¿Un nuevo cisma en la Iglesia? Los católicos alemanes se rebelan contra Francisco

La Iglesia católica pierde miles de fieles al año en Alemania entre escándalos de corrupción y abusos sexuales a menores. Mientras tanto, un movimiento eclesiástico renovador desafía al Vaticano. El último gran pulso, en mayo, lo protagonizaron un grupo de curas dando una bendición masiva a parejas LGTBI, lo que ha profundizado esta crisis sobre el futuro del catolicismo.
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¿Un nuevo cisma en la Iglesia? Los católicos alemanes se rebelan contra Francisco
Fuente: elaboración de la autora

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Un documento publicado por el Vaticano el pasado 15 de marzo desató una revuelta eclesiástica en Europa. La misiva, suscrita por el papa Francisco, daba réplica a una pregunta concreta: ¿puede la Iglesia bendecir uniones de personas del mismo sexo? La respuesta fue contundente: no, la Iglesia no puede ni debe bendecir uniones homosexuales porque no puede bendecir el pecado. El documento fue emitido por la Congregación para la Doctrina de la Fe, una institución heredera de la antigua Inquisición Romana que custodia la doctrina y la moral católicas.

La declaración indignó a los grupos eclesiásticos más críticos, que desde hace años plantean un debate teológico y buscan un espacio para el colectivo LGTBI dentro de la Iglesia. En menos de veinticuatro horas, la Iniciativa de Párrocos, un grupo de curas disidentes, cargó contra la postura del Vaticano y llamó a la rebeldía.

A los pocos días, más de 3.000 clérigos y teólogos alemanes respondieron anunciando una campaña masiva de bendición a parejas LGTBI. Bajo el lema Liebe gewinnt (‘El amor gana’), cientos de parroquias se engalanaron con banderas arcoíris y a partir del pasado 10 de mayo celebraron misas por la diversidad y bendijeron a los enamorados independientemente de su orientación o identidad sexual. La campaña se ha replicado también en Austria, Suecia y Bélgica.

La crisis de la Iglesia alemana: abusos sexuales y corrupción

Los antecedentes de este desafío al Vaticano datan de los años noventa, pero su fruto está sobre todo en la crisis abierta en la Iglesia católica de Alemania desde 2010. En febrero de ese año, un sacerdote jesuita alemán confesó haber abusado sexualmente de niños entre los años setenta y ochenta. Su testimonio, junto con un reportaje que demostraba que al menos otros 94 clérigos germanos habían sido sospechosos de abusos en la misma época, rompió el silencio y desató una reacción en cadena.

Miles de víctimas salieron a la luz en los meses siguientes, evidenciando el encubrimiento sistemático y la impunidad dentro de la jerarquía católica. La lenta y escasa respuesta de los obispos, que se limitó a ofrecer 5.000 euros de compensación a las víctimas y a colaborar con la justicia cuando los delitos ya habían prescrito, caldeó aún más los ánimos de una sociedad conmocionada. Más de 180.000 fieles abandonaron la Iglesia ese año, un 40% más que el anterior.

Tres años después, en 2013, un nuevo escándalo estalló en la Conferencia Episcopal Alemana: el papa Francisco suspendió al obispo Franz Peter Tebartz tras publicarse la malversación de fondos masiva de su diócesis. El llamado Bling Bishop (‘obispo del lujo’), por su modo de vida ostentoso, llevaba años desviando fondos de ayuda a familias sin recursos para construirse una mansión de cuarenta millones de euros.

Una sangría de fieles

En Alemania, la pertenencia a una religión trasciende lo espiritual y se concreta en algo más mundano: el dinero. El censo recoge la religión de cada ciudadano y establece obligaciones tributarias entre el creyente y su institución. El impuesto católico asciende hasta un 9% adicional sobre las tasas habituales, y supone el 70% de los ingresos de la Iglesia católica alemana, una de las más ricas y poderosas del mundo.

La única manera de evadir este impuesto es ir a un juzgado y solicitar la desafiliación de la Iglesia germana. Hasta 2012 esto no implicaba necesariamente renegar de la fe católica; en la mayoría de los casos se hacía solo por motivos económicos. Sin embargo, alarmados por la avalancha de deserciones motivada por los escándalos sexuales, los obispos llamaron a la disciplina y decretaron que todo aquel que rehusase cumplir sus obligaciones tributarias sería excomulgado y privado de acceder a los sacramentos magisteriales. Es decir, ni matrimonio, ni confesión, ni entierro cristiano, ni tampoco trabajar en organizaciones gestionadas por la Iglesia.

La Iglesia católica alemana ha perdido cientos de miles de fieles en la última década. Fuente: Academia Europea de Religión y Sociedad

Lejos de solucionar nada, esta medida profundizó el malestar de una sociedad crítica con el despilfarro, el autoritarismo y la opacidad de la Conferencia Episcopal. Después del escándalo del obispo Tebartz, más de 178.000 almas abjuraron de la religión católica en 2013, y 217.000 más en 2014. Los escándalos de los últimos años habían roto el discurso oficial de que los casos de pedofilia y corrupción eran aislados, y los fieles, recelosos, demandaban medidas tajantes.

Modernizar la Iglesia para salvar a la Iglesia

Para demostrar su voluntad de cambio, en 2014 los obispos alemanes encargaron una investigación sobre abusos sexuales a una comisión independiente. El informe, publicado cuatro años después, arrojó datos devastadores: 3.677 casos de abuso sexual infantil documentados y al menos 1.670 religiosos perpetradores identificados. La mayoría de las víctimas eran varones menores de trece años. Pese a todo, los investigadores denunciaron que no habían tenido acceso independiente a la información, por lo que las cifras eran solo la punta del iceberg.

El estudio apuntó que las causas estaban en la estructura y la moral de la Iglesia. A nivel estructural, el clericalismo constituía un sistema jerárquico favorable a los abusos de poder. En el plano de la moral católica, los investigadores destacaron como puntos críticos la represión de la sexualidad, la intolerancia contra el colectivo LGTBI y el celibato de los sacerdotes. 

Esta bomba mediática obligó a la Conferencia Episcopal a reaccionar. Venciendo las resistencias internas más conservadoras, en marzo de 2019 los obispos dieron un giro aperturista con un ambicioso proceso de reforma. Comenzaba así el Camino Sinodal, una asamblea que entre 2020 y 2022 debatiría la modernización de la Iglesia a través de cuatro foros temáticos: participación y poder clerical, vida sacerdotal, moral sexual y el papel de la mujer en la Iglesia. Para confirmar el carácter progresista de la asamblea, por primera vez en la historia la mitad de los participantes serían clérigos y la otra laicos católicos.

Frente a las reformas alemanas, la ambigüedad del papa

En el seno de la Iglesia global saltaron las alarmas. Grupos conservadores de todo el mundo tacharon el Camino Sinodal de cisma y herejía y reclamaron al papa que llamara al orden, pero este no dio una respuesta concluyente. Francisco solo animó a los católicos alemanes a continuar el proceso de reflexión, pero les advirtió que las decisiones de una Iglesia nacional no pueden modificar ni el dogma ni las costumbres católicas.

Desde el inicio de su pontificado en 2013, la posición del papa Francisco ha sido delicada. Con la Iglesia cada vez más polarizada, el sumo pontífice ha evitado mostrar una claridad que podría dividir a la institución. Frente a cuestiones espinosas, ha optado por textos y discursos ambiguos que permiten a las diferentes diócesis desarrollar su propio enfoque.

Por su parte, los obispos alemanes pretenden liderar un cambio transformador que les permita recuperar la legitimidad y revertir la pérdida de creyentes. La Conferencia Episcopal Alemana ha seguido una estrategia de tira y afloja, buscando un equilibrio precario que permita presionar al Vaticano sin llegar al punto de ruptura.

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No obstante, las reformas alemanas parecen haber traspasado el límite de la transigencia de Francisco. La negativa rotunda del papa en 2020 a permitir que los católicos casados fueran ordenados sacerdotes en zonas remotas de la Amazonía cerró la ventana de oportunidad que los obispos alemanes buscaban como punto de partida para abolir el celibato, y abocó a ambas partes a un choque. 

El futuro de la Iglesia se decide en Alemania

La estrategia del papa para abordar estas tensiones pasa por el Sínodo sobre la Sinodalidad, convocado para 2022. Esta novedosa propuesta consiste en un proceso de reflexión descentralizado que involucra a todas las parroquias y diócesis del mundo. Su objetivo es renovar la forma de construir Iglesia, dando mayor protagonismo a los católicos de base para transformar la jerarquía tradicional.

El Vaticano tiene tres opciones frente al desafío alemán: continuar tragando con las reformas, dar un golpe en la mesa y llamar al orden, o declarar en cisma a los sacerdotes y obispos rebeldes. Todas los caminos son problemáticos.

La primera opción se ha complicado con los últimos sucesos. El Camino Sinodal alemán parece estar fuera de control: las bendiciones LGTBI no tuvieron la aprobación de los obispos alemanes y las exigencias laicas de acceso de las mujeres al sacerdocio, intercomunión con protestantes y abolición del celibato son cada vez más fuertes. Si el papa decide aguantar hasta 2022, corre el riesgo de que se vea como un signo de debilidad y de que su Sínodo reviente por las tensiones acumuladas.

El segundo camino supone intervenir en el proceso alemán y llamar a los obispos al Vaticano. Pero esto puede debilitar a la Iglesia en Alemania, provocando una pérdida masiva de feligreses y sacerdotes. Las ordenaciones de nuevos curas ya han descendido en un 60% en los últimos veinte años y se prevé que los católicos del país serán la mitad para 2060.

Por último, el papa puede declarar en cisma a los curas rebeldes. Esto calmaría las exigencias de los sectores conservadores, pero también crearía un conflicto legal. Los obispos destituidos perderían el poder de administrar los bienes eclesiásticos, pero si se resistieran a ceder el control —algo probable—, el Gobierno alemán tendría que elegir entre confrontarlos a ellos, a la Santa Sede o no hacer nada. En ese escenario el conflicto podría enquistarse hasta llegar a un callejón sin salida.

Dos Iglesias se enfrentan: una Iglesia guardiana de la moral y la tradición contra una Iglesia más moderna volcada en lo social. Es difícil predecir qué ocurrirá en Alemania, pero sea lo que sea condicionará el camino de toda la Iglesia católica a nivel mundial.

María Canora

Madrid, 1995. Graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Rey Juan Carlos con estancia en Estambul (ICU), máster en acción humanitaria y desarrollo. Anteriormente acompañante internacional de personas defensoras de derechos humanos en Honduras. Interesada en género, migraciones y movimientos sociales.