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Vladímir Putin no puede permitirse una derrota en Ucrania. Su liderazgo en Rusia se vería cuestionado, aumentando la posibilidad de un golpe de Estado. Sin embargo, el Ejército acumula pésimos resultados, como la reciente retirada de Jersón, sumaría ya más de 100.000 bajas y continúa perdiendo terreno pese a la llegada de los reservistas. El presidente ruso busca nuevos apoyos, y allí han surgido el jefe de la República de Chechenia, Ramzán Kadírov, y el líder del grupo de mercenarios Wagner, Yevgueni Prigozhin.
Kadírov y Prigozhin critican las decisiones del Ministerio de Defensa, aunque han apoyado la retirada de Jersón, y tratan de convencer a Putin de que sus métodos son más efectivos que los del Ejército. Su retórica es nacionalista, pero no pertenecían al núcleo del poder en Rusia y ambos ambicionan que caiga la cúpula militar en favor de figuras de su entorno. A ellos se han unido otras voces que abogan por una nueva política de mano dura, sea por ideología o para escalar en el Kremlin. Putin escucha con atención las propuestas de este llamado “Partido de la Guerra”, esperando encontrar un freno al avance ucraniano.
El Ejército ruso está contra las cuerdas
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