Hace veinte años, cuando solo Países Bajos había legalizado el matrimonio igualitario y la visibilidad LGTB era muy poca, era imposible imaginar un programa protagonizado por drag queens convertido en un fenómeno internacional. Hoy, RuPaul’s Drag Race, un reality show que otorga el título a la mejor estrella drag, un año de maquillaje y miles de dólares como premio, ha conseguido que el drag deje de vivir en los márgenes. Cada semana, miles de espectadores de todo el mundo siguen a una decena de concursantes que se enfrentan a desfiles de moda, espectáculos de comedia y pruebas de baile, sin escatimar en maquillaje, carisma ni centímetros de tacón.
Este éxito es obra de la drag queen estadounidense RuPaul, que estrenó la serie en 2009. A pesar de sus inicios precarios ya suma catorce temporadas, spin offs y programas especiales, podcasts y canales de YouTube de exconcursantes, y desde 2016 celebra la convención bianual DragCon en Los Ángeles y Nueva York. Además, el formato se ha exportado a tres continentes, convirtiendo a Drag Race en una marca global de entretenimiento que ayuda a extender el drag por el mundo.
De arte marginal al reality show
El drag es una forma de expresión artística en la que una persona se viste y maquilla exagerando una expresión de género. Las drag queens son normalmente hombres gays, bisexuales o queer que se visten de manera femenina, mientras que los drag kings son mujeres que se visten de forma masculina. También existen personas trans que hacen drag exagerando su propia expresión de género. Es un arte variado que engloba desde concursos de misses hasta versiones más conceptuales y andróginas.
Ligado siempre al colectivo LGTB, el drag ha existido durante décadas en la marginalidad. En Estados Unidos se desarrolló en las grandes ciudades como Nueva York, que dio lugar a una subcultura propia: los balls, competiciones de moda y baile que vivieron su auge en los años ochenta y noventa. Muchos jóvenes negros y latinos de los barrios pobres vieron en esta escena clandestina su única vía de expresión y liberación.
A partir de entonces el drag empezó a ser más habitual en medios tradicionales. La película Paris is Burning, ganadora del Festival de Cine de Sundance en 1991, acercó los balls neoyorquinos al público general y fue una inspiración directa para Drag Race. El propio RuPaul, fundador del reality, personifica este viaje hacia lo mainstream. Pasó de actuar en bares a grabar su propio álbum, Supermodel of the World, en 1993. Fue nombrada la drag queen más famosa de Estados Unidos, participó en películas y programas de televisión y acabó lanzando Drag Race, que le catapultó a la fama internacional.
Un programa que visibiliza pero también discrimina
Drag Race es el punto álgido de ese viaje que ha convertido al drag en una cultura de masas. A lo largo de sus catorce temporadas, el programa, mezcla de concurso de talentos y reality, ha contado con todo tipo de participantes y estilos. Ilustra sobre los entresijos del transformismo: sobre cómo las drags se hacen sus trajes, se colocan las pelucas o se preparan para las pruebas. Pero también sobre su vida, sus dificultades, miedos y aspiraciones. Consigue así dar a conocer la realidad que hay detrás del maquillaje y que el espectador empatice con las drag. Las individualiza y muestra como artistas habilidosas, rompiendo el estereotipo sórdido que pesa sobre ellas.
Al mismo tiempo, el programa promueve un mensaje de amor propio y de celebración de la comunidad, en la que el mundo drag es la familia que acoge frente a la familia tradicional que rechaza. Es un claro mensaje a favor de los derechos LGTB, representando a un colectivo marginado y visibilizando historias sobre homofobia, VIH, identidad de género o racismo que no siempre llegan al público general. Además, en las temporadas más recientes no han sido pocas las críticas a personajes como Donald Trump y sus políticas discriminatorias.
Sin embargo, Drag Race no está exento de polémicas. Se le ha acusado de racismo por su retrato estereotipado de algunos participantes, en especial los puertorriqueños, y de transfobia. También preocupa que el programa mercantilice la lucha LGTB al convertir al drag en un mero espectáculo, simple y alejado de lo subversivo. Es lo que el periodista Isaias Fanlo ha llamado la “paradoja de la brillantina”: el reality repara y discrimina al mismo tiempo.
Brasil, Chile o Tailandia: Drag Race internacionaliza el drag
Ser emitida en Netflix ha internacionalizado Drag Race, como ya pasó con series como La Casa de Papel o El juego del calamar. Gracias a ello han crecido las escenas drag nacionales y han surgido versiones locales del programa en Brasil o México, países donde cada año mueren cientos de personas por ser LGTB. Al mismo tiempo, Drag Race consolida la imagen de Estados Unidos como meca del transformismo y de la lucha LGTB, lo que fortalece el poder blando de este país.
Más allá de las producciones independientes como las brasileñas, Drag Race se ha convertido en una franquicia de entretenimiento LGTB repartida por tres continentes. Cadenas locales han creado sus versiones oficiales del programa en Chile, Tailandia, Reino Unido, Canadá, Países Bajos, España, Italia, Francia y Filipinas. Aunque las más fieles al original son las anglosajonas, ninguna se desvía mucho del formato. No obstante, cada una aporta elementos de su cultura al programa. Por ejemplo, en Drag Race España, el concursante canario Drag Vulcano representó el transformismo típico de los carnavales de las islas.
Aun así, el drag todavía tiene pendiente dar el salto a los canales en abierto o a horarios de máxima audiencia. Muchas versiones solo se emiten en canales de pago y plataformas online, varias ya orientadas al público LGTB. Por ejemplo, la BBC británica y Atresmedia en España relegaron la emisión de Drag Race a sus plataformas digitales. Aunque para algunos esto responde a una estrategia para captar nuevos suscriptores y expandir sus audiencias, para otros denota un conservadurismo que busca blanquearse con contenidos LGTB, pero sin apostar por ellos abiertamente.
Drag Race ha llegado a países que, si bien son más tolerantes que otros, aún tienen camino por recorrer en materia de derechos LGTB. Filipinas no reconoce el matrimonio o unión civil igualitarios, Italia no penaliza las terapias de conversión, y en Chile las parejas homosexuales no pueden adoptar y el reconocimiento de cambio de género requiere cirugía. La emisión del programa, sin embargo, prueba que las realidades LGTB están cada vez más presentes. A pesar de sus problemas, RuPaul’s Drag Race ha conseguido internacionalizar la cultura drag y visibilizar la riqueza de la cultura y la lucha LGTB, logrando que audiencias de todo el mundo conozcan un arte tan subversivo como liberador.