Por qué es preocupante que Elon Musk tenga tanto poder

Elon Musk, el hombre más rico del mundo, acumula éxitos y fracasos en su carrera por conquistar el futuro. Muchos lo adoran como a un empresario mesiánico y otros lo ven como un narcisista excéntrico. Pero lo innegable y preocupante es que cada vez tiene más poder geopolítico.
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Por qué es preocupante que Elon Musk tenga tanto poder
Fuente: elaboración propia con imágenes de Flickr y Wikimedia

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La figura de Elon Musk no deja indiferente a nadie. Según una encuesta del pasado mayo, el 53% de estadounidenses se mostraban favorables al multimillonario, aunque un 29% de forma moderada. Por el contrario, un 37% se mostraba desfavorable, siendo el 21% muy contrario a su figura. La polarización que genera Musk refleja otras diferencias del país: su mayor caladero de admiradores está entre la población masculina y republicana, mientras que sus principales detractores son mujeres y votantes demócratas.

Quienes lo defienden alaban las innovaciones de sus empresas SpaceX o Tesla, y sus detractores señalan sus fracasos empresariales y la controvertida gestión de Twitter. No es la primera vez que un empresario como Musk agita la opinión pública. Más en Estados Unidos, que exhibe con orgullo a sus emprendedores, desde Thomas Edison hasta Steve Jobs. Pero Musk es más que un millonario excéntrico que se cree capaz de solucionar todos los problemas del mundo: defiende tesis reaccionarias y abarca cada vez más poder geopolítico. Tratarlo de mesías es problemático, pero subestimar su influencia todavía más.

Paypal, Tesla o SpaceX: los éxitos de Elon Musk

Las ideas de Elon Musk son revolucionarias. Aún cuando sus inicios no difieren mucho de los de Bill Gates, Mack Zuckerberg o Steve Jobs: al igual que ellos, emprendió en el sector de las nuevas tecnologías e internet. Sus primeros logros empresariales fueron Zip2, una especie de páginas amarillas digital, y X.com, un banco en línea. Éste acabaría siendo un germen de Paypal, referente del pago seguro por internet. La diferencia es que, en pleno boom de las puntocom, Musk fue más allá y apostó por el espacio y la electrificación del transporte. Con lo ganado con la venta de Paypal en 2002 montó SpaceX y en 2004 financió la fundación de Tesla, un proyecto de los emprendedores Martin Eberhard y Marc Tarpenning.

SpaceX es la mayor cosechadora de éxitos de Elon Musk. Sus cohetes reutilizables han abaratado y hecho más eficientes las misiones espaciales. Fue la primera compañía privada en poner un cohete en órbita en 2008 y la NASA se sirve de sus transbordadores para llevar a sus astronautas a la Estación Espacial Internacional desde 2012. A futuro, el desarrollo del cohete Starship podría ser fundamental para la vuelta a la Luna y la llegada de humanos a Marte. Otro de sus triunfos es Starlink, la red de satélites que provee de internet a zonas remotas o en conflicto y que ya ha demostrado ser clave para la guerra de Ucrania. En cuanto a Tesla, ha logrado que su Modelo Y fuera el primer eléctrico en ser el coche más vendido del mundo, en 2022 batió récords de ventas y ha conseguido dinamizar la producción de estos vehículos.

Desarrollar todas estas empresas ha cimentado la imagen de Elon Musk como un visionario futurista. Musk ve los retos de la humanidad como un desafío personal para solucionar con ingeniería e inversión. Sus gestas de ingeniería, la pasión por la tecnología y el espacio y su ímpetu por llevar a la humanidad más lejos le han valido un ejército de admiradores. Hasta el punto de que hay quien lo ve como un mesías capaz de solucionarlo todo. Y esto le ha servido tanto para atraer inversión como para acumular poder geopolítico.

Twitter y promesas incumplidas: los fracasos de Elon Musk

Pero Elon Musk no es infalible. Incluso sus empresas más exitosas acumulan errores que ensombrecen su imagen de genio. En SpaceX, los fallos en el lanzamiento de cohetes como Starship son inherentes a su desarrollo, pero han puesto en evidencia que su meta de llegar a Marte en 2024 es irrealizable. Tesla, pese a sus grandes ventas, sólo ha dado beneficios en dos ejercicios económicos. De hecho, Musk fue condenado a pagar veinte millones de dólares por cometer fraude para inflar las acciones de la compañía. La empresa tampoco ha cumplido el plazo para lanzar coches autónomos al mercado ni la red de “robotaxis”. Además, enfrenta causas judiciales por los errores en su sistema de asistencia a la conducción que comprometen la seguridad del conductor y los viandantes.

Una de las empresas que mejor ejemplifica la filosofía de Elon Musk de solucionarlo todo a golpe de talonario es The Boring Company. Surgió como un proyecto revolucionario para acabar los atascos de ciudades como Los Ángeles a través de sistemas de túneles para coches eléctricos o trenes. El resultado ha sido un solo túnel en Las Vegas que no reduce el tiempo de conducción y genera atascos subterráneos de teslas. Otras promesas incumplidas son Neuralink, un proyecto para conectar cerebros a ordenadores en 2020, y Optimus, para crear un robot humanoide en 2023.

Sin embargo, el caso que más ha dañado la imagen de Elon Musk es la compra de Twitter. Aunque el multimillonario anunció que mejoraría la red social, asegurando la transparencia y la libertad de expresión, para muchos ha logrado justo lo contrario. Año y medio después de adquirirla, Musk ha despedido al 80% de la plantilla, implementado la verificación de pago, reactivado cuentas suspendidas como la de Donald Trump, eliminado otras críticas, limitado los enlaces a otras apps y hasta renombrado la red social con su letra favorita: X. Ahora busca convertirla en una app similar al WeChat chino, juntando mensajería y pagos. Además, recopilará datos biométricos. Estos cambios y la sensación de que Musk improvisa sus decisiones han disparado el descontento y la noción de que es incapaz y caprichoso.

El riesgo de subestimarlo

Los logros y fracasos de Elon Musk no serían tan importantes si fuese un empresario más. Hay muchos millonarios excéntricos, pero no todos controlan tantas infraestructuras clave. Depender en exceso de Musk en el acceso a internet, la carrera espacial o las plataformas de comunicación entraña riesgos, ya que le permite imponer su agenda. Un ejemplo es Starlink: la amenaza de Musk de dejar de dar servicio a Ucrania si el Pentágono no financiaba la operación se solucionó rápido, pero sienta un precedente. Otro es el propio Twitter, donde el multimillonario promociona teorías de la conspiración, critica el progresismo “woke” y aúpa perfiles como Trump o el ultraderechista Viktor Orbán, primer ministro húngaro.

Musk es un exponente de la “doctrina de Silicon Valley”: empresas que buscan desregular el mercado y controlar datos e infraestructuras para asegurar oligopolios favorables a sus intereses. A esto se suma su alineamiento con tesis reaccionarias como el “pronatalismo”, que busca combatir el colapso de la natalidad pero a partir del ideario del supremacismo blanco. Estas ideas no son un riesgo potencial, sino el presente político de países como Hungría. Cuanto más espacio se les dé, más pueden convertirse en la norma. Lo demuestran el asalto trumpista al Capitolio estadounidense en 2021 o el de bolsonaristas a las instituciones democráticas brasileñas en 2023.

Pese a sus proyectos revolucionarios, Musk dista mucho de ser un mesías. Pero sí puede convertirse en un ejemplo para otros empresarios, normalizando una forma de hacer las cosas. Considerando a otros como Jeff Bezos y la filosofía de las empresas de Silicon Valley, el dueño de SpaceX parece encarnar un modelo en auge. Poner el foco sobre sus fracasos ayuda a desmontar esa imagen de genio infalible, pero tratarlo como simple flipado es subestimar su peso político.

Alba Leiva

Madrid, 1997. Redactora en El Orden Mundial. Graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense y Máster en Geopolítica y Estudios Estratégicos por la Universidad Carlos III. Me interesa la política internacional, la geopolítica de los recursos, las nuevas tecnologías y la cultura.