Con 201 travesías, el transatlántico británico RMS Lusitania se disponía a cubrir una vez más la ruta comercial entre Estados Unidos y el Reino Unido a finales de abril de 1915, en plena Primera Guerra Mundial. A pesar de que Alemania había declarado una zona de guerra en las aguas alrededor de las islas británicas a principios de año, el barco zarpó de Nueva York rumbo a Liverpool.
Eran las dos de la tarde del 7 de mayo cuando el capitán del sumergible alemán U-20, Walther Schwieger, divisó el buque. “Un cuatro chimeneas y dos mástiles. Parece ser un buque de pasajeros de grandes dimensiones”, anotó en su cuaderno de bitácora. Diez minutos después, ordenó disparar un torpedo. El Lusitania se hundió en apenas dieciocho minutos y 1.198 personas perdieron la vida. Solo sobrevivieron 761 pasajeros en el segundo gran desastre naval del Atlántico en apenas tres años, después del naufragio del Titanic.
La guerra submarina
El hundimiento del RMS Lusitania formó parte de la guerra submarina que los alemanes libraban contra el Reino Unido en la Gran Guerra. Nada más estallar el conflicto, Londres utilizó su poder marítimo para establecer un bloqueo naval a Alemania, que dependía de las importaciones para alimentar a su población y sostener la industria bélica. De este modo, declaró una zona de guerra en todo el mar del Norte en noviembre de 1914: cualquier buque enemigo podía ser atacado por la marina británica.
Alemania hizo lo propio en febrero de 1915 alrededor de las islas británicas. El objetivo era el mismo, bloquear el comercio transatlántico para ahogar su economía. No obstante, como la Royal Navy era más poderosa que la Marina Imperial alemana, esta emprendió una guerra submarina sin restricciones. Es decir, no solo atacaría a los buques de guerra ingleses, sino también a los mercantes e incluso a algunos barcos neutrales, pese a que el derecho consuetudinario del mar y la Declaración de Londres de 1909 lo prohibían.
Las aguas británicas se volvieron inseguras, pero esto no impidió que algunas navieras mantuviesen sus líneas regulares de pasajeros. Fue el caso de Cunard Line Ltd. y su célebre transatlántico RMS Lusitania, el más grande y lujoso de la época hasta la construcción del Titanic y sus hermanos. Medía 240 metros, podía transportar 31.550 toneladas y navegaba a cincuenta kilómetros por hora, pero sus dimensiones no lo salvaron del naufragio. Cuando el submarino U-20 lo interceptó a veinte kilómetros de la costa irlandesa, solo tardó dieciocho minutos en hundirse. Era la primera vez que Alemania derribaba un buque de pasajeros de tal volumen, en un ataque que conmocionó al mundo.
Lusitania: un hundimiento con civiles y municiones
La magnitud de la tragedia fue tal, que se empezó a hablar de crimen de guerra, pues murieron más de mil civiles indefensos. Sin embargo, Alemania argumentó que el transatlántico era en realidad un buque de guerra camuflado que transportaba material militar procedente de Estados Unidos. Casi un siglo después, en 2011, una expedición comandada por el empresario estadounidense Gregg Bennis, propietario del Lusitania, corroboró la versión alemana: las bodegas del buque estaban repletas de munición.
Sin embargo, después del ataque en 1915 se había extendido la opinión de que la Marina Imperial alemana había sobrepasado los límites al hundir sin justificación un buque repleto de civiles. En Estados Unidos, el incidente sirvió para presionar al presidente Woodrow Wilson para entrar en la Gran Guerra, ya que 124 estadounidenses habían muerto en el naufragio.
Aunque Washington al inicio siguió neutral, el hundimiento del Lusitania abrió el camino a una posible declaración de guerra si Alemania continuaba con su ofensiva submarina. Los estadounidenses al final entraron en la contienda cuando el káiser Guillermo II declaró la guerra submarina total a principios de 1917 y los servicios de inteligencia británicos descifraron el telegrama Zimmermann. En el documento, el embajador alemán en México recibía instrucciones para proponerle al país una alianza contra Estados Unidos.