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El New York Times publicó que Henry Kissinger “se había sentido ligeramente indispuesto”, pero era una excusa. Aquel 9 de julio de 1971, el consejero del presidente estadounidense Richard Nixon fingió un dolor de estómago durante un viaje a Pakistán para poder volar en secreto a Pekín y poner en marcha uno de los giros diplomáticos más audaces del siglo XX: el acercamiento entre Estados Unidos y China. Eran la gran potencia capitalista y el régimen comunista más poblado del planeta en pleno contexto de la Guerra Fría.
Aquel viaje exprés necesitó casi un año de preparación cuidadosa. Nixon tuvo que hacer equilibrios en el entorno del líder Mao Zedong para que los chinos aceptaran la reunión. Kissinger, por su parte, también debió engañar a miembros de su propio Gobierno, que no sabían nada del viaje, y salvar las reticencias de otros que sí lo sabían, pero intentaron torpedearlo. En una biografía donde abundan los puntos oscuros, el arriesgado viaje secreto de Kissinger a China fue uno de los momentos más brillantes.
Los anticomunistas pragmáticos
Richard Nixon había hecho campaña como el más fiero anticomunista de Estados Unidos, pero desde que entró en la Casa Blanca quiso acercarse a China para aprovecharse de las disputas entre Mao y la Unión Soviética. Con tal de debilitar a Moscú, el mismo Nixon que en 1964 había dicho que reconocer a la China comunista sería “un desastre para la causa de la libertad” empezó a planificar con Kissinger cómo hacerlo.
Los documentos oficiales sobre la misión secreta de Kissinger, clasificados durante más de treinta años, muestran cómo Estados Unidos hizo muchos intentos para aproximarse a Pekín. A través de la Embajada de China en París, de los Gobiernos neerlandés y rumano, de ciudadanos particulares… Sin embargo, poco después de que Nixon le volviera a insistir a su consejero en septiembre de 1970, quedó claro que la vía más directa para comunicarse con el primer ministro Zhou Enlai era el presidente de Pakistán, Yahya Khan.
Mientras se intercambiaban mensajes a través de la diplomacia pakistaní, China y Estados Unidos se hacían gestos: en 1971 Nixon relajó ciertas sanciones y habló de su “meta” de normalizar la relación y acabar con el aislamiento de China. Incluso deslizó que “esperaba”, “a largo plazo”, “alguna vez”, “no sabía en calidad de qué” visitar China. Pekín, por su parte, permitió la histórica visita de nueve jugadores estadounidenses de pingpong para participar en partidos de exhibición y otros eventos, algo insólito hasta aquel momento.
Sólo cuatro días después de que los jugadores estadounidenses regresaran, la Casa Blanca recibió un mensaje a través de Pakistán. Zhou Enlai proponía al fin “una conversación directa” con “un enviado especial del presidente de Estados Unidos, por ejemplo el señor Kissinger” o incluso con el propio Nixon. El presidente respondió que iría él mismo, pero que para preparar esa cumbre debía celebrarse una reunión “secreta” (subrayado así en el original) entre Kissinger y el Gobierno comunista “en suelo chino, preferiblemente en una ubicación a una distancia conveniente para volar desde Pakistán”. En su despedida, Nixon reiteraba el carácter “estrictamente secreto” (de nuevo subrayado) de la cita.
Dos días en Pekín para un giro histórico
El 9 de julio de 1971 el secretismo seguía siento total. El secretario de Estado, William Rogers, en teoría jefe de la diplomacia estadounidense, se había enterado de que Kissinger iba camino de Pekín sólo unas horas antes. El viaje estaba camuflado en una gira por Asia que pasaba por Pakistán, donde el enviado de Nixon tenía que “enfermar”. El embajador estadounidense, que sí estaba al tanto del plan, había mandado de vacaciones a cualquiera que pudiera ponerlo en peligro, por ejemplo al médico de la Embajada, no fuera que quisiera curar a Kissinger de su dolencia repentina.
Según contó Kissinger en sus primeras memorias, fue la única noche de toda su carrera diplomática en la que tuvo problemas para dormir. Había empezado a quejarse durante la cena, así que la coartada ya estaba lista cuando, disfrazado con un sombrero y gafas de sol, cruzó Islamabad a las cuatro de la madrugada para subirse al Boeing 707 que los pakistaníes le habían preparado. Allí le esperaban el piloto personal del presidente Yahya Khan y una delegación china, incluidos tres aviadores expertos en la ruta. Cinco horas después aterrizó en Pekín.
Kissinger iba a quedarse dos días, lo que requirió un leve “empeoramiento” de su salud de cara a la opinión pública. En ese tiempo cruzó la plaza de Tiananmen en una limusina con las cortinas echadas y visitó la Ciudad Prohibida, cerrada a los turistas para que nadie supiera de su presencia. Sin embargo, el grueso de su estancia lo pasó reunido con jerarcas comunistas. Hasta veintiún horas en diferentes encuentros, sobre todo con el primer ministro Zhou Enlai, según el extenso informe que le pasó a Nixon a su regreso.
Al final ambos acordaron lo fundamental: Nixon sería el primer presidente estadounidense en viajar a la China comunista para empezar a normalizar las relaciones y fastidiar de paso a la URSS. A cambio, Kissinger tuvo que esbozar un gran cambio: Estados Unidos dejaría de lado, al menos un poco, a su aliado asiático más fiel, el Gobierno chino nacionalista de Taiwán. No llegó a aceptar el principio de “una sola China”, pero sí se comprometió a medidas como retirar dos tercios de las tropas estadounidenses de Taiwán cuando acabase la guerra en Vietnam.
Kissinger y China, felices para siempre
Pese a los temores, el viaje de Kissinger fue un éxito. Los líderes chinos, que no entendían muy bien la insistencia estadounidense en que la reunión fuera secreta, tuvieron al año siguiente su recompensa pública con la visita de Nixon. Entretanto, habían cumplido con las exigencias de confidencialidad, hasta el punto de impedir que el mítico periodista del New York Times, James Reston, se subiera a un avión en Cantón para ir a Pekín, obligándole a tomar un lentísimo tren que llegó después de la marcha de Kissinger.
Reston y el resto del mundo se enteraron de lo que había pasado pocos días después, el 15 de julio de 1971. Nixon lo anunció en un discurso televisado de ocho minutos que Kissinger llamaría “el anuncio que sacudió al mundo”. Suena algo pomposo, pero tiene mucho de cierto. Su viaje secreto había sido una apuesta arriesgada que salió bien: para Estados Unidos y para China, desde luego, pero sobre todo para él mismo. Nixon fue el gran arquitecto del acercamiento, pero su caída en desgracia tras el caso Watergate dejó a Kissinger la herencia de su talento como estadista.
Aunque su trayectoria está llena de desastres, Kissinger amortizó durante décadas la misión que puso en marcha su leyenda y mantuvo una relación privilegiada con los jerarcas comunistas chinos. Tras Mao Zedong y Zhou Enlai llegaron Deng Xiaoping, Jiang Zemin, Hu Jintao… y hace sólo unos meses se vio por última vez con Xi Jinping. El presidente chino, que no recibe a los miembros del Gobierno de Joe Biden que pasan por Pekín, homenajeó a Kissinger y le llamó “viejo amigo”. La última victoria del fallecido diplomático, que ya tenía cien años, cien viajes a China y medio siglo presumiendo aquella misión secreta.