La revolución política tras La casa de papel

La serie de Netflix La casa de papel tendrá una tercera y cuarta temporada. En las dos primeras, que suponen principio y fin de la idea original, se despliega todo un ideario político muy marcado por la década de crisis económica en Europa que ha llegado a ser visto con recelo en algunos países por considerarlo demasiado revolucionario.
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La revolución política tras La casa de papel
Imagen del vídeo promocional de La casa de papel 3 | En producción | Netflix. Fuente: Netflix (Youtube)

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Que no teman quienes no hayan terminado todavía la serie porque aquí no hay intención de desvelar nada relevante —al menos, nada más que lo que se puede leer en cualquier sinopsis o crítica—. Sin embargo, uno de los atracos más importantes jamás llevado a la pantalla se origina y vive por y para la política.

El plan es sencillo en teoría: entrar en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, atrincherarse el máximo tiempo posible y, durante esos días, imprimir moneda en billetes pequeños para luego escapar con todo ese dinero —cientos o miles de millones de euros, en el mejor caso—. La novedad del golpe no es el hecho de robar, sino a quién se roba, porque la respuesta es que a nadie. Esto es posible gracias a trampear el propio funcionamiento del sistema monetario: al tener los bancos centrales —y, por extensión, el Estado— el monopolio de la emisión y regulación de la moneda, incluyendo la cantidad de esta que hay en el mercado, cualquier intento de reproducción de esa moneda por un particular es un delito de falsificación.

Pero ¿qué ocurre cuando son particulares —en este caso, la banda atracadora— quienes imprimen moneda de curso legal? Más allá del obvio delito, lo cierto es que esos papeles ni son públicos —ya que no tienen como finalidad ir a las arcas estatales— ni tampoco de particulares, como podrían serlo si el robo tuviera lugar en la sucursal de un banco comercial. Hay que tener en cuenta que los billetes que se imprimen de forma legal no tienen como finalidad aumentar la oferta monetaria en el mercado, sino que simplemente se crean para restaurar las monedas y billetes en curso deteriorados y para que haya un porcentaje estable de unidades físicas siempre disponible. Así, los atracadores sustraen un dinero cuya creación simplemente no estaba prevista, con lo que evitan robar a alguien y desaparece la existencia de una víctima del robo. Si robasen al erario nacional, la víctima sería, además de las propias arcas públicas, la totalidad de la ciudadanía; si robasen a un banco comercial, los afectados serían sus clientes, incluyendo pequeños ahorradores. Por tanto, que deje de haber una víctima objetiva permite, a su vez, resignificar la victimización del atraco.

Para ampliar: “Hágase el dinero. Cómo funciona el sistema monetario”, Javier Gómez en El Orden Mundial, 2019

Esto supone que la comunicación política sea fundamental para la trama. La casa de papel es un despliegue constante de populismo de manual. El cerebro de la operación, “el Profesor”, considera que es fundamental para el éxito del atraco poner a su favor a la opinión pública, ya que hará mucho más costosos políticamente los movimientos de la policía y del Gobierno, lo que les hará ganar más tiempo para continuar imprimiendo billetes. La culminación del plan pasa por dos cuestiones fundamentales: primero, no generar víctimas entre los rehenes del atraco para no perder la legitimidad de su causa; y segundo, crear un enemigo al que contraponerse y que sea fácilmente identificable. Ese enemigo es el sistema, un concepto que tiene cierta ambigüedad —¿quién o qué es el sistema?— y a la vez permite de forma sencilla incluir determinados actores en su interior para que sean identificados con ese sistema, como las fuerzas de seguridad, el Gobierno o los bancos. En ese sentido, en realidad no se pretende suprimir la figura de la víctima del atraco, sino que se busca cambiar los roles de buenos y malos. En este caso, los atracadores tomarían el papel de víctimas del sistema que se rebelan para asestarle un golpe incruento a ese mismo enemigo.

Asimismo, las referencias al ideal revolucionario son constantes: se habla del Movimiento 15M como una inspiración en cuanto a la contestación al sistema y el Bella ciao una famosa canción popular italiana que durante la Segunda Guerra Mundial difundieron los partisanos italianos— aparece en los momentos más relevantes de la serie. Otros elementos estéticos, como los monos rojos o las caretas de Dalí, además de tener un propósito práctico —evitar la identificación de los atracadores— generan una identidad definida pero impersonal que ayuda en ese discurso antisistema, algo que ya hemos visto anteriormente en obras como V de Vendetta.

Las suscripciones a la plataforma Netflix no han dejado de crecer en los últimos años, especialmente fuera de Estados Unidos. Esto ha diversificado mercados —y mensajes— para muchas series. Fuente: Statista

Sea como fuere, el planteamiento populista del Profesor no está exento de contradicciones. Su plan, ideado al milímetro, no dejan de ser unos cantos de sirena para buena parte del equipo. Culminar con éxito el robo supone solucionar todos sus problemas y, de paso, vengarse de ese sistema que les condujo a una vida delictiva. Sin embargo, el único que no queda realmente expuesto en el atraco es precisamente el líder, un rol que, si bien es necesario, no deja de ser la persona que menos riesgos corre —acabar en la cárcel o muerto— si el asalto se tuerce. En ese sentido el personaje del Profesor también es un reflejo de la miríada de líderes políticos de discurso populista que durante estos años han surgido en Europa, y que, como auténticos mesías, han prometido que todo sería mejor si la ciudadanía confiaba en ellos al tiempo que arriesgaban poco o nada si sus promesas o soluciones caían en saco roto.

Pero La casa de papel también otorga un lugar de cierto protagonismo a las mujeres y al mensaje feminista. Aunque dentro de un equipo de nueve atracadores solo hay dos, “Tokio” y “Nairobi”, la primera hace de narradora y de cierto contrapeso al autoritarismo que a ratos impera en el atraco —que también es un secuestro—, mientras que la segunda, encargada de todo el proceso de impresión de billetes, asume un papel de proveedora de cuidados para el equipo y los rehenes con unas formas firmes pero empáticas. Del lado de la Policía, es una comisaria la que tiene que negociar con los atracadores y, además de tener que soportar los comentarios del Profesor en sus conversaciones, tiene que enfrentarse al enviado de los servicios secretos —favorable a acabar con el atraco por la vía de las armas— y a su propia trayectoria, puesta en cuestión por la denuncia que hace la inspectora a su exmarido —también del cuerpo— por violencia de género.

Todo esto no tiene más misterio que el de una trama ficticia. Sin embargo, la serie ha tenido una acogida bastante buena en un gran número de países gracias a la inclusión en el catálogo de la plataforma Netflix, algo que probablemente habrá tenido que ver en que fuese la primera serie española en llevarse un Emmy Internacional. Esto ha supuesto que en muchos lugares La casa de papel se haya convertido en un símbolo contestatario, especialmente en sitios donde la situación política o económica no pasa por su mejor momento, por lo que los espectadores encuentran numerosos y constantes paralelismos entre mensajes de la serie y la situación que se vive en su país.

Turquía bien puede ser uno de los mejores ejemplos. El país ha vivido una regresión democrática importante en los últimos años, con intento de golpe de Estado incluido, y se ha hecho evidente que existe una parte sustancial de la población descontenta con el cada vez mayor peso que ha ido tomando el presidente Erdoğan. Precisamente en ese contexto La casa de papel se ha vuelto una obsesión de los islamistas turcos, una serie en la que ven constantemente mensajes subliminales de Occidente llamando a la rebelión de la juventud para así debilitar el país. Con todo, lo único que parece haber inspirado la serie en Turquía es a una banda de atracadores de tiendas. Más allá de esto, la estética y los símbolos de la serie también han acabado importándose a Argelia, en la indefinida transición política tras la renuncia de Buteflika; o en Chipre, donde las autoridades de Limassol tuvieron que prohibir la icónica indumentaria por suponer un riesgo para la seguridad del carnaval local.

Más allá del impacto en audiencia que haya podido tener, parece evidente que la serie se ha colado en el acervo cultural de millones de personas, especialmente aquellas más habituadas a las series o que buscan símbolos conectores entre la política y la cultura. Todavía se desconoce si las próximas dos temporadas mantendrán el componente revolucionario de los capítulos ya emitidos, si se renovará con ideas nuevas o simplemente derivará en una serie con mayor acción y menor reflexión política. Mientras tanto, ahí queda el atraco más político de la historia de las series.

Fernando Arancón

Madrid, 1992. Director de El Orden Mundial. Graduado en Relaciones Internacionales por la UCM. Máster en Inteligencia Económica en la UAM. Especialista y apasionado de la geopolítica.