A principios de marzo, unas 150 personas se reunieron a las puertas del parlamento estatal de Idaho para una quema masiva de mascarillas. Protestaban contra la obligación de varios ayuntamientos a usarlas, y de paso ilustraron cómo la precaución ante la pandemia se ha convertido en una batalla cultural en Estados Unidos, la última de una guerra que enfrenta desde hace décadas a buena parte de los republicanos con la evidencia científica.
Es difícil encontrar un lugar más republicano que Idaho, un estado donde hace más de medio siglo que no gana un candidato demócrata a la presidencia. Sin embargo, el debate sobre las mascarillas se extiende por todo el país. Aunque el Centro de Control de Enfermedades del Gobierno estadounidense publicó pocos días después de la protesta un estudio que vinculaba la obligatoriedad del uso de la mascarilla con un descenso en las infecciones y las muertes por covid-19, casi la mitad de los estados de Estados Unidos no la exigen.
La lista tiene connotaciones políticas evidentes. En abril de 2021 la mascarilla no era obligatoria en veinticuatro estados, veintidós de los cuales tienen gobernadores republicanos, y sí era exigible en otros veintiséis, veintiuno con gobernadores demócratas. La mayoría de los cinco líderes estatales republicanos desligados de la línea del partido son gobernadores centristas de estados de la costa este donde la población vota más demócrata. Allí donde ganó Donald Trump en las presidenciales de 2020, solo un gobernador republicano ha decidido exigir el uso de la mascarilla.
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