Geopolítica Europa

El Grupo de Visegrado: siete siglos de historia, tres décadas de unión

El Grupo de Visegrado: siete siglos de historia, tres décadas de unión
Los jefes de Gobierno de los países del V4, en Praga, septiembre de 2019. Fuente: Gobierno de Eslovaquia.

El Grupo de Visegrado, también conocido como V4, es una unión de cuatro países que comparten siglos de historia y ubicación en el corazón de Europa. La República Checa, Eslovaquia, Hungría y Polonia se unieron en 1991 con el objetivo de integrarse en las instituciones europeas, pero, una vez dentro, se convirtieron en un contrapeso. Aunque no es homogéneo, el V4 es un bloque sólido y conocido por el euroescepticismo de sus líderes. La deriva iliberal de los últimos años permite hablar, incluso, de la “hungarización” del Grupo de Visegrado.

Hay finales que llevan en su interior la semilla de un nuevo comienzo. La caída de la Unión Soviética marcó el fin de una era, pero alumbró nuevas relaciones y proyectos de cooperación regional. En diciembre de 1991, Rusia, Ucrania y Bielorrusia acordaron la creación de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), a la que más adelante se unieron otros siete países que habían formado parte de la Unión Soviética. Diez meses atrás, Checoslovaquia, Hungría y Polonia habían optado por crear un grupo propio e independiente que trataba de encontrarse un hueco en el nuevo tablero internacional. El primer grupo tenía a Rusia, la heredera de la URSS, entre sus Estados fundadores. El segundo se creó con el objetivo de aunar esfuerzos para encontrar la puerta de acceso a la Unión Europea y a la OTAN. Tras la caída del telón de acero, surgió un nuevo mapa de la Europa central y oriental en un mundo que acababa de salir de la Guerra Fría. También nacía el Grupo de Visegrado, un proyecto de cooperación a tres en el corazón de Europa central. Más tarde, tras la división de Checoslovaquia, los tres se convirtieron en cuatro. 

El Grupo de Visegrado en la Unión Europea.

Los países del Grupo de Visegrado, conocido también como el V4, consiguieron entrar en la Unión Europea en la primavera de 2004. Desde entonces, defienden al unísono los intereses que comparten, conscientes de la importancia que adquieren cuando se postulan como grupo. Juntos, constituyen más de un 14% de la población comunitaria, por lo que les corresponden 106 de los 751 escaños en el Parlamento Europeo. Estas cifras permiten al grupo de Visegrado convertirse, en ocasiones, en un contrapeso para las posturas y los valores tradicionales de la UE. 

Para ampliar: “Checoslovaquia: bodas de brillantes, divorcio de terciopelo”, Abel Gil en El Orden Mundial, 2017

Del medievo al futuro

La historia europea es una de alianzas y pactos, encuentros multilaterales, declaraciones conjuntas y pulsos entre los Gobiernos soberanos en un escenario marcado por el pluralismo. Una de estas reuniones se celebró en una pequeña ciudad fortificada, enclavada en las montañas húngaras, que por su ubicación recibió el nombre de Visegrado o ‘castillo alto’, en las lenguas eslavas. En ella, en el otoño de 1335, tres monarcas —los reyes de Polonia, Bohemia y Hungría— acordaron la creación de una alianza estratégica para enfrentarse al imperio de los Habsburgo.

Finalmente, la alianza de los tres reyes no tuvo especial trascendencia. Los conflictos entre la Iglesia católica y el naciente protestantismo, las expansiones territoriales y el auge de la dinastía de los Habsburgo pasaron a un primer plano, y tanto la ciudad de Visegrado como el encuentro real que en ella tuvo lugar cayeron en el olvido. Seis siglos más tarde, se hicieron realidad las palabras escritas por el periodista polaco Ryszard Kapuściński, “un pueblo desprovisto de Estado busca salvación en los símbolos”. El terremoto desencadenado por la caída del régimen soviético y la democratización —llevada a cabo de una manera diferente en cada uno de los tres países—, la necesidad de adaptarse a las reglas europeas, y el intento de preservar la identidad y el carácter nacional, convirtieron a la reunión de Visegrado en un vínculo simbólico entre los Estados centroeuropeos. La pequeña y montañosa ciudad magiar volvía a convertirse en el epicentro de las relaciones entre Hungría, Polonia y Checoslovaquia. En febrero de 1991, fue elegida para la celebración de una reunión oficial entre los jefes de Estado y de Gobierno de los tres países. 

La primera reunión del Grupo. De izquierda a derecha: el presidente de Checoslovaquia Václav Havel, el primer ministro húngaro József Antall y el presidente polaco Lech Wałęsa. Fuente: Wikipedia

Václav Havel, Lech Wałęsa y József Antall tenían claro qué futuro querían lograr para sus pueblos: el de la integración europea. La declaración que los tres líderes firmaron en Visegrado recalcaba la importancia de la cooperación y de la coordinación regional, del apoyo a las actividades de la sociedad civil y de la erradicación de cualquier vestigio de totalitarismo. Trabajarían conjuntamente para implantar sistemas democráticos en sus países, basados en el respeto a los derechos humanos, con el objetivo de convertirse en miembros de la Unión Europea. Todos los pasos a tomar tenían que estar calculados: la ruptura con el comunismo debía ser total y no valían las medias tintas. En palabras de Václav Havel, entonces presidente de Checoslovaquia, ante el Foro de Davos en 1990, “la tercera vía es el camino más rápido al tercer mundo” —en alusión a los países no alineados que rehuían formar parte de alguno de los dos bandos de la Guerra Fría—. Mientras tanto, al este, la Unión Soviética continuaba en pie, y faltaban todavía diez meses para que Estados Unidos se convirtiera en la única superpotencia. 

El mapa de Europa sufrió en la década de los 90 más cambios que solo los causados por la desintegración de la URSS. El 1 de enero de 1993, los habitantes de Checoslovaquia se despertaron siendo ciudadanos de dos países diferentes, y el triángulo de Visegrado ganó un nuevo —aunque no tan nuevo— miembro. Desde entonces, los cuatro países trabajaron juntos por la adhesión a la Unión Europea. Cinco meses más tarde, la UE implementaba una serie de requisitos, los Criterios de Copenhague, que los países candidatos tenían que cumplir para ser elegibles. 

Tras la aprobación de los Criterios, la apuesta del V4 por la cooperación regional fue cediendo lugar a estrategias nacionales. Esta situación llevó al grupo al borde de la desaparición, hasta que volvió a cobrar fuerza en 1998. Un año más tarde, tres de los cuatro —Polonia, Hungría y la República Checa— entraron a formar parte de la OTAN. Eslovaquia fue en aquel momento descalificada debido a los comportamientos antidemocráticos de su entonces primer ministro Vladimir Meciar. Pero el hito más destacado no llegó hasta mayo de 2004, cuando los países del V4 ingresaron en la Unión Europea. Dos meses atrás Eslovaquia había entrado finalmente a formar parte de la OTAN en el marco de la quinta y mayor ampliación de la organización. El fin último del grupo —la integración en las instituciones europeas— había sido, de este modo, alcanzado, y llegaba la hora de replantear sus objetivos. 

Para ampliar: “La ampliación de la UE hacia el este”, Enric Rodríguez en El Orden Mundial, 2017

Y ahora, ¿qué?

Al igual que le había sucedido a la OTAN tras la caída de la Unión Soviética, el Grupo de Visegrado se encontró en 2004 con que su objetivo original estaba cumplido, y que tenía que elegir entre reinventarse o desaparecer, y escogió la primera opción. Los primeros ministros de los cuatro países volvieron a firmar una declaración conjunta en la que acordaban mantener los proyectos de cooperación entre sí, con la Unión Europea y con terceros países. Uno de los acentos estaba puesto en la integración regional y el otro en las identidades nacionales. Al igual que en 1991, los líderes del V4 procuraban encontrar un balance entre lo local y lo global, entre lo propio y lo común. Elogiaban también las transformaciones democráticas que sus países habían vivido en la década anterior. En efecto, los cuatro presentaban resultados ejemplares en cuanto a derechos políticos, y una puntuación alta en relación con las libertades civiles según los datos de Freedom House. Dos años más tarde, el mismo índice mostraba datos todavía más positivos, pero un estudio de The Economist apuntaba a un declive en la calidad de la democracia. De entre los cuatro, solamente citaba como democracia pura a la República Checa; las otras iban in decrescendo. Para 2014, los cuatro países del Grupo de Visegrado figuraban en el índice como democracias defectuosas. Hungría presentaba el declive más llamativo: había bajado desde el puesto 38 al 51 en apenas ocho años. 

Los cuatro países del Grupo de Visegrado entraron a la vez en la Unión Europea en 2004.

Varios cambios habían acontecido desde que los países del V4 entraron en la Unión. Las cuatro economías nacionales habían experimentado un crecimiento exponencial desde la entrada del siglo, y entre 2004 y 2008 los valores del PIB de la República Checa, Polonia y Eslovaquia se duplicaron, mientras que el de Hungría aumentó en un 50%. El mercado común, las subvenciones europeas y la libre circulación de personas, bienes y capitales tenían efectos positivos difíciles de negar. Aunque el PIB no era el único indicador que estaba al alza: también el euroescepticismo crecía. En mayo de 2005, ante la pregunta “qué siente hacia la Unión Europea”, la mayor parte de los checos, eslovacos, húngaros y polacos respondieron “esperanza”. La segunda opción más contestada en el cuestionario multirrespuesta fue “confianza”. Nueve años después, tras haber sufrido la crisis económica de 2007, el panorama había cambiado. El 40% de los ciudadanos del V4 manifestaron ante el Eurobarómetro que no confiaban en la Unión Europea. Aun así, estaban por debajo de la media de los 28: a nivel comunitario, la desconfianza rozaba el 50%. 

Pero en Hungría, el euroescepticismo tenía un rostro, una voz y un discurso. También un nombre: Viktor Orbán. El político había vuelto a ocupar el puesto de primer ministro después de haber desempeñado el mismo cargo entre 1998 y 2002. Orbán ganó, con amplia mayoría, la reelección en 2010, gracias a su dominio del populismo y a sus ideas, conservadoras y rompedoras al mismo tiempo. Una de las promesas estrella de la campaña era la “reconstrucción” de Hungría, que comprendía tanto medidas de recuperación económica como la vuelta a los valores políticos y sociales tradicionales. Una vez en el poder, suscitó críticas mediáticas e institucionales con una reforma constitucional que difuminaba la separación de los poderes y fomentaba, según Human Rights Watch, la discriminación contra personas con discapacidad, mujeres y el colectivo LGTBI.

En 2015, el partido populista y ultraconservador Ley y Justicia, conocido por las declaraciones euroescépticas de sus dirigentes, fue el más votado en las elecciones parlamentarias en Polonia. Dos años atrás, la República Checa había elegido como presidente a Milos Zeman, un excomunista contrario al sistema de cuotas de refugiados propuesto por la Unión Europea. El Gobierno eslovaco, aunque más moderado en sus declaraciones, tampoco aprobaba la gestión comunitaria de la crisis de refugiados. Diez años después de entrar a formar parte de la Unión Europea, el viraje del Grupo de Visegrado hacia posturas euroescépticas se hacía cada vez más evidente. 

Para ampliar: “El imperio húngaro de Orbán”, Alex Maroño en El Orden Mundial, 2018

El contrapeso

El euroescepticismo en el seno del V4 no se debe entender en términos de salida de la Unión Europea. Enuncia, de hecho, una paradoja: los ciudadanos de los cuatro países, sin ser los más euroescépticos de la Unión, escogen a partidos y políticos con opiniones radicales al respecto. El choque con las políticas comunitarias es particularmente notable en aquellas cuestiones que atañen a los valores que los habitantes de Polonia, Hungría, Eslovaquia y la República Checa entienden como parte de su identidad. El Grupo de Visegrado no tiene poder suficiente para dirigir la política comunitaria hacia el rumbo que prefiere, pero es lo bastante grande para convertirse en un contrapeso. 

En otoño de 2014, los países del Grupo de Visegrado se convirtieron en las voces disidentes a la hora de formular las políticas comunitarias para combatir el cambio climático. Consideraban que los presupuestos eran inviables, y los objetivos, irreales. Pero la escisión más grande llegó en 2015, a raíz de la crisis de refugiados y del sistema de cuotas propuesto por la Unión Europea. Viktor Orbán se pronunció en contra de la “islamización” de Hungría, mientras que el presidente checo Milos Zeman anunció que la crisis de refugiados era en realidad una invasión organizada. Más tarde, Hungría aceptó acoger a refugiados sirios, pero solo a cristianos. Después, construyó una valla en su frontera con Serbia y Croacia.

Para ampliar: “La ruta de los Balcanes: cambios en la política fronteriza europea”, Alejandro Salamanca en El Orden Mundial, 2017

La disidencia de los países del V4 en el seno de la Unión Europea se debe entender más allá de los casos concretos y de las causas directas. Un factor que no se debe obviar es el impacto de la retórica populista en los votantes de los cuatro países. En 2014, Viktor Orbán propuso un cambio radical de las reglas del juego: conjugar dos conceptos que parecían antagónicos para llegar a una fórmula dispar: la democracia iliberal. A partir de entonces, ahondó en este concepto, defendiendo su compatibilidad con el proyecto europeo. Las ONG y los grupos de la sociedad civil magiar contrarios al Gobierno se colocaron en el punto de mira.

El Grupo de Visegrado entre las familias de la Unión Europea.

La deriva iliberal de Hungría se caracteriza por otro rasgo que comparte con sus vecinos del V4: el descenso continuado en los rankings de libertad de los medios de comunicación. Hasta 2009, los cuatro presentaban plena libertad de información, según el índice de Freedom House. En los mapas más recientes, Hungría y Polonia están pintadas de amarillo, un color que significa “medios parcialmente libres”. Según el índice de Reporteros Sin Fronteras, ninguno de los países del V4 se mantuvo en el mismo nivel de libertad de prensa entre 2017 y 2019: Eslovaquia presentaba el descenso más acentuado, desde el puesto 17 hasta el 35. Hungría se colocaba en el 83. En su último informe, Freedom House advertía de que el 80% de los medios de comunicación del país magiar están controlados por el Gobierno de Orbán. 

En Polonia, la independencia del cuarto poder no es la única en el punto de mira. En 2017, el parlamento polaco, controlado por el partido gubernamental Ley y Justicia, inició una reforma judicial que volvía permeables las fronteras del sistema de separación de poderes. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea reaccionó dictaminando que la reforma infringía el ordenamiento comunitario, y el Gobierno polaco se vio obligado a rectificar. Sin embargo, el impulso que el partido ultranacionalista obtuvo tras su victoria en los comicios del octubre de 2019 le permite a Ley y Justicia ahondar en las reformas judiciales a pesar de la reprobación de la UE.   

Para ampliar: “Polonia, la pesadilla del liberalismo”, Alex Maroño en El Orden Mundial, 2018

4=2+2=3+1

El Grupo de Visegrado se compone de cuatro miembros desde la división de Checoslovaquia. Los cuatro tienen mucho en común, desde su ubicación en Centroeuropa hasta su historia, que se remonta a la reunión real de 1335. Pero son también muy diferentes. Mientras que Polonia es un gigante en términos de territorio y población —es el sexto país más poblado de la Unión Europea—, Eslovaquia es el noveno Estado más pequeño de la Unión. Las sociedades son también diferentes: mientras que el 87,5% de los polacos se declaran católicos, tan solo 29% de los checos profesan alguna religión. Los Gobiernos de Polonia y Hungría han venido manteniendo, desde el comienzo de la crisis, un lenguaje más euroescéptico que los de Eslovaquia y la República Checa. Es por eso por lo que algunos investigadores empleaban, al hablar sobre los países del V4, la fórmula 2+2

Sin embargo, en los últimos años los patrones de comportamiento del Gobierno checo han cambiado, acercándose más a las posturas iliberales de Hungría. La deriva tiene una consecuencia doble: permite hablar, por una parte, de la “hungarización” del grupo de Visegrado, y por otra, de una nueva fórmula: el 3+1.

Eslovaquia es el único país del V4 que forma parte de la zona euro. A pesar de ostentar la presidencia del Grupo de Visegrado desde 2018, Bratislava mantiene un perfil bajo, consciente de las connotaciones que su vinculación con el V4 tiene en el resto de la UE. En verano de 2019, la activista liberal y proeuropea Zuzana Caputová fue elegida presidenta de Eslovaquia. En su primera visita oficial a Hungría, Caputová lanzó un mensaje para sus homólogos checo, polaco y húngaro: el Grupo de Visegrado debía abandonar el camino del iliberalismo, y volver a la promoción de los valores democráticos y de la libertad.

A pesar de las diferencias internas, el Grupo de Visegrado sigue hacia adelante. La unión de los cuatro países amplifica las voces de sus Gobiernos en el seno de la Unión Europea. Aunque no todos los postulados se compartan, los miembros del V4 son conscientes de lo que ganaron cuando optaron por aliarse tres décadas atrás y de la fuerza obtenida gracias a su unión. A lo largo de los años, las afinidades y los resentimientos internos dibujaron patrones diferentes, descritos con las fórmulas 2+2 o 3+1. Pero, a pesar de todo, la suma ha seguido inmutable. 

Para ampliar: “El populismo y la corrupción también han llegado a la República Checa”, Katia Ovchinnikova en El Orden Mundial, 2019

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