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Hágase el dinero: cómo funciona el sistema monetario

Hágase el dinero: cómo funciona el sistema monetario
Fuente: Pixabay

Si abres ahora mismo tu cartera, el billete que encuentres no vale nada. De hecho, es una deuda que jamás te van a pagar. El dinero que usamos hoy está muy lejos de ser lo que fue: no tiene ningún valor, solamente se basa en la creencia de que nos lo van a aceptar. Como dijo el empresario Henry Ford: “Está claro que la gente no entiende el sistema monetario, porque, si lo entendiese, creo que habría una revolución mañana por la mañana”. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cuál es el verdadero origen del dinero? ¿Qué se esconde tras el sistema monetario?

Según Yuval Noah Harari en su libro Sapiens, la revolución neolítica trajo el mayor fraude en la Historia de la humanidad: la agricultura. Desde que el ser humano se hizo sedentario y comenzase a labrar la tierra, allá por el VIII milenio a. C., hizo posible pasar de una economía basada en la recolección de alimentos a una economía que los producía. Es decir, se dejó de recolectar frutos de los árboles para empezar a cultivar cereales y de cazar bisontes para domesticar cabras o vacas. Esto supuso a las sociedades más primitivas no solo la capacidad de autoabastecerse, sino la posibilidad de tener excedentes y poder alimentar a aquellas personas que no se dedicaban a cultivar. Sin embargo, si un poblado tenía cereal pero no sabía hacer zapatos, tenía que intercambiar parte de su comida con otros poblados que tuvieran zapatos y necesitasen cereal. En otras palabras, para poder intercambiar dos productos se necesita encontrar una persona que tenga lo que yo quiero y que ella quiera lo que poseo. La revolución neolítica acababa de crear el trueque y, con él, el comercio.

Del trueque a la moneda

Conforme iba pasando el tiempo, las sociedades primitivas iban desarrollándose, haciéndose más complejas y produciendo bienes más sofisticados. Esto implica emplear cantidades ingentes de tiempo: si solo podemos ofrecer leche de cabra y a cambio estamos buscando un jarrón, habría que enterarse de lo que quiere el dueño del jarrón, porque, por mucha leche que le ofreciéramos, a lo mejor lo que quiere es pan, así que eso implicaba ir a hablar con el panadero… y así sucesivamente. Había que encontrar una manera más eficiente de intercambiar: si, en lugar de buscar directamente los bienes que deseamos, buscamos los más fáciles de comercializar, podríamos incrementar el intercambio, porque ahorraríamos mucho tiempo y solucionaríamos el problema del trueque. Dicho de otra manera, si queremos el jarrón, tenemos que encontrar la forma de separar la venta de la leche de la compra del jarrón. ¿Cómo hacemos eso? Buscando aquellos productos más fáciles de intercambiar, lo que comúnmente conocemos como dinero.

Ahora bien, ¿cuáles son las mejores opciones para usar como dinero? No ha habido una sola respuesta: en cada sociedad y en cada periodo se ha desarrollado de una manera distinta, desde minerales como la obsidiana en la Micronesia o el cacao en la América precolombina a alimentos como el té en Asia central o la sal en la Antigua Roma —de donde viene la palabra salario—. Todo ello era dinero y compartía un denominador común: se originaron de manera espontánea entre individuos de una sociedad, sin necesidad de que un gobernante impusiese su criterio. Además, tenían ciertas características que los hacían proclives al intercambio: estar extendidos entre la población y poder ser utilizados para acumular riqueza.

De todos ellos, durante siglos el oro y la plata fueron elegidos como dinero en diversas sociedades por varias razones: son fáciles de transportar —un gramo de oro vale actualmente alrededor de 40 o 50 dólares estadounidenses—, de almacenar —no caduca, es resistente y muy divisible—, de transformar —el oro es el metal más dúctil y maleable de la Tierra— y de estandarizar, así como limitados en cantidad y producción. ¿Y cómo asegurar que los trozos de metal en circulación contenían la cantidad de oro que decían tener? Para garantizar la calidad y avalar el peso, diferentes reyes, señores, caballeros y mercaderes importantes crearon sus propias monedas. Acuñar moneda estaba íntimamente relacionado con tener un monopolio, ya que una autoridad controlaba el suministro de moneda; por tanto, el dinero y el poder político estaban unidos y centralizados, lo que favorecía el crecimiento y la estabilidad. Las primeras monedas acuñadas aparecieron en el mismo periodo —siglo VII a. C.— en tres lugares diferentes: Lidia —actual Turquía—, India y China. A lo largo de la Historia ha habido tantas monedas que durante el siglo XIX se creó la numismática, disciplina dedicada exclusivamente al estudio de las monedas.

Primeras monedas encontradas en China, Lidia e India. Fuente: David M. Schaps

Sin embargo, debido al colosal coste de la guerra, muchas casas de monedas empezaron a utilizar aleaciones de metales baratos para así devaluar su moneda y tener con qué sufragar las diferentes guerras durante la Edad Media. Como se necesitaban más monedas para tener la misma cantidad de oro, los precios subían y se perdía capacidad adquisitiva, lo que hacía casi imposible importar y comerciar con otros reinos. Pero, si no se puede confiar en las autoridades porque traicionan sus propios estándares y provocan que comerciar sea una tarea hercúlea, ¿qué se podía hacer? Había que buscar la manera de acabar o, al menos, sustituir las monedas. La respuesta se encontraba en el máximo exponente de comerciantes, mercaderes y precursores de la banca: la familia Médici. Su patriarca, Juan de Médici, que vivió en la Florencia de mediados del siglo XIV, observó el riesgo que suponía viajar entre las diferentes ciudades-Estado del norte de Italia con carruajes llenos de oro para pagar las mercancías, por lo que fundó el Banco Médici, una de las primeras casas de cambio. Su sistema era bastante sencillo: si un mercader tenía que ir de Florencia a Venecia, para ahorrarse viajar con monedas de oro, dejaba en la sucursal de Florencia 50.000 florines; a cambio, recibía un papel que indicaba la cantidad que había depositado, la cual podía reclamar cuando llegase a Venecia. Aunque no fueron los primeros —ya en China la dinastía Tang lo usaba como transferencia de capitales a comienzos del siglo IV—, se acaba de descubrir el sustituto a las monedas: el papel dinero.

Del papel dinero al auge del patrón oro

Durante los siglos XVI y XVII, conforme se iba desarrollando la burguesía, continuaba la expansión de notas de papel que sustituían al pesado oro; estos billetes simplemente acreditaban la posesión de una cantidad de oro en alguna caja fuerte. El auge de las tesis luteranas y calvinistas, que favorecieron la idea del éxito económico como indicador de la salvación mezclada con el concepto de llevar una vida austera, ayudó a la consolidación de este nuevo sistema monetario. Pero no fue hasta la llegada del Estado nación a finales del siglo XVIII cuando los países empezaron a establecer el valor de su moneda en función de la cantidad de oro y plata que poseía. El primero en fijar un patrón de metal precioso a una divisa nacional fue Gran Bretaña: sir Isaac Newton, como director de la Real Casa de la Moneda de Inglaterra, estableció en 1717 que el valor de una libra esterlina equivalía a unos 7,3 gramos de oro puro.

Los bancos centrales de cada país tuvieron un rol esencial como encargados de acumular reservas de oro y a cambio emitir billetes de manera proporcional; así, si querías canjear tu billete de una libra esterlina, ibas al banco y este te daba el equivalente en oro. Puesto que la cantidad de billetes que se podían emitir cada año estaba limitada por las reservas de oro y estas solo aumentaban una media de entre el 1% y el 1,5% anual, los bancos centrales —controlados por los Gobiernos— no caían en los errores de los señores feudales. Si se puede garantizar estabilidad en el dinero, los precios y el tipo de cambio también se mantienen estables y, por lo tanto, el comercio internacional se incrementa.

El patrón oro no implica que sea un sistema rígido e inamovible; su credibilidad no reside en asegurar que un país se adhiere al sistema, sino en seguir las reglas del juego que lo conforman. De hecho, Inglaterra empezó a utilizar el patrón oro en 1717, pero no se adhirió de manera oficial hasta 99 años después para mayor flexibilidad: durante los periodos de crisis, se podía suspender la convertibilidad y permitir a los bancos centrales una cantidad de billetes superior a las reservas de oro; una vez acabada la crisis, se volvía a la normalidad. El precio de una onza de oro respecto a la libra esterlina se mantuvo estable desde 1717 hasta 1931, con la excepción de las guerras napoleónicas y la Primera Guerra Mundial que supusieron una depreciación de la moneda para poder pagar los costes de la guerra. En cualquier caso, no fue hasta la década de 1870 cuando el sistema se llegó a internacionalizar.

Precio de una onza de oro fino en libras esterlinas (1718-1949). Fuente: Ecory

La caída del patrón oro y el dinero por decreto

Los años dorados del patrón oro llegaron a su fin con la Gran Depresión de 1929 y la devastadora Segunda Guerra Mundial. Como consecuencia del enorme endeudamiento, cada país empezó a adoptar su propia concepción de patrón. Mientras Francia y Reino Unido vieron muy mermadas sus reservas de lingotes, Alemania estaba completamente destruida y con una deuda pública desmedida, no solo por la Segunda Guerra Mundial, sino también por las deudas acumuladas de la primera. Ante esta situación de bancarrota, era imposible asegurar la equivalencia en oro con sus respectivas monedas nacionales, por lo que en julio de 1944 un grupo de 44 países se reunieron para dilucidar cómo sería el nuevo orden económico mundial. EE. UU. propuso y consiguió sustituir el patrón oro por un patrón dólar vinculado al oro en los llamados Acuerdos de Bretton Woods, lo que ratificó a EE. UU. como nueva potencia económica mundial.

Para ampliar: “El acuerdo de Londres de 1953 y la amnesia de Alemania frente a su deuda con Grecia”, Marco Antonio Moreno en El Blog Salmón, 2015

La implantación de un patrón dólar implicó de facto perder todo derecho a reclamar el pago en oro. El presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt obligó a sus ciudadanos a entregar todas las reservas de oro a la Reserva Federal y, acto seguido, prohibió la convertibilidad de dólares a oro. Las demás divisas estaban subyugadas al precio del dólar; el Sistema de la Reserva Federal se convertía así en el único intermediario entre el oro y el dólar. Este nuevo dinero fiduciario no estaba basado en un bien real y tangible, como un lingote, sino que se basaba en la confianza sobre crecimiento de la primera potencia económica mundial; dicho de otra manera, el sistema monetario internacional se basaba en que a EE. UU. le tenía que ir bien.

Billetes de 20 dolares estadounidenses durante y después del patrón oro. Fuente: Mundo y Finanzas y Economía

Tan solo 27 años después, había más dólares en circulación que equivalencia en reservas en oro. Esto se debió, en parte, a la guerra de Vietnam, ya que el aumento del gasto en defensa se quería financiar a través de la devaluación del dólar, lo que provocó un riesgo de inflación. Sin embargo, si hay algo que no gusta a los mercados es la incertidumbre, y esta ansiedad se hizo notar en el comercio de divisas. En 1971 se produjo el “shock Nixon”: el presidente estadounidense Richard Nixon declaró la salida del único país que podía seguir en el patrón oro. Esta decisión implicó la ruptura definitiva del oro como dinero. Se cortó el último hilo que quedaba entre un activo como es el oro —un bien real y tangible— y el dinero que utilizamos. Entonces, ¿qué son exactamente los billetes en la actualidad? Cuando estaba en vigor el patrón oro, podías ir con tus billetes a un banco y exigir que se te diera la cantidad correspondiente en oro; poseer billetes implicaba un compromiso de pago por parte del banco central. Con los Acuerdos de Bretton Woods primero y el shock Nixon después, se prohibió poder reclamar el pago en oro al banco central, por lo que los ciudadanos que tenían divisas —ya sean dólares o pesos, en efectivo o en cuenta corriente— se encontraron con que nadie les podía intercambiar los billetes por oro o, lo que es lo mismo, el banco central tenía una deuda no solo impagada, sino que jamás se iba a pagar.

Para ampliar: “El Bancor o el Bretton Woods que nunca existió”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2016

Por lo tanto, si es una deuda que no se nos va a pagar, ¿tiene valor este tipo de dinero? Por sí mismo, no. Nadie prestaría dinero a alguien que nos dice que no nos lo va a devolver. Siendo así, ¿por qué lo seguimos utilizando? El motivo principal reside en la costumbre: cuando se pasó de un sistema a otro, la gente de a pie no notó diferencia alguna entre pagar con un billete respaldado o no por el patrón oro, porque lo importante es que lo acepten. Al final, el dinero que se utiliza hoy en día encuentra su valor en la creencia subjetiva de que será aceptado por los demás habitantes de una región delimitada más o menos arbitrariamente y con el único respaldo de un banco central y la ley. Ese es nuestro sistema monetario actual: el dinero por decreto o fíat.

Este tipo de dinero, también llamado fiduciario —de ‘fe’— o papel moneda, tiene una característica que lo diferencia de todos los sistemas anteriores: el hecho de desligarlo del patrón oro supone que el control sobre cuánto dinero hay disponible en la economía recae sobre los bancos centrales. Ellos son los únicos encargados de gestionar cuánta cantidad de dinero se emite mediante la política monetaria, lo que implica que ya no están sujetos a las restricciones que imponía antes el oro, sino a la capacidad de buena gestión e independencia de los bancos privados y los Gobiernos.

Para ampliar: “¿Por qué Alemania se está ‘llevando’ toneladas de oro de EEUU, Francia e Inglaterra?”, El Economista, 2017

¿Es el dinero por decreto un buen medio de intercambio? Recordemos que tiene que cumplir una serie de requisitos para poder considerarlo como tal: ser transportable, almacenable, estandarizable, transformable y valioso por sí mismo. El dinero fíat cumple todas las características menos dos: no es estandarizable ni tiene prácticamente valor por sí mismo. No es estandarizable porque, al no poder seguir un patrón mundialmente aceptado, su valor respecto a otras divisas cambia constantemente. Tampoco tiene valor por sí mismo por el hecho de que no está limitada su oferta: puede haber infinitos dólares o euros en la economía, lo que hace que su valor caiga. Esto fue lo que le pasó al dólar: perdió el 95% de su valor debido a las continuas devaluaciones desde el shock Nixon.

Poder adquisitivo del dólar estadounidense y la libra esterlina (1820-2012). Se puede observar la pérdida continuada de su valor intrínseco. Fuente: Instituto Juan de Mariana

El sustituto al dinero por decreto

El dinero nació como una institución informal —de abajo arriba— y espontánea entre miembros de una comunidad que buscaban simplificar los intercambios para ahorrarse el tiempo que desperdiciaban con el trueque. Sin embargo, este sistema ha ido evolucionando desde algo que existe y se puede ver y tocar —una moneda de plata u oro—, pasando a ser una deuda respaldada por oro —un papel que garantiza una moneda de plata u oro—, hasta llegar a convertirse en una deuda que no está respaldada por ningún activo y se basa únicamente en la confianza en el sistema y el poder del Estado —un papel que dice que el banco central está en deuda con el portador y, como no la va a pagar, puede usarse como dinero para intercambiar—. El papel de los bancos centrales es, por tanto, esencial para controlar la oferta de dinero que hay en la economía; está en su mano poder mejorar la sociedad y la vida de las personas que viven en ella o, por el contrario, sumirlas en un pozo sin fondo de endeudamiento. Todo depende de la política monetaria que lleve a cabo y el tipo de relación que establezca con los Gobiernos que utilizan su divisa, así como su afinidad con los bancos privados como intermediarios financieros.

Esta evolución ha supuesto que el sistema monetario se base en una continua promesa de pagar una deuda, y una deuda no es más que tomar prestada la prosperidad que se espera generar en el futuro para gastarla en el presente. Sea o no sostenible, hay una cosa clara: el dinero son las venas, arterias y capilares de nuestro sistema financiero actual. Si partimos de una práctica que solo se basa en la confianza de pagar una deuda impagable, ¿existe un posible sustituto al dinero por decreto? Las criptomonedas nacieron con ese propósito: ser un medio de cambio sin intermediarios y de manera descentralizada que arrebatase el monopolio del dinero a los bancos centrales. Sin embargo, lo que se asumió como una revolución está lejos de hacerse realidad. La falta de un uso extendido debido a su inestabilidad y problemas de seguridad las hacen caldo de cultivo para servir solo como mero activo especulativo. Hasta que llegue el siguiente sucesor, tendremos que seguir confiando en una deuda impagable como moneda de cambio.

Para ampliar: “Los bitcoin, la moneda de la cibereconomía”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2013

2 comentarios

  1. Excelente documento de divulgación de un tema complicado.

  2. Lo curioso será cuando la moneda como tal desaparezca y solo sean meras transacciones económicas con las nuevas tecnologías.
    Donde quedará reflejado todo movimiento monetario y así tener un mejor control de su buen uso.

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    Fernando Bernabé López