El futuro del Vaticano: la lucha de la Curia conservadora contra el legado de Francisco

Francisco intentó reformar la Iglesia, combatiendo la corrupción y los escándalos de abusos, y adoptando posturas más progresistas con el colectivo LGTBI, los migrantes o el cambio climático. Pero los cardenales más conservadores, aliados de la ultraderecha internacional, preparan su asalto al trono de san Pedro.
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El futuro del Vaticano: la lucha de la Curia conservadora contra el legado de Francisco
Fuente: michael_swan (Flickr)

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Un vistazo a la cuenta oficial del papa Francisco en X es suficiente para identificar las que fueron sus prioridades políticas. Entre mensajes religiosos, se mezclan tuits pidiendo el fin de varios conflictos armados, mensajes relativos a la protección del medioambiente, críticas al capitalismo y las desigualdades y llamados a un enfoque positivo sobre las migraciones. También aparecen enseguida referencias a las reformas internas que impulsó Francisco en la Iglesia y a la lucha contra los abusos sexuales. Sin embargo, el deterioro de la salud del papa llevó a los sectores conservadores de la cúpula de la Iglesia a afilar sus espadas con la mirada puesta en la sucesión. Una sucesión que ahora se ha puesto en marcha con su reciente fallecimiento.

Descifrar los elementos políticos en medio de la retórica religiosa es uno de los principales retos al analizar la política vaticana, un mundo fascinante y poco conocido al que nos han acercado películas y series como Habemus papam (2011), El joven papa (2016), El nuevo papa (2020) y ahora Cónclave, que relata las conspiraciones previas a la elección de un nuevo pontífice, basándose en la novela homónima de Robert Harris. Quienes conocen la Santa Sede saben que las intrigas de poder en la Curia, la burocracia vaticana, son tan descarnadas como sugieren estas obras de ficción. 

Francisco: progresismo y tercermundismo, pero no tanto

La elección del papa Francisco en 2013 supuso un giro radical respecto a sus predecesores, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Juan Pablo II, de origen polaco, militó fervientemente en el bando anticomunista de la Guerra Fría y, una vez derrotada la Unión Soviética, centró su pontificado en promover una moral sexual ultraconservadora. Benedicto XVI, más centrado en la doctrina y el estudio, siguió a pies juntillas la línea ortodoxa de Juan Pablo II, mientras la doctrina social de la Iglesia quedaba relegada a un segundo plano.

Francisco invirtió el orden de prioridades: dedicó mucha más atención en sus intervenciones públicas a la pobreza y las desigualdades que a los temas sexuales que tanto obsesionaban a Karol Wotjila y Joseph Ratzinger. Además, Francisco colocó en el centro de su discurso la crisis climática y la inmigración, dos cuestiones que hasta su llegada apenas habían recibido atención por parte del Vaticano.

El papa publicó tres encíclicas, las declaraciones pontificias de más alto rango. Dos de ellas abordan cuestiones plenamente políticas y marcan las prioridades de su papado: Laudato si (2015), sobre la protección del medioambiente, y Fratelli tutti (2020), que trata el tema de la justicia social a través del concepto de “fraternidad universal”. En relación con la migración, esta última encíclica reivindica el “derecho de cada individuo a encontrar un lugar que satisfaga sus necesidades básicas”, resumiendo la postura a favor de los derechos de las personas migradas que le ha valido a Francisco el odio de la ultraderecha occidental.  

Sin embargo, el progresismo del papa se difumina cuando hablamos de género y diversidad sexual. El pontífice argentino mostró una mayor tolerancia hacia la homosexualidad que sus predecesores, como mostró al responder en su primera rueda de prensa con un muy cristiano “¿quién soy yo para juzgar?” cuando le preguntaron por la homosexualidad en la Iglesia.

Bergoglio también despertó la ira de los sectores ultraconservadores cuando abrió la puerta a que los sacerdotes bendijesen “parejas en situación irregular”, lo que incluía las del mismo sexo, aunque sus portavoces se apresuraron a aclarar que esto no implicaba ningún reconocimiento oficial de estas uniones. Francisco denunció la criminalización de la homosexualidad en algunos países, mientras recordaba que esta sí es un “pecado”. También ha permitido que gays y lesbianas apadrinen niños bautizados, pero ha declarado que las operaciones de cambio de sexo violan “la dignidad humana”.  

Esta ambigüedad desaparecía al hablar del derecho al aborto: el papa reiteró su oposición absoluta, incluso en casos de violación. De hecho, Bergoglio se caracterizó por un lenguaje hiperbólico, llamando reiteradamente “sicarios” a los médicos que practican interrupciones voluntarias del embarazo. Como ha denunciado la antropóloga Nuria Alabao, el posicionamiento ultraconservador del papa en salud sexual y su ataque a la “teoría de género” le acerca a una extrema derecha a la que se opone en otros ámbitos, como la inmigración y la relación con el islam.

El papado de Francisco también supuso cambios en la proyección internacional del Vaticano, un micro-Estado que no basa su influencia en el poder militar ni económico, sino en el prestigio moral de su jefe de Estado para más de 1.000 millones de católicos. Bergoglio fue el primer papa no europeo desde la creación del Estado Pontificio en el siglo VIII y el primero latinoamericano en toda la historia. Su elección refleja cómo el centro demográfico de la Iglesia se ha movido de Europa al Sur Global. En 2021, la religión católica perdió más de 200.000 fieles en el Viejo Continente, mientras crecía en África, América y Asia, una evolución que se explica por el crecimiento de la población en estos continentes y la secularización de Europa. Según datos de la Iglesia, el 40% de los católicos viven en América Latina, el 21% en Europa y el 19% en África.

Juan Pablo II, conocido como el “papa viajero”, multiplicó la proyección internacional de la Santa Sede con doscientas visitas a 125 países. El pontífice polaco alineó la postura geopolítica del Vaticano con la de Estados Unidos, convirtiéndose en uno de los principales actores en la caída del comunismo en Polonia y el resto de Europa del Este. Los ocho años de papado de Benedicto XVI —menos amante de los viajes que su predecesor— no supusieron un cambio significativo en la política internacional vaticana.

La llegada de Bergoglio marcó un giro considerable, si bien la discreción y la apuesta por la mediación en los conflictos siguió siendo el rasgo principal de la acción exterior vaticana. El origen latinoamericano del papa se notó en un desalineamiento de la Santa Sede respecto a las posturas geopolíticas de Estados Unidos. En la guerra de Ucrania, Francisco mantuvo una apertura al diálogo con Moscú que contrasta con el apoyo militar de Occidente a Kiev. De hecho, lo primero que hizo Bergoglio tras la invasión fue llamar al presidente ucraniano y después visitar la embajada de Rusia para mostrar su preocupación, un gesto que se interpretó en Occidente como excesivamente comprensivo con Vladimir Putin. La postura de Francisco tenía que ver con su empeño en limar el enfrentamiento centenario entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa rusa, fiel aliada de Putin: en 2016, protagonizó el primer encuentro con un patriarca ruso desde el cisma de 1054.

Francisco también se salió del guión marcado por las cancillerías occidentales en relación con la guerra de Gaza. Si bien después de los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 repitió la retórica del “derecho a defenderse” de Israel, la guerra genocida iniciada por el Gobierno israelí le hizo cambiar de postura. En noviembre de 2024, después de que la Corte Internacional de Justicia hallase indicios de genocidio en Gaza, el papa reclamó investigar a Israel. Francisco también se opuso a la invasión israelí de Líbano, contradiciendo a Washington y las principales potencias occidentales. 

Francisco tampoco ha seguido a Estados Unidos en su creciente enfrentamiento con China, un país donde diez millones de católicos viven entre una relativa tolerancia y la persecución del Estado. En 2018 la Santa Sede firmó un polémico acuerdo con el Gobierno chino para que el nombramiento de obispos chinos fuera acordado por ambas partes. El acuerdo fue duramente criticado por el entonces secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, que llegó a acusar a Francisco de “poner en peligro la autoridad moral del Vaticano”.

Por otro lado, Bergoglio mostró una postura firme contra la islamofobia, uno de los principales caballos de batalla de la ultraderecha europea. Rechazando la retórica del “choque de civilizaciones”, el papa afirmó en 2017 en la universidad suní Al Ahzar de El Cairo que “la única alternativa a la barbarie del conflicto es la cultura del encuentro […]. En este desafío de civilización tan urgente y emocionante, cristianos y musulmanes, y todos los creyentes, estamos llamados a ofrecer nuestra aportación”. En la misma línea, el pontífice argentino también fue más allá que sus predecesores en su crítica a las armas nucleares, al defender el desarme nuclear y definir como “inmoral” la posesión de armas atómicas.

Las reformas internas en el Vaticano

Los miles de casos de agresiones sexuales contra menores cometidos por sacerdotes en todo el mundo, a menudo encubiertos por la cúpula eclesiástica, son uno de los mayores escándalos en la historia de la Iglesia, que ha provocado un abandono masivo de fieles en países como Alemania. Se ha demostrado que tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI encubrieron a agresores, igual que numerosos obispos. Francisco se marcó el fin de la impunidad como uno de los objetivos de su papado y, aunque erradicar los abusos de la Iglesia parece imposible, tomó decisiones contundentes que contrastan con la complicidad de sus predecesores.

Una de las más sonadas fue la destitución en 2018 del cardenal estadounidense Theodore McCarrick, condenado por agresión y por encubrir cientos de casos de pederastia. Era la segunda vez en un siglo que se destituía a un cardenal. El prelado había dedicado cientos de miles de dólares de la Iglesia a sobornar víctimas e investigadores para ocultar los crímenes. Ese mismo año, el papa descabezó la Conferencia Episcopal chilena por encubrir abusos. El acontecimiento más destacado fue la cumbre contra la pederastia que reunió en 2019 en el Vaticano a 150 obispos, que se vieron obligados a escuchar numerosos testimonios de víctimas. Entre las decisiones de Bergoglio destaca la anulación del secreto pontificio para los delitos de pederastia y la creación de protocolos de denuncia.

Sin embargo, cinco años después de la cumbre, el primer informe de la Comisión para la Protección de Menores impulsada por Francisco desveló graves deficiencias en el tratamiento de las denuncias. El texto afirma que los procesos canónicos son “fuente de retraumatización para las víctimas”, denuncia la “fragmentación de responsabilidades” en la respuesta a los casos y señala la falta de “estadísticas fiables” sobre la violencia sexual en la Iglesia. El informe también reclama indemnizar a todas las víctimas que lo soliciten, un aspecto al que se habían resistido Conferencias Episcopales como la española.

Junto a la pederastia, la incapacidad de hacer frente a la corrupción generalizada en el Vaticano llevó a Benedicto XVI a renunciar. Dimitió menos de un año después del estallido de Vatileaks, un macroescándalo que desveló casos de chantajes y corrupción en la Santa Sede. El favorito para suceder a Ratzinger era el cardenal italiano Angelo Scola pero, según explica el periodista Gerard O’Connell en su libro La elección del papa Francisco, “un sentimiento antitaliano parecía haber comenzado a surgir entre algunos cardenales extranjeros, que se dieron cuenta de que casi todos los actores involucrados en el escándalo de Vatileaks eran italianos”.

La candidatura de Scola se debilitó poco antes del cónclave de 2013, mientras que Bergoglio sedujo a los cardenales con su propuesta de hacerles llegar el contenido de los escándalos de Vatileaks, en un poco frecuente ejercicio de transparencia. El hecho de venir del “fin del mundo” —como él mismo dijo en su primera intervención en la plaza de San Pedro— y por lo tanto estar alejado de la podredumbre de la Curia romana, le convertía en un candidato adecuado para luchar contra la corrupción.

Francisco llevó a cabo una profunda reforma de las finanzas vaticanas, incluido el cierre de 5.000 cuentas bancarias sospechosas. Creó organismos de control como el Consejo para la Economía y normativas contra el blanqueo de capitales, pero no pudo evitar que en 2015 se produjera otra filtración de documentos comprometedores, conocida como Vatileaks 2. Una advertencia de que décadas de opacidad y malas prácticas no se solucionan en pocos años.

El papa también intentó reducir la autonomía de la Curia, una burocracia poderosa y semiautónoma del resto de la Iglesia. Francisco redujo las competencias del secretario de Estado —una especie de primer ministro a menudo más poderoso que el mismo papa— y descentralizó la Iglesia, dando más poder a las Conferencias Episcopales nacionales. Además, Francisco convocó un sínodo —reunión de obispos de todo el mundo— de varios años para discutir el futuro de la Iglesia, como explica el periodista Vicenç Lozano en su libro Intrigas y poder en el Vaticano (Roca Editorial). Aunque la puerta del sacerdocio femenino sigue cerrada, en este sínodo han participado por primera vez personas laicas, incluidas mujeres, con derecho a voto y se han discutido temas hasta ahora tabú, como los relacionados con el género y la diversidad sexual.

Máxima tensión en la Curia

Los enfrentamientos entre distintas facciones de la Curia no son nuevos, pero normalmente son discretos. Durante el papado de Francisco, la indignación de los sectores conservadores con las tímidas reformas de Francisco y sus declaraciones públicas provocó una guerra apenas soterrada. Era inédita una oposición tan fuerte a lo largo de todo un papado, hasta el punto de enviar dubias al papa, el paso previo a declararlo ilegítimo. El objetivo era forzar a Bergoglio a renunciar o, al menos, torpedear sus reformas y preparar el terreno para ganar el próximo cónclave.

Una de las andanadas más graves vino en 2020, cuando se publicó el libro Desde lo más hondo de nuestros corazones, firmado por el cardenal guineano Robert Sarah y Joseph Ratzinger, el papa Benedicto XVI, con el que hasta entonces Bergoglio había mantenido una convivencia cordial. El libro se opone a cualquier excepción al celibato, una de las reformas que Bergoglio estaba meditando. La importancia del libro es mayor considerando que una crítica abierta en un tema central para la doctrina católica es excepcional en la Iglesia, donde la autoridad del papa es absoluta. Ante la indignación de Francisco por la crítica directa de su predecesor, Ratzinger retiró su firma del libro. 

El cardenal Sarah, cercano al Opus Dei, se ha convertido en uno de los más fervientes rivales de Francisco, del que ha criticado también su defensa abierta de los derechos de las personas migrantes. “La Iglesia no es una organización social para hacer frente a los problemas de la migración o la pobreza”, afirmó en una entrevista en 2022. Otras caras visibles de la oposición son el cardenal estadounidense Raymond Burke, que ha manifestado su oposición a las posturas del papa en relación al divorcio o la homosexualidad, y el alemán Gerhard Müller, que llegó a acusar a Bergoglio de cometer “herejías” como recibir asociaciones LGTBI y fotografiarse con sus representantes.

Algunos de los principales opositores al papa, además, están relacionados con la internacional reaccionaria que Steve Bannon intenta impulsar con políticos como Marine Le Pen y Viktor Orban. Por ejemplo, el cardenal Burke presidió el instiuto Dignitatis Humanae, financiado por el millonario Benjamin Harnwell, que alquiló con Bannon un palacio cerca de Roma para establecer un centro de formación “populista y nacionalista”, según explica el periodista Santiago Ramentol, que sostiene que “de este entramado nacen buena parte de las campañas contra Jorge Bergoglio”.

El papa reaccionó a la creciente oposición con destituciones y traslados estratégicos. En 2017 decidió no renovar a Müller como prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, un importante cargo en el que había sido nombrado por Benedicto XVI. El mismo año, el papa envió a Burke a la lejana isla de Guam (Pacífico) y en julio de 2024 excomulgó por cisma al arzobispo italiano Carlo Maria Viganò, que había llegado a llamar “usurpador” a Bergoglio. 

El futuro de la Iglesia: el próximo cónclave y sus consecuencias

La opinión generalizada de los vaticanistas es que un cónclave es tan impredecible como la voluntad del Espíritu Santo, que es quien en teoría selecciona al papa. De hecho, a Francisco le eligió un cónclave donde eran mayoría los cardenales nombrados por Juan Pablo II y Benedicto XVI. En la elección de un pontífice entran en juego muchas variables a menudo poco visibles, desde la ideología de los candidatos a su origen geográfico, edad, orientación teológica o el contexto del momento. Por ejemplo, la elección de Bergoglio en 2013 no se puede entender sin el impacto de Vatileaks y los escándalos de abusos sexuales.

Francisco renovó poco a poco el colegio cardenalicio que elegirá al próximo papa: siete de cada diez prelados con derecho a voto —solo los menores de ochenta años pueden votar— en un futuro cónclave han sido nombrados por Bergoglio. El papa priorizó la diversidad geográfica, reduciendo el tradicional dominio de los cardenales italianos: la mayoría de los 149 prelados nombrados por Francisco provienen de América Latina, África, Asia y Oceanía. Sin embargo, sería atrevido asumir que todos los nuevos cardenales son progresistas o que votarán al candidato más próximo a los postulados de Francisco. Sí sabemos que uno de los favoritos del actual pontífice es el filipino Luis Antonio Tagle. Como Bergoglio, Tagle es conocido por su énfasis en la justicia social y la crisis climática, mantiene una postura relativamente aperturista sobre diversidad sexual, pero es ortodoxo en su oposición al derecho al aborto.

¿Una Iglesia alineada con la internacional reaccionaria?

La elección de Francisco en 2013 se produjo en un momento en que el péndulo de la política occidental oscilaba hacia la izquierda. Las calles de Europa se llenaban de manifestantes contra las políticas de austeridad y partidos como Syriza y Podemos estaban a punto de intentar su “asalto a los cielos”, después de los estragos de la crisis de 2008. Sin embargo, durante esta década larga de pontificado, la ultraderecha ha avanzado hasta gobernar países tan importantes como Estados Unidos, Reino Unido o Brasil, y ha arrastrado al centro político cada vez más cerca de sus posturas ultranacionalistas y xenófobas. Durante los últimos años se ha dado la paradoja de que una institución inherentemente tradicionalista como el papado se ha convertido en un bastión progresista en debates claves como la inmigración o la crisis climática.

Esta anomalía podría acabar si a Francisco le sucede un representante del ala dura del Vaticano, que alinearía la institución religiosa más influyente del planeta con la internacional reaccionaria. Un giro conservador de la Santa Sede se traduciría en un abandono de los discursos sociales y ecológicos, el cierre de los debates morales abiertos tímidamente por Bergoglio y una política exterior alineada con los intereses de Estados Unidos y las principales potencias occidentales. Alejada, por tanto, del incipiente tercermundismo del papa argentino, que le acercó relativamente a las posturas de potencias emergentes rivales de Occidente. 

Un giro a la derecha de la Iglesia católica se uniría, a su vez, a la creciente influencia de las Iglesias ultraconservadoras evangélicas en distintas regiones del mundo, especialmente América Latina, que explican buena parte de fenómenos políticos como el bolsonarismo. Con las dos principales ramas del cristianismo orientadas hacia el conservadurismo, la derecha radical lo tendría más fácil para seguir cosechando triunfos electorales y sociales. Por eso, más allá de las cuestiones espirituales, el resultado del próximo cónclave será clave no sólo para los católicos, sino para el rumbo político del mundo.

Pablo Castaño

Periodista y doctor en Ciencia Política, Políticas Públicas y Relaciones Internacionales por la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). Analista político para diversos medios de España, Francia y Estados Unidos y profesor en la UAB.

1 comentario

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    Gracias por el resumen. Mucho no se sabe y por tanto se juzga a Bergoglio.
    Sin embargo, creo que amerita un análisis profundo de lo que hizo Benedicto, siendo una posición bastante más distante a Juan Pablo II de lo que se entreve en el artículo.

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