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El New York Times publicó que Henry Kissinger “se había sentido ligeramente indispuesto”, pero era una excusa. Aquel 9 de julio de 1971, el consejero del presidente estadounidense Richard Nixon fingió un dolor de estómago durante un viaje a Pakistán para poder volar en secreto a Pekín y poner en marcha uno de los giros diplomáticos más audaces del siglo XX: el acercamiento entre Estados Unidos y China. Eran la gran potencia capitalista y el régimen comunista más poblado del planeta en pleno contexto de la Guerra Fría.
Aquel viaje exprés necesitó casi un año de preparación cuidadosa. Nixon tuvo que hacer equilibrios en el entorno del líder Mao Zedong para que los chinos aceptaran la reunión. Kissinger, por su parte, también debió engañar a miembros de su propio Gobierno, que no sabían nada del viaje, y salvar las reticencias de otros que sí lo sabían, pero intentaron torpedearlo. En una biografía donde abundan los puntos oscuros, el arriesgado viaje secreto de Kissinger a China fue uno de los momentos más brillantes.
Los anticomunistas pragmáticos
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