Faltaban veinte minutos para la medianoche cuando el vigía del RMS Titanic divisó un iceberg a pocos metros del transatlántico. El primer oficial, William Murdoch, ordenó virar a babor y detener los motores para evitar la colisión, pero el hielo rozó uno de los costados. En el interior del buque, los pasajeros solo sintieron una leve vibración, pero el iceberg había rajado el casco unos cinco metros por debajo de su línea de flotación: la cuenta atrás del hundimiento había comenzado.
El oficial de la marina estadounidense Morgan Robertson había publicado en 1898 The Wreck of the Titan, una novela que narra el hundimiento del transatlántico Titan, el más grande y lujoso de su época, tras chocar con un iceberg en el Atlántico norte. Catorce años después, la ficción se hacía realidad y los más de 2.400 pasajeros del Titanic naufragaban cerca de la costa canadiense de Terranova en la madrugada del 15 de abril de 1912.
El titán que se hundió
A finales del siglo XIX, la Segunda Revolución Industrial había transformado Europa. Los cambios tecnológicos consolidaron el poder de Francia y el Reino Unido, y propiciaron el auge de Alemania. En este contexto de competición, los británicos idearon el Titanic como símbolo de prestigio y orgullo nacional. En 1907, los presidentes de la naviera White Star y de los astilleros de Belfast acordaron construir tres transatlánticos grandes y lujosos como nunca antes: el Gigantic fue rebautizado como Britannic tras el hundimiento de Titanic, pero también se hundiría, quedando solo el Olympic.
Al igual que sus gemelos, el Titanic era la máxima expresión de la innovación tecnológica del momento. Medía 270 metros de largo por 53 de alto, pesaba 46.328 toneladas y podía navegar hasta a 42 kilómetros por hora. Su ingeniero, Thomas Andrews, lo había diseñado para que pudiese mantenerse a flote hasta con cuatro compartimentos inundados, aunque esto no bastó para evitar la tragedia.
El Titanic partió de Southampton rumbo a Nueva York, pero no completó su travesía. Tras chocar con un iceberg en el cuarto día de navegación, el buque se hundió en el Atlántico norte en dos horas y cuarenta minutos. Aunque los periódicos británicos se apresuraron a negar fallecimientos, con los días se estimó que más de 1.500 personas yacían en el fondo del océano. Solo sobrevivieron 710 pasajeros. La tragedia fue tal que en 1914 se adoptó el primer Convenio Internacional para la Seguridad de la Vida en el Mar, que establece medidas de seguridad para los buques con más de doce personas en viajes internacionales.
Los restos del Titanic
Tuvieron que pasar 73 años para dar con los restos del Titanic. En plena Guerra Fría, el oceanógrafo Robert Ballard propuso al marine estadounidense Ronald Thunman organizar una expedición para hallar sus vestigios. Thunman aceptó a cambio de que también buscase dos submarinos nucleares que yacían en el Atlántico desde los sesenta; así la Unión Soviética no sospecharía. Ballard llevó a cabo la misión y en 1985 encontró los restos del transatlántico a 600 kilómetros de la costa de Terranova.
Desde entonces, las expediciones para visitar el Titanic aumentaron, hasta el punto de que el Reino Unido y Estados Unidos tuvieron que firmar un tratado en 2003 para proteger sus restos, que yacen en aguas internacionales. El acuerdo, que entró en vigor en 2020, permite a Londres y Washington autorizar o denegar licencias para entrar en el pecio del buque o retirar objetos. Las inmersiones de estos años habrían acelerado el deterioro del transatlántico, que está cerca de desaparecer.
El Titanic, no obstante, ha permanecido en la memoria colectiva gracias a la famosa producción homónima de James Cameron, estrenada en Estados Unidos en 1997. La película, que protagonizan Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, narra la historia de amor de Jack y Rose, dos pasajeros de clases sociales distintas que se conocen durante la travesía y viven el naufragio. Titanic es el tercer largometraje más taquillero de la historia, con una recaudación aproximada de 2.200 millones de dólares.