó que otros países, como Líbano o Siria, decidieran no participar, lo que limitó las posibilidades de esta asociación, que terminó por considerarse una simple mesa de diálogo más. Los escasos resultados han llevado recientemente a plantear dividir el Diálogo Mediterráneo en dos grupos: el occidental con Argelia, Marruecos, Mauritania y Túnez, y el oriental con Egipto, Israel y Jordania.

Los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 hicieron que la atención de EE. UU. y de la OTAN se volviera a Oriente Próximo y el norte de África con mayor interés. Ese mismo año se inició la Operación Active Endeavour, una misión naval que duraría quince años y cuyo objetivo era combatir el terrorismo en el Mediterráneo. Siguiendo la estrategia de aumentar la cooperación y la presencia de la OTAN en los países árabes, en 2004 se creó la Iniciativa de Cooperación de Estambul (ICI, por sus siglas en inglés) con países del Golfo como Bahréin, Catar, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos.

El objetivo de la Iniciativa de Cooperación de Estambul era formalizar y coordinar unas colaboraciones que en la práctica ya se estaban produciendo de manera bilateral con varios de estos países. La ICI nació con la intención de complementar y ampliar el Diálogo Mediterráneo, no sustituirlo. Sin embargo, Arabia Saudí, Omán o Irak nunca llegaron a formar parte de la iniciativa porque estaban más interesados en colaboraciones puntuales con la OTAN que en una estructura permanente. Además, en el caso de Omán, entrar en la alianza habría supuesto un movimiento que podría poner en riesgo sus estrechas relaciones con Irán

Intereses particulares frente a estrategia regional

Varias claves explican que los dos instrumentos que rigen la política de la OTAN en el Mediterráneo hayan quedado limitados desde su nacimiento. Dos de ellas son las ausencias destacadas de algunos países o la mala imagen de la OTAN en estos países por su identificación con EE. UU., sus intervenciones militares en países como Libia o su apoyo a Israel. Sin embargo, el problema principal es la falta de una estrategia de la región en su conjunto.

La proliferación de alianzas a las que los miembros de la Alianza pueden adherirse o no libremente las ha convertido en la práctica en meras declaraciones de intereses: para los acuerdos realmente significativos se sigue recurriendo a tratados bilaterales con países específicos. De hecho, los propios países del ICI han llegado a admitir que están más interesados en acuerdos puntuales y bilaterales con algunos de los países de la OTAN que con la totalidad de la Alianza. La realidad en el Diálogo Mediterráneo no es muy distinta: al no constituir una unidad previa, la relación de cada miembro con la OTAN se rige por unos intereses particulares que poco tienen que ver con los del resto. Túnez e Israel, por ejemplo, esperan fortalecer su defensa, mientras Jordania busca quiere apoyos contra el yihadismo. 

Por otro lado, los países de la Alianza también tienen intereses particulares que no siempre entran dentro de los objetivos de la OTAN. Francia siempre se ha mostrado reservada a aumentar la influencia de la OTAN en el Magreb, ya que la entrada de la organización y de otros países en la región podría menguar la privilegiada posición francesa allí. España, por otra parte, siempre ha peleado por que el Mediterráneo occidental no cayera en el mismo saco que el Mediterráneo oriental, ya que tiende a ser la parte olvidada.

Esto ha llevado a países de la Unión Europea a lanzar iniciativas euromediterráneas desde mecanismos europeos, que gozan además de una mayor aceptación en los países árabes, y no desde la Alianza. Es el caso de la Unión por el Mediterráneo con Francia a la cabeza, o la PESCO, la unión militar europea. Sin embargo, también la UE y la OTAN han colaborado en iniciativas como el Programa de Construcción de la Integridad de la OTAN, un programa piloto puesto en marcha en 2007 con Túnez, Mauritania y Jordania para mejorar la seguridad y reducir la corrupción en estos países. 

La entrada de la OTAN tras las revueltas árabes

Las revueltas árabes de 2011 dieron un vuelco a la geopolítica del Mediterráneo, y la OTAN puso en marcha varias operaciones en el llamado flanco sur. Por un lado, algunos de los países con los que la OTAN tenía firmados acuerdos, como Túnez o Egipto, iniciaron una transición política radical en los meses siguientes, derribando sus dictaduras. En otros países como Siria o Libia las revueltas acabarían degenerando en sendas guerras civiles que todavía siguen abiertas. 

En Libia, a las pocas semanas del estallido del conflicto en marzo de 2011, la OTAN asumió el mando de la coalición militar internacional Unified Protector respaldada por la ONU cuyo objetivo era la protección de la población civil. La operación duraría siete meses, durante los cuales la Alianza luchó contra el régimen de Gadafi, y tras el asesinato de este apoyó la creación de un Gobierno provisional que fue incapaz de poner fin al conflicto. 

Una de las grandes críticas a esta intervención de la OTAN es precisamente que priorizó la caída de Gadafi a la protección de la población civil, en contra del mandato de la ONU. Sin embargo, esta fue una de las pocas ocasiones en las que han colaborado la OTAN y la Liga Árabe, incluyendo a tres países árabes en la operación militar: Catar, Emiratos Árabes Unidos y Jordania. 

La guerra civil en Siria, el otro gran conflicto surgido en 2011, también trajo la presencia de la OTAN al Mediterráneo oriental. A petición de Turquía y como medida de defensa ante posibles ataques desde el país vecino, en diciembre de 2012 se activó la misión Active Fence, que sigue vigente en la actualidad. No obstante, esta operación casi podría calificarse más como una expresión de solidaridad que como una misión de combate. Los miembros de la OTAN que sí entraron a combatir en suelo sirio e iraquí durante los primeros años tras el inicio de la guerra y la aparición de Dáesh lo hicieron a título particular y no como parte de una misión de la Alianza. No sería hasta 2017 cuando la OTAN decidió apoyar de manera formal la coalición global para derrotar a Dáesh, proporcionando apoyo militar y entrenamiento tanto en Jordania como en Iraq.  

En el resto del Mediterráneo, la estrategia de la OTAN ha sido no solo mejorar la colaboración y su imagen con los países árabes, sino también contrarrestar la creciente presencia de Rusia en el Mediterráneo oriental, especialmente a partir de 2015, cuando Rusia entró formalmente en la guerra de Siria. Para lograr estos objetivos, además de las operaciones militares la Alianza puso en marcha en 2014 la iniciativa DCB (siglas en inglés de Defense Capacity-Building, ‘construir capacidades defensivas’), programas de entrenamiento y mejora de la defensa de los países socios, construcción de infraestructuras militares y lucha antiterrorista. Todo ello se gestiona desde el centro de coordinación Hub South de Nápoles, creado en 2016. Algunos de los Estados que han firmado estos convenios son Jordania, Marruecos y Túnez. 

IMAGEN: 17º reunión anual del Diálogo Mediterráneo en el Hub South de Nápoles, noviembre de 2019. Fuente: OTAN

Túnez se ha convertido en la pieza clave de la OTAN en la región. EE. UU. consideró a este país un “gran aliado no perteneciente a la OTAN” en 2015. Túnez es un país relativamente estable que sirve no solo como base de operaciones para el resto de la región, sino también como una puerta de entrada al Sahel, el vasto territorio del Sahara donde lleva años librándose una batalla contra el yihadismo que no parece tener un final cercano. La colaboración militar entre EE. UU. y Túnez se ha traducido en más de cuatrocientos millones de dólares de ayuda estadounidense para fines militares y de seguridad desde 2001.

No obstante, la relación entre Túnez y la OTAN no es idílica. En febrero de 2018 Túnez rechazó de manera inesperada un acuerdo de colaboración de tres millones de euros con la Alianza para crear un centro de operaciones para el control de las fronteras tunecinas y la lucha antiterrorista. La joven democracia tunecina pretende seguir trabajando con la OTAN y modernizando su defensa. Pero, además, Túnez quiere mantener su soberanía e independencia, y reforzar sus relaciones con otros países árabes como Argelia, históricamente reticente a la presencia occidental en la región y con el que Túnez ha cerrado varios acuerdos de seguridad recientemente. EE. UU. también quiso aumentar su presencia en Argelia, primero para usarla como base militar para la intervención en Libia, y más tarde proponiendo la instalación de fuerzas militares en el sur argelino, pero ambas peticiones fueron rechazadas por el Gobierno argelino.  

La cooperación marítima entre la OTAN y la Unión Europea

La OTAN fijó en la cumbre de Varsovia en 2016 que su estrategia en el flanco sur no sería de liderazgo sino de contribución a la estabilidad regional. Este principio ha definido muchas de las operaciones recientes en aguas del Mediterráneo, donde se ha prestado apoyo a la UE para el control de los flujos migratorios y se han impulsado programas de entrenamiento a fuerzas armadas. La misión Active Endeavour, operativa desde 2001, llegó a su fin en marzo de 2016, cuando fue sustituida por la Sea Guardian, centrada en el Mediterráneo central. Esta es una misión independiente de la EUNAVFORMED Sofía de la UE, una misión naval que lucha contra las mafias de migrantes en el Mediterráneo, pero las dos misiones comparten información e incluso algunas infraestructuras logísticas y médicas. La operación Sea Guardian también tiene como objetivo monitorizar el flujo de migrantes y acabar con el contrabando de personas y armas, lo que aumenta la peligrosidad de la ruta, ya que obliga a los migrantes a utilizar embarcaciones más pequeñas e inestables para no ser divisados. 

En el mar Egeo, la OTAN lanzó una misión similar en 2016 en colaboración con Frontex —la agencia europea para el control de fronteras— y las fuerzas armadas griegas y turcas para frenar a los migrantes que querían llegar a Europa. Las autoridades turcas siempre han sido críticas con esta operación, ya que permite a los barcos de la OTAN navegar por aguas del sur del Egeo, una zona disputada entre Grecia y Turquía. Además, Ankara asegura que la misión está teniendo muy poca efectividad controlando a quienes tratan de cruzar hacia Grecia. La realidad es que la presencia de estas embarcaciones ha obligado a los migrantes a dirigirse a otras islas griegas más lejanas que Samos, aumentando la mortalidad de la ruta. Pese a las insistencias de Ankara, las embarcaciones de la OTAN continúan en el Egeo actualmente.  

La creciente tensión en el Mediterráneo Oriental

Todas estas misiones en el Mediterráneo tienen como telón de fondo una tensión creciente entre los miembros de la OTAN. Una década después, la guerra de Libia se ha convertido en una importante fuente de divisiones internas para la Alianza. Mientras Turquía, Italia, la UE y la ONU apoyan al Gobierno de Trípoli, Francia se ha desmarcado apoyando al Ejército Nacional Libio del mariscal Haftar, al que también apoyan Rusia, Egipto o los Emiratos Árabes Unidos. Estas diferencias han generado tensiones entre Francia e Italia, y entre Turquía y Francia, todos ellos miembros de la OTAN. En julio de 2020, Francia anunció su retirada de la misión Sea Guardian por la supuesta amenaza de Turquía a una de sus fragatas encargadas de controlar el embargo de armas a Libia. Esta escalada de tensión sin precedentes en la OTAN es una prueba más de la falta de cohesión de sus miembros para la región del Mediterráneo.

Por otro lado, en el Mediterráneo oriental se han descubierto unos importantes yacimientos de gas, para los que se construirá el gasoducto EastMed entre Grecia, Chipre e Israel, dejando de lado a Turquía. No solo está por ver a quién explotará estos recursos, sino también quién controlará las aguas por las que pasa el gasoducto. Turquía cerró por sorpresa en diciembre de 2019 un acuerdo con su Gobierno aliado en Libia, por el que este da acceso a Turquía a parte de esas aguas. Este acuerdo entra en claro conflicto con otros miembros de la OTAN como Grecia y con otros países con intereses en la zona como Israel.

Al igual que la de otras potencias, la agenda de la OTAN ha girado cada vez más hacia el Mediterráneo en la última década. Las operaciones en la región han aumentado, aunque de una manera limitada debido al modelo de asociaciones y la prevalencia de una política de acuerdos bilaterales fuertemente vigilada por Francia. Con todo, la OTAN sigue teniendo mala imagen en la región, y otros mecanismos auspiciados por la UE, como la PESCO o la Unión por el Mediterráneo, pueden tener mayor éxito construyendo relaciones sólidas y duraderas con los países árabes. Incluso si los conflictos de Siria y Libia terminaran en el corto plazo, el interés de la OTAN por el Mediterráneo no disminuirá, ahora que se abre uno de los proyectos energéticos más ambiciosos de la zona hasta la fecha y el flanco sur se convierte en la base para acceder al cada vez más convulso Sahel.

Comentarios