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Cuando Richard Nixon se vio obligado a dimitir por el escándalo Watergate, estaba tan hundido que ni siquiera fue capaz de decírselo a su familia; envió a su secretaria a darles la noticia. Sin embargo, sacó fuerzas para darle un último consejo a su sucesor: “Quédate con Kissinger, es indispensable”. Gerald Ford le hizo caso y mantuvo a Henry Kissinger a la cabeza de la diplomacia estadounidense, quizás porque desconocía lo que Nixon había añadido cuando se marchó de la habitación: “Tendrá que darse cuenta de que a veces a Henry hay que darle una patada en los huevos porque a veces Henry se cree que él es el presidente”.
Nixon y Kissinger tuvieron una relación particular hasta el final. Conspiraban, colaboraban, se insultaban por la espalda…, pero también moldearon una nueva política exterior estadounidense. El presidente antisemita que no se fiaba de nadie confió en el académico judío que en campaña le había tachado de “paranoico”, “desastroso”, “inepto” y “peligroso”. Y el asesor que le despreciaba lo acompañó hasta las vísperas de su dimisión, cuando borracho y lloroso le pidió que se arrodillara con él para rezar por la paz.
A Kissinger y a Nixon les separaban muchas cosas, pero les unía una visión del mundo. Heredaron la guerra en Vietnam, que había dinamitado la presidencia de Lyndon Johnson y a la que había que poner fin de forma digna, sabiendo que ya estaba perdida. Además, querían frenar el avance del comunismo incluso mediante las peores tretas, pero eso no les iba a impedir acercarse a la Unión Soviética y a la China de Mao porque no tenía sentido ignorarlas. Una forma muy realista de entender la política exterior.
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