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“Te voy a meter una bala en la cabeza”. “Dispárale”. Son las últimas palabras que escuchó Nahel, el menor de ascendencia magrebí asesinado por un policía francés el pasado 27 de junio. Las imágenes, que evocaron al asesinato del afroamericano George Floyd, desencadenaron una ola de violencia en el país. Pese a que Francia está lejos de Estados Unidos en víctimas policiales, son casos cada vez más comunes. Ya se ha vuelto el país europeo con más asesinatos de este tipo, y desde la ONU y el Consejo de Europa han señalado el racismo y los “excesos de fuerza” de la policía francesa.
Esta americanización de la policía gala no es casual. El aumento de su violencia está ligado a una mayor polarización y conflictividad social en Francia. Los disturbios de la última semana han evidenciado la división entre las comunidades de origen migrante de los suburbios o banlieues, y el resto del país. Estas disputas han favorecido el crecimiento de la extrema derecha, reflejado en las contramanifestaciones en defensa de la identidad nacional. En ese contexto, figuras como Marine Le Pen han encontrado el terreno ideal para llegar al poder en 2027.
Un mal endémico en Francia
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